En medio de todo, tú.

Capítulo 22: Verdades calladas.

Nunca había visto a Rachel tan callada.
La sala improvisada del bar se llenaba con el zumbido de los ordenadores y la electricidad tensa de los silencios.
Las luces parpadeaban como si también estuvieran cansadas.

Marta revisaba su libreta sin leer realmente nada, solo para no mirar a nadie.
Iván se cruzaba de brazos, con el ceño hundido, la mirada fija en el suelo.
Zero se había ido a descansar.
Yo sentía que me ardía la espalda.
Como si alguien me apuntara con una pistola invisible.

La confesión del esbirro aún flotaba en el aire como una amenaza.
Esas palabras se repetían una y otra vez dentro de mi cabeza.

—Secuestraron a su familia— repitió Rachel, en voz baja, como si no terminara de creérselo.
—La obligaron a infiltrarse para no perderles— añadió Marta, casi en un murmullo.
—Y aun así, siguió allí, sola, con todo eso encima— dijo Iván con los dientes apretados. -No sé si eso la hace increíble o un maldito milagro.

Yo no decía nada.
Porque por dentro me rompía.

Toda esa furia que alguna vez sentí hacia Zero por no hablar.
Por esconderse.
Por ser ese misterio envuelto en sombras… ahora se me venía de vuelta como una bofetada.
Porque estaba sola.
Porque nadie había estado ahí para salvarla.

Y entonces la puerta se abrió.

Zero.

En la entrada.
Envuelta en una camiseta oscura y unos vaqueros desgastados.
Con la venda en el brazo y los nudillos aún magullados.
Su pelo desordenado caía sobre el rostro.

Pero era ella.
No la versión rota, ni la que se escondía.
Era la Zero que ya no tenía nada que perder.

Caminó hasta el centro del salón sin decir nada.
Nos miró a todos.
Y entonces habló.

—Ya no sirve de nada ocultarlo— dijo, y su voz atravesó la sala como un cuchillo afilado. —Si cuento la verdad ahora, todos estaremos en peligro. Pero… no puedo seguir callando.

Mi estómago se contrajo.

—Antes de todo esto— empezó —yo no era nadie. Vivía en un barrio donde sobrevivir ya era suficiente. Mi padre murió joven, dejó deudas por todas partes… y con él se fue cualquier oportunidad que tenía. Me metí en peleas, robos, drogas. Hacía lo que fuera por pagar lo que él debía, pero era un agujero que no se llenaba nunca.

Rachel la miraba sin moverse.
Marta sostenía el bolígrafo con fuerza, sin escribir.
Iván levantó la cabeza por primera vez.

—La policía me detuvo una noche— siguió Zero. —Y ahí empezó todo. Me ofrecieron un trato: mi libertad, a cambio de trabajar para ellos. Querían que me infiltrara en los barrios más marginales de Madrid, que localizara al hombre que movía la droga, las armas, la corrupción. El jefe de todo. Dijeron que solo yo podía hacerlo porque conocía las calles mejor que nadie. Yo me negué.

Hizo una pausa.
Encendió un porro con un mechero pequeño y aspiró despacio, dejando que el humo le temblara entre los labios.

—Entonces me chantajearon— su voz no temblaba. Sonaba como el filo de un cuchillo sobre vidrio. —Un día me mandaron una foto. De mi hermano y mi madre. Con una pistola apuntándoles a la sien. Y una sola frase: “O entras o mueren”.

El silencio se hizo más pesado.

Rachel se tapó la boca.
Marta soltó el bolígrafo.
Iván cerró los ojos con rabia contenida.
Yo solo podía mirarla.

—No me dieron tiempo. Me enviaron a un piso. Me obligaron a vivir bajo vigilancia. Cada paso que daba, cada suspiro… todo estaba controlado. Los primeros días fueron tortura. Me rompieron las uñas, los huesos, el alma. Me entrenaron como si fuera un arma, como si fuera suya. Porque lo era. Porque mi familia dependía de mí.

Un nudo seco me subió por la garganta.

—Y entonces… llegó el día en que descubrí lo que querían y dejaron de pedirme cosas. Llegó el silencio. Pensé que era el final. Y lo fue. Recibí una caja. Dentro había cenizas. Restos. Pelo. Trozos de ropa. Una nota: “Gracias por tu servicio”.

Rachel se apartó un paso, como si necesitara aire.
Marta tenía lágrimas corriendo en silencio.
Iván se pasó las manos por la cara, murmurando algo entre dientes.
Y yo… no podía moverme.

—¿Por qué seguiste entonces… después de todo eso? —preguntó Marta, con la voz quebrada.

Zero bajó la mirada.
Y entonces respondió:

—Porque no sabía cómo ser otra cosa— susurró. —Mi nombre… el verdadero… se convirtió en un eco que ya no podía soportar. Cada vez que alguien lo decía, recordaba la caja. Recordaba lo que me arrebataron. Así que lo borré. Lo maté. Dejé que muriera conmigo. Al principio lo hice para sobrevivir… luego, porque ya no me pertenecía.

Alzó la vista, con los ojos ardiendo.

—“Zero” fue lo único que me quedó. Cero pasado. Cero identidad. Cero esperanza. Me convertí en un número, en un vacío. Un nombre que nadie pudiera usar para hacerme daño otra vez.

Sus palabras se clavaron en el aire.
Yo no podía apartar la vista de ella.

—En ese tiempo… hice familia. Gente que no sabía quién era realmente, pero que me aceptó igual. Me convertí en una más, me acostumbré al ruido, al miedo, a la rutina. Te conocí a ti, Rachel… tú me diste hogar, fuiste la familia que en un momento me arrebataron. Olvidé mi papel. Olvidé que era la infiltrada “Z”. Empecé a ser simplemente Zero.

Sus ojos se clavaron en mí.
El aire se volvió denso.
Me costaba respirar.

Dio otra calada al porro.
El humo se elevó lento, gris.
Como una confesión que por fin respiraba.

—Y entonces llegaste tú— dijo, mirándome. —Y todo volvió. Volvió lo que quise enterrar. Volvió lo que había olvidado que dolía. Tú, Lara… tú me recordaste quién era. Me hiciste sentir que podía tener algo más que odio, culpa y rabia. Por vosotras volví a ser yo, independientemente de las circunstancias. Pero llegaron las amenazas, los asesinatos. Querían recordarme quién era. Lo que pasaba si me negaba a seguir siendo la infiltrada “Z”.




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