En medio de todo, tú.

Capítulo 19: Lo que no se dice.

A veces el mundo no se derrumba con ruido.
Lo hace en silencio.
En miradas que no se sostienen, en palabras que no se dicen.
En gestos mínimos, como el de ella sujetando la taza entre las manos como si fuera lo único que le quedaba por aferrarse.

Zero no hablaba.
Y yo, aún sin saber cómo, me sentía en casa frente a ella.
Con todo lo que implicaba esa palabra rota.

—¿Por qué no lo dijiste antes? —le pregunté.

Mi voz apenas fue un susurro.

Ella no respondió enseguida.
Parecía estar escogiendo cada palabra como si de ello dependiera algo más que esta conversación.
Como si cada sílaba pudiera romper algo dentro de ella.
O dentro de mí.

—Porque tenía miedo— dijo, al fin.
—Porque cuando te conocí no esperé… esto.
—¿Esto?
—Tú.

Silencio.
Ni siquiera el ruido de fondo se colaba entre nosotras.
Solo su respiración.
Y la mía.

—No te entiendo, Zero. No del todo.

Ella bajó la mirada, y por un momento, la máscara de dureza se resquebrajó.
Sus dedos juguetearon con la taza.
Como si el calor que ya no tenía pudiera ayudarla a encontrar las palabras.

—Desde el juicio…— dije, con cautela. —Ya sé cómo te llamas.

Ella se tensó apenas, pero lo suficiente.

—¿Y qué cambia eso?— preguntó sin levantar la vista.
—No lo sé. Solo… me cuesta entender por qué esconderlo tanto.

Zero (Nora) esbozó una sonrisa leve.
Una que no llegó a sus ojos.

—Porque ese nombre forma parte de un pasado que ya no me pertenece— respondió con calma. —Prefiero dejarlo donde está.
—¿Y si ese pasado te alcanza?
—Entonces que lo haga— dijo, con una serenidad que dolía. —Pero no pienso volver a vivir en él.

Sus palabras me helaron un poco.
No había dramatismo en su tono, solo una verdad cansada, dicha mil veces en silencio antes de atreverse a pronunciarla.

—No puedo explicártelo todo aún— continuó, rehuyendo mi mirada. —Pero te juro Lara…que no estoy en esto porque quiera. No soy la infiltrada “Z” por decisión propia. Me empujaron. Me arrastraron.
—¿Quién?— la interrumpí, con la voz más temblorosa de lo que habría querido.

Zero bajó la mirada.
El café entre sus manos ya se había enfriado.
Todo en ella parecía detenido.
Suspendido entre un ayer que la destrozó y un mañana que no sabía si le pertenecía.

—Mi historia…— dijo al fin, casi con dolor —no empieza conmigo. Empieza mucho antes. En sitios de los que no puedes salir. Con gente que no puedes desobedecer. Hice cosas que no quería hacer. Entré en sitios oscuros pensando que podría apagarlos desde dentro. Pero allí dentro… nadie sale limpio.

La escuchaba con el corazón en un puño.
Sin atreverme a respirar más de la cuenta.

—La familia Devereux está detrás. De todo. De Elías, del caso, de mí. No puedo darte pruebas. No aún. Pero lo que sé… basta para entender que nadie está a salvo si se acerca demasiado.

Y ahí, en mitad de ese abismo, mi apellido volvió a crujirme bajo la piel.
No lo dije.
No aún.
Aún no estaba preparada para mirarme a ese espejo.

—¿Qué querían de ti?— le pregunté, inclinándome un poco hacia ella.
—Querían mi silencio. O mi obediencia. Querían que mirara hacia otro lado mientras sus hilos seguían moviéndolo todo. Y por un tiempo lo hice. Por miedo. Por necesidad. Pero cuando conocí a Elías… todo cambió. Él me ayudó. Fue la única persona que me tendió la mano sin pedir nada a cambio. Y lo mataron. Y yo fui la última en verle con vida. Pero no fui yo. Lara, te lo juro.

Vi cómo sus ojos se empañaban.
Cómo sus labios temblaban sin llegar a romperse.

—Yo te creo— le dije.

Porque era verdad.
Porque la creía más allá de la lógica, de los hechos, del juicio.
La creía porque mi cuerpo la creía.
Porque algo dentro de mí reconocía su herida.

Me acerqué más.
Y ella no se alejó.
La tensión entre nosotras era tan densa que se podía cortar con el pulso.

Mis dedos rozaron su mejilla.
Ella cerró los ojos.

Y fue entonces cuando nuestros labios se rozaron.
Primero como un accidente.
Como una duda.
Como una línea que no sabíamos si podíamos cruzar.

Pero el segundo contacto fue intencionado.
Fue lento.
Tenso.
Sincero.

Zero se acercó más.
Como si no pudiera evitarlo.
Como si ese beso fuera lo único que podía salvarla.
O condenarla.

Nuestros labios se encontraron con la fuerza de todo lo contenido.
De lo callado.
De lo que dolía y lo que ardía.

No fue solo deseo.
Fue necesidad.
Fue alivio.
Fue refugio.

Mi mano se deslizó hasta su nuca.
La suya descansó en mi cintura, temblando, pero firme.
Se aferró a mí como si el mundo a su alrededor pudiera desaparecer si se mantenía cerca.

Y en ese beso entendí que no todo el dolor tiene que romper.
A veces, el dolor también une.
A veces, el caos encuentra consuelo en el pecho de quien se atreve a quedarse.

Nos separamos solo un instante, con la respiración agitada.
Nuestras frentes se tocaron.

—Sea lo que sea lo que venga…— dije, con la voz rota. —estoy contigo.
—¿Aunque duela?— preguntó ella.
—Aunque duela— respondí.

Y nos quedamos así, abrazadas al silencio, a las dudas, a los secretos que aún no compartíamos.
Pero con una certeza entre las manos: había algo más fuerte que todo eso.
Algo que no necesitaba explicarse.
Algo que ardía lento, profundo.

Y que ya no podíamos ignorar.




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