En medio de todo, tú.

Capítulo 23: Cuando el silencio arde.

El beso no había terminado, aunque nuestras bocas ya no se tocaran.
Seguía allí.
Suspendido entre nosotras.
Latiendo en el aire como una llama que no se apaga.
Como un secreto compartido que se aferra a la piel.

Aún lo sentía en los labios.
Vibrando entre la respiración y el temblor.
Era algo más que un beso.
Era la grieta por donde el alma se asoma y se reconoce.

Zero me miró como si acabara de descubrir algo que llevaba toda la vida buscando.
Sus ojos eran puro vértigo, tormenta y refugio al mismo tiempo.
Y yo, sin saber cuándo ni cómo, ya me había lanzado al vacío.
Caía en ella sin miedo.
Porque el miedo era lo único que se había rendido primero.

Sus dedos rozaron mi cara con la delicadeza de una oración.
No era una caricia, era una súplica; el roce tembloroso de quien pide quedarse en un mundo que siempre la expulsa.
Cada contacto suyo era una palabra que no sabía pronunciar.
Una confesión que se escapaba entre los dedos.

Pero cuando volvió a besarme, algo cambió.
Ya no era duda, ni deseo contenido.
Era una entrega.
Una urgencia que quemaba desde dentro.

Su boca buscaba la mía con hambre y ternura.
Como si temiera que el amanecer pudiera robarnos lo que apenas habíamos encontrado.
No sabíamos si esto era un principio o un final.
Pero ardíamos.
Nos necesitábamos como si el mundo fuera a desmoronarse al amanecer.

Mis manos se aferraron a su camiseta.
Tirando de ella con una mezcla de urgencia y reverencia.
Como si ese tejido fuera el último hilo que me separaba del abismo.

Ella me atrapó entre sus brazos.
Con esa fuerza salvaje que nace del miedo a perder.

Y entonces fue como si el tiempo se partiera en dos: el antes de ella, y este momento.
Lo demás dejó de existir.

Nos besábamos con rabia, con deseo, con fuego.
Cada roce era una explosión contenida.
Una batalla entre la necesidad y la ternura.

Zero jadeaba contra mi cuello.
Su respiración era un vendaval caliente.
Cada vez que la sentía tan cerca, el mundo se disolvía un poco más y yo respondía con mordiscos suaves.
Respiraciones temblorosas.
Caricias sin rumbo fijo pero cargadas de intención.

Su cuerpo era una hoguera en la que no me importaba arder.
Cada movimiento era un rezo callado.
Una forma distinta de pedir perdón.

Yo, perdida en su piel, solo sabía que quería quedarme ahí.
En ese incendio donde el miedo no tenía nombre.

Rodamos sobre las sábanas, empapadas en calor, en sudor, en urgencias no dichas.
Su boca era un vicio al que no podía renunciar.

Las sombras de la habitación parecían moverse al compás de nuestra respiración.
Sus manos recorrían mi cuerpo como quien sigue un mapa olvidado, y en cada trazo parecía encontrar un lugar donde quedarse.
Mis manos bajaron por su espalda hasta aferrarse a su cintura, hasta empujarla más contra mí, sin pensar, sin quererlo evitar.

—Lara…— jadeó, la voz rota por la emoción. —No sabes lo que me haces sentir…

No respondí.

Solo la miré a los ojos, perdida, quebrada, rendida.
Porque sí, lo sabía.
Porque yo también lo sentía.
Y porque no podía decirlo sin que se me escapara la vida entera.

Nos quedamos así, unidas.
Moviéndonos lento, respirando el mismo aire, compartiendo la misma llama.
Cada roce de su piel encendía la mía.
Cada beso era una confesión muda.

En medio de aquella calma ardiente, Zero me acarició la cara con la palma abierta, temblorosa.
Sus dedos eran fuego y ternura a la vez.

—Nunca pensé que esto fuera posible— murmuró, con una fragilidad que me rompió.
—Ni yo— le susurré.

Y le besé otra vez.
Como si pudiera borrar todo su dolor.
Como si pudiera resucitarla con mis labios.

Nos quedamos abrazadas.
El corazón latiendo en un ritmo ajeno al mundo.
Respirábamos al mismo tiempo.
Como si nuestros cuerpos hubieran decidido unirse en un único pulso.

Mis dedos se enredaban en su pelo, buscando quedarse ahí para siempre.
Su mejilla descansaba sobre mi pecho, y su respiración me acariciaba la piel como una confesión.

Estaba tan cerca que dolía.
Tan cerca… y aún no sabía quién era yo realmente.

Y ahí, en medio del silencio que se había vuelto hogar, la culpa me mordió.
Como un animal hambriento que se arrastra desde lo más profundo del alma.
Porque yo sabía.
Yo llevaba su historia en mi sangre.
Yo tenía el apellido maldito que la había destruido.

Y aún no se lo había dicho.
No porque no quisiera.
Sino porque no sabía cómo vivir sin ella después.
Porque amarla era una condena que había aceptado sin condiciones.
Porque en ese instante, abrazándola mientras dormía, entendí que ya no se trataba de ella o de mí.

Se trataba de nosotras.
Del amor que había nacido en medio del fuego.
De lo que éramos capaces de salvar.

Y de lo que, inevitablemente, íbamos a perder cuando la verdad estallara.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.