En medio de todo, tú.

Capítulo 21: Sangre, secretos y un susurro.

Las horas siguientes a la amenaza se convirtieron en una carrera contrarreloj.
Lo que sabíamos ya no bastaba.
Queríamos más.
Necesitábamos más.
Algo definitivo que nos abriera la puerta al núcleo de esta red.

La familia Devereux no era un nombre suelto en un archivo.
Era un eco que resonaba en los rincones más oscuros de todo lo que estaba ocurriendo.
Y cuanto más escarbábamos, más podrida olía la tierra.

Durante los días siguientes, nos encerramos en la trastienda del bar de Rachel como si fuera un cuartel improvisado.

Iván, Marta, Rachel, Zero y yo.
Cada uno desempeñaba un rol distinto.
Pero compartíamos la misma obsesión: encontrar al esbirro que había movido los hilos en la sombra.

Alguien debía saber cómo había sido utilizada Zero.
Alguien debía tener las manos lo bastante sucias como para conocer el mapa completo.

Marta rastreó documentos judiciales, filtraciones de archivos de inteligencia.
Iván trabajó con su red de informadores.
Yo metí las manos en sistemas privados, cruzando líneas legales que ya me daban igual.

Fue Rachel quien encontró la grieta.
Una transacción antigua, oculta bajo capas de empresas fantasma, que vinculaba a una nave industrial de las afueras con una de las tapaderas de los Devereux.
Y ese lugar, oxidado y en silencio, estaba en uso.
Vigilado.

No tuvimos tiempo de planear demasiado.
Solo sabíamos que debíamos ir.
A veces las respuestas no se encuentran detrás de una pantalla ni en un legajo de documentos olvidados.
A veces las respuestas te miran a los ojos mientras sangras.

…………

La nave estaba en un polígono olvidado.
Al oeste de la ciudad.
De esos lugares donde el silencio pesa y las farolas parpadean como si supieran lo que va a pasar.

El aire olía a metal caliente y a caucho viejo.
No esperábamos que fuera fácil.
Pero tampoco que fuera tan violento.

Zero fue la primera en abrir la puerta oxidada.
El chirrido resonó en el pasillo como un lamento metálico.
Yo iba detrás de ella, con Rachel a un lado e Iván cubriéndonos con sigilo, mientras Marta revisaba el pasillo tras nosotros con el móvil en mano, grabando cada paso, lista para avisar si algo salía mal.

Dentro, la oscuridad era casi absoluta.
Solo algunas luces industriales colgaban del techo, parpadeando con un zumbido eléctrico.
El aire olía a óxido, a polvo y a algo más: peligro.

Todo parecía vacío.
Hasta que no lo estuvo.

De la penumbra surgieron cinco hombres.
No eran matones cualquiera.
Había algo en su forma de moverse, en la precisión con la que sostenían los cuchillos y los bates de metal, que hablaba de experiencia.
Soldados reciclados en sombras.

Zero no dudó.
Se lanzó hacia el primero con una velocidad imposible.
Interceptándolo antes de que pudiera gritar.
El golpe fue limpio, seco.
Un movimiento fluido que terminó con el hombre estampado contra una columna.
Rachel reaccionó casi al mismo tiempo: un rodillazo al abdomen, un puñetazo que sonó a hueso partido.

La lucha fue brutal, cuerpo a cuerpo.
Sin normas ni misericordia.
El eco de los golpes resonaba entre las paredes metálicas.
Mezclado con jadeos, gruñidos y el tintineo de herramientas cayendo al suelo.

Zero esquivó un bate que pasó a centímetros de su cara.
Giró sobre sí misma y devolvió el golpe con el codo, directo al mentón del atacante.
El hombre cayó como un saco.
Pero otro aprovechó el momento: una cuchillada rápida, directa al brazo izquierdo de Zero.
El filo cortó piel y músculo.
Ella retrocedió, apretando los dientes, pero no se detuvo.
El dolor parecía alimentarla.

Rachel, con la ceja abierta y sangre en el labio, se interpuso entre dos de ellos, golpeando con una furia que nacía del miedo.
Le lanzó una patada al pecho a uno, le hizo tropezar contra una pila de barriles y, antes de que pudiera levantarse, le remató con un golpe de tubo oxidado.
El sonido del impacto fue seco, final.

Iván, que no sabía pelear, se mantenía en la entrada.
Cubriéndonos con una linterna táctica.

—¡Uno más a la derecha!— gritó, señalando la sombra que se movía entre los contenedores.

Marta, temblando, se estiró junto a un panel eléctrico.
Intentando forzar un interruptor que encendiera las luces.

Yo me quedé paralizada una fracción de segundo.
El sonido del metal y los cuerpos chocando me llenó los oídos, el corazón golpeándome el pecho como un tambor.

Hasta que vi al último de ellos moverse detrás de Zero.
Una barra de hierro levantada, lista para romperle la espalda.

No lo pensé.
Agarré la primera cosa que encontré (una llave inglesa oxidada) y le di un golpe en la cabeza con toda la fuerza que tenía.
El impacto fue seco.
Cayó al suelo con un gruñido de dolor.

Zero se giró, jadeando.
Con sangre en la comisura de los labios y una sonrisa torcida.

—¿Desde cuándo las hackers saben pelear?— preguntó entre risas ahogadas, mirándome con una mezcla de asombro y ternura.

Mi respiración era un desastre.
El corazón me golpeaba el pecho.
Pero me obligué a mantener la mirada fija en ella.

—Desde que se enamoran de alguien que está en peligro— le solté, sin poder detenerme, las palabras salieron con una urgencia que ni siquiera el miedo podía contener.

Por un instante, el caos se detuvo.
Sus ojos se abrieron apenas, un destello entre sorpresa y algo que no quiso disimular.
Pero el momento se rompió con un grito detrás de nosotros.

—¡Lara, cuidado!— gritó Iván.

Giré justo a tiempo para ver al último hombre levantarse.

Rachel se adelantó.
Lanzándose contra él con un rugido contenido, y lo empujó contra un panel oxidado.
El metal retumbó con fuerza.

Un segundo después, todo quedó en silencio.
Solo se oían nuestras respiraciones: irregulares, agitadas, humanas.




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