En medio de todo, tú.

Capítulo 24: El borde del dolor.

La culpa se me instala en el pecho como una bomba de relojería.
Tictac.
Tictac.
Tictac.

Cada latido suena como una cuenta atrás.
Cada paso que doy me pesa.
Cada palabra que escucho se mezcla con un eco lejano de advertencia que me recuerda quién soy.
O mejor dicho, de dónde vengo.
Porque lo que soy ahora, no puede definirse con apellidos podridos.
No puede.

Después de aquella noche en la que Zero y yo dejamos que el mundo se detuviera a nuestro alrededor, todo se siente más frágil.
Más real.
Más cruel.

—Tenemos que movernos ya— dice Marta, firme, con los brazos cruzados y los ojos cargados de rabia.

Está apoyada en la pared.
Observando el tablero improvisado que hemos creado con toda la información que recopilamos sobre la familia Devereux.
Mi familia.

Los miro a todos desde mi rincón.

Iván, erguido, analizando cada detalle con su mirada precisa y su semblante impasible.
Rachel, con la mandíbula apretada, las manos cerradas en puños, la furia dibujada en su respiración.
Marta, alerta, calculadora, con esa mezcla de cansancio y lucidez que solo tiene quien ha mirado de frente demasiadas verdades.
Y Zero… Zero está sentada en el suelo, las rodillas contra el pecho, un porro entre los dedos.

El humo se eleva lento.
Como un pensamiento que no termina de marcharse.
Sus ojos siguen el movimiento de la espiral que se disuelve en el aire, y por un instante parece estar en otro lugar, o tal vez en todos.
Tiene esa calma extraña que desarma; esa serenidad que solo tiene quien ya ha sobrevivido al desastre.

Y yo… yo, tragándome el veneno de un apellido que los ha arrastrado a todos a este infierno.

—¿Qué propones?— pregunta Iván.
—Entrar desde dentro— responde Rachel.

Su voz es grave.
Decidida.

—Lo que tenemos hasta ahora no basta. Si queremos tumbarlos, necesitamos pruebas de verdad, algo que demuestre que son ellos quienes manejan la droga, los sobornos, las desapariciones. Todo.
—Y eso está en su núcleo. En su sangre— añade Marta.

Mi sangre.

—¿Y cómo demonios vamos a llegar hasta ahí sin que nos maten?— resopla Iván.

El silencio que sigue pesa toneladas.

Y entonces, todas las miradas se giran hacia mí.
No sé si lo hacen conscientemente, o si el destino, con su ironía retorcida, decide recordarme que yo soy la llave.
La grieta.
El acceso.

Trago saliva.
Siento el corazón latirme en la garganta.

—¿Lara…?— La voz de Zero es suave, apenas un susurro.

Me mira como si ya supiera la respuesta.
Como si su piel pudiera leer lo que mi boca todavía no se atreve a decir.

—Yo…— respiro hondo. Es ahora o nunca. —Si vamos a hacerlo desde dentro, necesitaremos acceso, movimientos, claves. Una vía de entrada.
—¿Tú podrías dárnosla?— pregunta Marta, entrecerrando los ojos.
—Sí. Conozco gente… sé moverme— respondo, eligiendo cada palabra como quien pisa vidrios descalza. —Puedo intentarlo.

Miento.
O no del todo.
No les miento sobre lo que puedo hacer.
Les miento por omisión.
Porque puedo hacerlo… porque soy una Devereux.
Porque esos pasillos oscuros me son familiares.
Porque me crie en ellos.

Un silencio denso lo cubre todo.

—¿Estás segura?— pregunta Rachel.

Ya no con sospecha, sino con esa preocupación que duele.

—Lo estoy— respondo.

Y lo estoy.
Aunque mi corazón tiemble.

Zero se levanta despacio.
Apaga el cigarro contra el cenicero.
Me sostiene la mirada.
Veo algo en sus ojos.
Algo que no sé si es certeza o una súplica muda.

—No tienes que hacerlo tú sola— dice.

Oh, Nadia.
Ojalá supieras cuánto lo necesito.
Cuánto me sostiene el saber que estás de mi lado.
Aunque no conozcas aún mi verdad más sucia.

Las horas siguientes son un torbellino de planificación.
Trazamos un plan, o al menos los primeros pasos: nombres, contactos, movimientos financieros.

Nos repartimos tareas.
Todos creen que lo hacen por justicia, por verdad…
Yo también.

Pero también lo hago por redención.
Por ellos.
Por Zero.
Por mí.

Cuando la madrugada empieza a empujar a la oscuridad, salimos del local donde nos reunimos.
Zero camina a mi lado.

—Has estado callada toda la noche— me dice, con voz suave.
—Estoy bien.
—Mientes fatal.

Me detengo.
El asfalto brilla por la humedad.
El cielo es una sábana gris que no deja pasar ni una estrella.

Todo parece suspendido.
Como si el mundo contuviera la respiración.

—Zero…— empiezo, con la voz temblorosa. La miro a los ojos. —Si alguna vez supieras algo de mí que no te guste, algo que no esperas… prométeme que no te alejarás.

Ella frunce el ceño, pero no aparta su mirada.

—No me alejaría de ti aunque el mundo se estuviera cayendo a pedazos.
—Tal vez ya lo está— murmuró.

Zero sonríe triste.
Y esa tristeza, me desarma.

—Entonces lo reconstruiremos— susurra.

Y en ese momento, sin pensarlo, doy un paso hacia ella.
El frío del aire se disuelve cuando nuestras manos se encuentran.
Cuando su pulgar acaricia el dorso de la mía como si intentara borrar el temblor.

Me acerco un poco más.
Sus ojos, tan cerca, son dos faros en la noche.

—No sé qué haría sin ti— digo, apenas audible.

Ella sonríe, ladeando la cabeza.
Con esa ternura que es casi dolor.

—Tendrás que averiguarlo, porque pienso seguir aquí.

Sus palabras son la única verdad que quiero creer.
Y antes de que la culpa vuelva a ganarme, la beso.
Un beso suave, breve, tembloroso.
Un beso que no busca deseo, sino refugio.

Zero me abraza sin decir nada.
Su frente se apoya en la mía, y el silencio se llena de un calor que no necesita explicaciones.

Esa noche no duermo.
Pienso en todo lo que se vendrá.
En todo lo que aún no ha descubierto.
En lo que sucederá cuando sepa que la chica que la acompaña en la lucha contra la familia Devereux… es, en realidad, una de ellos.




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