No sabíamos qué estábamos buscando exactamente, pero lo hacíamos como si nos fuera la vida en ello.
Desde que Zero fue detenida, cada paso que dábamos era una carrera contra el tiempo.
Un intento desesperado por romper un cerco que no terminábamos de entender.
Iván y yo apenas dormíamos.
Rachel no hablaba de otra cosa.
Marta, a pesar de su compostura como abogada, había comenzado a mostrar señales de preocupación que ya no podía disimular.
Aquella mañana, Iván localizó un nombre: Julián Saldaña.
No venía acompañado de fotografía, ni antecedentes, ni direcciones claras.
Solo su nombre.
Escondido en la metadata de un archivo incrustado en el mismo vídeo manipulado que había servido como prueba en el juicio.
Nada era lo que parecía en este caso.
Nada.
—Ese hombre sabe algo— dijo Iván con una seguridad que dolía, porque no teníamos nada más a lo que aferrarnos.
No preguntamos más.
Simplemente salimos en su busca.
...........
La dirección era un taller mecánico a las afueras de la ciudad, uno de esos lugares donde el tiempo y el aceite parecen haberse oxidado juntos en cada rincón.
A medida que nos acercábamos, el aire se volvía más denso.
Sentía una presión en el pecho que no era solo ansiedad, era una certeza callada de que algo iba a cambiar.
Rachel fue la primera en llegar a la puerta.
Golpeó.
Silencio.
Luego insistió.
Nada.
Finalmente, sin mirar a nadie, empujó la puerta con el hombro y esta cedió con un crujido amargo.
Entramos.
Y ahí estaba él.
El hombre que salía en el vídeo del almacén.
Julián Saldaña.
Un hombre consumido, casi fantasmal.
Con los ojos amarillos como si hubieran visto demasiadas cosas podridas por dentro.
Estaba sentado frente a una mesa sucia, una pistola cerca de su mano, pero sin tocarla.
—Sabía que vendríais— dijo, sin sorpresa ni amenaza, solo una voz cansada de quien ya no espera nada.
Nos detuvimos un instante.
Su tono no era agresivo.
Era… derrotado.
—¿Qué sabes de Zero?— preguntó Rachel, su voz cargada como un disparo contenido.
—Mucho más de lo que debería -murmuró Julián.
Me acerqué.
Mi cuerpo tenso como una cuerda.
—Entonces habla.
Julián nos observó.
Luego bajó la mirada, como si le pesara el alma.
—Ella no eligió esto. Fue… forzada. Una pieza colocada donde molestaba menos, donde era más útil para otros. “Zero”… fue enviada como infiltrada. Pero no por vocación. Fue una condena. Una deuda con su vida que alguien más le cobró.
—¿Quién la envió?— dijo Rachel, avanzando con furia.
Sus manos ya le tenían agarrado del cuello de la chaqueta.
—No puedo decíroslo— jadeó Julián. —Pero os puedo dar una clave. Un apellido.
—¿Qué apellido?— pregunté yo, al borde de un abismo invisible.
Julián alzó la mirada, clavándola en la mía como si ya supiera lo que iba a provocar.
—Devereux.
El mundo… se detuvo.
Mi respiración se congeló en los pulmones.
Sentí cómo el suelo se alejaba de mis pies.
Como si algo me arrancara desde dentro.
El silencio que cayó sobre nosotros fue como un cuchillo invisible.
—¿Qué has dicho? -susurré.
—Devereux— repitió con un tono que ya no era solo informativo, sino… triste. —Si queréis entender por qué Zero está donde está… tenéis que seguir ese apellido.
Iván se giró hacia mí con el ceño fruncido.
Rachel también.
Y ahí fue cuando lo entendieron.
Cuando vieron mi cara.
Cuando vieron cómo la sangre se me iba del cuerpo.
—¿Lara…? -murmuró Iván.
—Ese apellido...— susurré, aún sin creerlo. —Es… el mío.
No recuerdo del todo cómo salimos del taller.
El aire me cortaba la piel, la cabeza me zumbaba.
Las piezas empezaban a girar en mi mente.
Desordenadas, crueles.
Nadie hablaba.
Ni siquiera Rachel.
Solo caminábamos como si estuviéramos huyendo de algo que nos seguía en la sombra.
Ese nombre lo había escuchado millones de veces.
Era mi herencia, mi carga, mi historia.
Pero nunca había sentido tanto miedo al oírlo.
—¿Crees que se refería a tu familia?— me preguntó Iván al fin, con voz baja.
—No lo sé…— contesté, aunque en el fondo algo dentro de mí gritaba que sí.
Rachel iba varios pasos por delante.
Como si el dolor le pesara demasiado para compartirlo.
Sabía que necesitaba sacar a Zero de allí.
Pero también sabía que lo que acabábamos de descubrir podía cambiarlo todo.
Otra vez.
Esa noche, no dormimos.
El apellido “Devereux” flotaba como un espectro entre nosotros.
Y yo… no podía dejar de pensar en ella.
En lo sola que debía sentirse.
En lo atrapada que estaba.
Y en que, de alguna manera, mi apellido podía ser la llave de su condena.
O de su salvación.
—Lara…— me dijo Rachel, cuando ya no quedaban palabras que fingir. —Tenemos que ir hasta el final.
Y asentí.
Con miedo.
Con furia.
Con desesperación.
Porque si el infierno lleva mi nombre…
Yo misma lo voy a quemar.