En medio de todo, tú.

Capítulo 20: Oscuridad sangrienta.

Sabíamos que la tormenta aún no había terminado.
El juicio había cerrado una herida, pero bajo la superficie palpitaban secretos aún más peligrosos.
Con raíces tan profundas como el apellido que también me pertenecía: Devereux.

Iván y Marta no tendrían por qué haberse quedado.
Era como si la verdad, esa que rozábamos con los dedos pero aún no podíamos atrapar, también los reclamara.
Marta decía que su implicación ya no era profesional, que sentía una obligación moral. Iván, en cambio, lo hacía por mí.
Lo veía en sus ojos: la misma mezcla de preocupación y rabia que hervía en los míos.

Llevábamos horas encerrados en el despacho.
Mapas, notas, copias de documentos del juzgado y del archivo policial, todos esparcidos sobre la mesa.

Zero hojeaba algunos papeles con el ceño fruncido, sus dedos manchados de tinta.
El humo de un cigarrillo se deslizaba entre nosotras.
Lento, gris, casi inmóvil en el aire cargado del despacho.

Marta e Iván discutían sobre las posibles conexiones legales, mientras yo recorría cada línea de texto buscando algo, lo que fuera, que nos dijera por qué ese apellido era tan temido.
Por qué mi familia parecía ser la sombra detrás del telón.

—No puede ser casualidad— murmuró Rachel desde el rincón, cruzada de brazos. —Que justo cuando empiezas a rascar en el pasado de Zero aparezca ese apellido.
—No es casualidad— contesté sin mirarla.

Estaba demasiado concentrada en una carta vieja firmada por alguien llamado Phillip Devereux.
Mi padre.

Iván nos trajo café y se sentó a mi lado.
Marta alzó la voz para plantear una hipótesis sobre vínculos entre ciertas operaciones encubiertas del pasado y el nombre Devereux.
Pero incluso para ella todo eran sombras y especulaciones.

A la noche, Marta, Iván y Zero se fueron a descansar.

Rachel y yo nos quedamos solas investigando más.
En mitad de ese silencio espeso, Rachel explotó.

—¡Tienes que decirle la verdad, Lara!— gritó, lanzando los papeles que tenía en la mano sobre la mesa. —¡Se lo debes!

El golpe de las hojas al caer hizo que me girara hacia ella.
Su mirada estaba encendida, temblorosa.
Como si todo lo que había contenido hasta ahora estuviera a punto de romperse.

—No es tan sencillo— le dije en voz baja, pero con firmeza. —No ahora. No sin saberlo todo.
—¿Y cuándo va a ser el momento? ¿Cuándo ya sea tarde?

La fulminé con la mirada.

—Si le digo que llevo el mismo apellido que los que la forzaron a destruir su vida… ¿crees que va a poder mirarme igual? No, Rachel. Tengo que entender qué papel jugó mi familia en esto antes de hacerle más daño.

Nos miramos unos segundos.
No había odio en su mirada, solo desesperación.
La misma que yo sentía.
Solo que en direcciones distintas.

Marta, Iván y Zero aparecieron por la puerta al escuchar los gritos.

—¿Qué pasa aquí?— preguntó Zero.

La tensión fue rota por un golpe en la puerta.
Seco.
Intimidante.

Rachel fue quien abrió.
No había nadie, solo un sobre negro apoyado contra el umbral.

Lo recogimos.
Al abrirlo, una sola hoja:

“Dejad de buscar. O esta vez, el daño será irreparable.”

Una amenaza.
Clara.
Fría.
Sin firma.

Nos miramos.
Nadie dijo nada en varios segundos.
El aire se volvió más espeso, la tensión más cortante.
Sentí que algo invisible nos estaba observando.

Zero fue la primera en reaccionar.
Cogió la hoja, la dobló y la quemó con el mechero que siempre llevaba encima.

—Eso no cambia nada— dijo, y su voz fue como un ancla en medio del miedo.

Pero sí cambiaba.
Todo.
Porque ahora sabíamos que estábamos tocando una verdad peligrosa.

Y, aun así, no íbamos a detenernos.
Porque a veces el pasado no puede enterrarse.
Porque hay nombres que sangran.

Y el mío, al fin lo sabía, también lo haría.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.