Toda la semana fue un silencio prolongado con el reloj marcando su amenaza en cada segundo.
Pasamos esos días masticando pistas, arañando archivos que parecían borrados por una mano demasiado hábil.
Buscando en el apellido “Devereux” respuestas que no querían ser encontradas.
Nada.
Solo huecos.
Como si cada vestigio de verdad hubiera sido barrido por el tiempo o por alguien que sabía exactamente lo que hacía.
Pero sabíamos algo.
Julián no mentía.
Y si lo hacía, lo hacía con tanto dolor que lo convertía en verdad.
El apellido “Devereux” pesaba como una losa en mi pecho.
Lo había llevado conmigo toda la vida sin saber que contenía un secreto que podía estar destruyendo a la mujer que ahora no podía dejar de pensar.
La mujer que estaba siendo juzgada por un crimen que no cometió.
Y todo apuntaba hacia mí.
Hacia los míos.
Rachel estaba fuera de sí.
No dormía, no comía.
Marta se sumergía en documentos legales con una intensidad silenciosa, tragándose la ansiedad que sabíamos que la carcomía.
Iván había instalado su portátil en la cocina del despacho como si fuera un campo de batalla.
Y yo… yo miraba cada fotografía familiar con otros ojos.
Como si pudieran traicionarme.
—No hay nada— dijo Iván la noche anterior al juicio final. —Es como si alguien se hubiera encargado de borrar cualquier rastro del apellido Devereux vinculado a algo… turbio.
—¿Y si no lo han borrado?— pregunté, con un temblor helado en la voz. —¿Y si simplemente está… dentro?
—¿Dentro de qué?
—De mi casa.
La idea flotó como un veneno entre nosotros.
Sabíamos que no podíamos ir allí sin levantar sospechas.
Entrar en la boca del lobo sin un plan era una sentencia.
Pero si queríamos saber la verdad… teníamos que estar dispuestos a saltar.
.............
El juicio final llegó sin darnos tregua.
El tribunal volvió a llenarse.
Zero entró escoltada, con la barbilla en alto y los ojos llenos de sombra.
La forma en la que miró a Rachel me partió el alma.
La forma en la que sus ojos se cruzaron con los míos… como si hubiera estado esperando verme.
Marta se levantó.
Su voz sonó como un disparo en la calma.
—Señoría, presentamos nuevamente la defensa basada en la invalidez del vídeo como prueba principal. El análisis forense ha confirmado su manipulación y la fuente ha sido desestimada. Además— añadió, mirando brevemente hacia Zero. —, pedimos que se reconozca la identidad real de la acusada: Nora Aranda, agente encubierta bajo el seudónimo operativo de “Z”, asignada a una operación confidencial en curso, cuya documentación ha sido presentada ante este tribunal bajo solicitud de confidencialidad.
Los murmullos estallaron como un enjambre.
Zero (Nora) alzó la cabeza.
Fulminando a Marta con una mirada que mezclaba sorpresa, rabia y algo que se parecía demasiado al miedo.
Yo sentí un vuelco en el pecho.
Nora. Nora Aranda.
El nombre me sonó tan ajeno, tan imposible, que tardé en asimilarlo.
Zero no tenía nombre.
Nunca lo había necesitado.
En el barrio los apodos eran una forma de vida, un escudo, una firma.
Y, sin embargo, ahí estaba.
Su nombre real, desnudo, cayendo en medio del silencio como una bala.
A mi lado, Iván me miró con los ojos muy abiertos.
Buscando una explicación que yo tampoco tenía.
Ninguno de los dos había pensado jamás en preguntarle.
¿Por qué lo haríamos?
Zero era Zero.
Eso bastaba.
Rachel, en cambio, no se movió.
Permanecía inmóvil, los brazos cruzados, los ojos fijos en ella.
No había sorpresa.
Solo una calma que dolía.
Una calma de quien sabe que la verdad, tarde o temprano, siempre sale a la superficie.
El juez pidió silencio.
Los murmullos se expandieron por los bancos.
Marta no se detuvo.
—Mi clienta fue utilizada como escudo. Como cebo. Como pieza de una partida que aún se está jugando. Y mientras tanto, se le exige que pague con su libertad— su voz se quebró apenas un instante —, incluso con su vida, por un crimen que no cometió.
Hizo una pausa.
Dejando que el peso de las palabras se hundiera en todos los presentes.
—Yo les pido que no se conviertan en cómplices de esa injusticia. Que miren los hechos. Las pruebas. Y, sobre todo, el silencio. El de una mujer que ha cargado sola con todo lo que no debía ser suyo.
El juez la interrumpió, solicitando una pausa para deliberación.
El tribunal se retiró.
La sala, sin embargo, seguía en pie.
No en silencio.
No del todo.
Todos esperábamos.
Respirábamos en sincronía con la ansiedad de Zero, aunque ella no dijera nada.
No sé cuánto tiempo pasó.
Minutos, tal vez.
O siglos.
Cuando volvieron, el corazón me golpeaba el pecho con violencia.
Rachel tenía los nudillos blancos de apretar el banco.
Iván, por una vez, no tocaba ningún dispositivo.
La presidenta del jurado se puso de pie.
Y con una voz firme, sin titubeos, anunció:
—Tras considerar todas las pruebas presentadas, los testimonios y los documentos, y después de revisar los hechos en su totalidad… el jurado declara, por unanimidad, a Nora Aranda no culpable del asesinato de Elías Ronda.
Por un instante, el mundo se detuvo.
El aire volvió de golpe.
Rachel cerró los ojos.
Yo me quedé sin palabras.
Zero bajó la cabeza lentamente.
Y por primera vez desde que todo comenzó, sus hombros se encogieron.
No lloró.
Pero se quebró, y lo vi.
Lo sentí.
Marta soltó el aliento que había estado conteniendo.
El juez levantó la sesión.
Zero era libre.
………
La soltaron días después.
No hubo celebraciones, ni abrazos eufóricos.
Solo una calma tensa.
Un alivio bañado en sombras.
Fue Rachel quien la recibió a la salida del edificio, con los hombros encogidos y los ojos húmedos.
Yo estaba allí, detrás.
Sintiendo que aún no merecía cruzar esa distancia invisible entre nosotras.