Me temblaban los dedos.
No por miedo, no por inseguridad… sino por la carga que llevaba encima.
Habíamos planeado cada paso con precisión milimétrica.
Habíamos ensayado las respuestas, los silencios, incluso las mentiras.
Yo sería la pieza clave.
Yo me infiltraré entre los míos.
Entre los Devereux.
Aquel apellido pesaba como un yugo invisible.
Zero no lo sabía aún.
Ni debe saberlo.
No todavía.
¿Cómo decirle a la mujer que amo que formo parte de la sangre que destruyó la suya?
Esa mañana nos despedimos con una mirada que lo decía todo y a la vez nada.
Zero quiso detenerme, lo vi en sus ojos.
Pero no dijo nada.
Me dejó ir.
Y yo la dejé atrás.
Llevando conmigo su perfume en la memoria y el sabor de su beso ardiendo todavía en mis labios.
............
El edificio familiar era exactamente como lo recordaba, pero infinitamente más sombrío.
Las paredes seguían blancas, los cristales relucientes, los mármoles pulidos… pero algo había cambiado.
O tal vez era yo la que ya no pertenecía a ese mundo.
Mi padre, Phillip Devereux, me recibió con esa sonrisa gélida que siempre había reservado para las reuniones de negocios.
Mi madre ni siquiera estaba.
Como siempre.
Lo único que me preguntó fue:
—¿A qué has vuelto, Lara?
Lo pensé un segundo.
—A casa— mentí.
Las siguientes horas fueron una mezcla enfermiza de nostalgia y desconfianza.
El despacho seguía igual.
Con sus estanterías oscuras llenas de libros con nombres falsos.
El whisky en la botella de cristal tenía la misma densidad espesa que recordaba.
El aroma de poder se colaba por cada rendija.
Y, sin embargo, cada paso que daba era como caminar sobre lava ardiente.
Sabía que cada palabra podía traicionarme.
Que cada mirada podía ser una trampa.
Que cualquier error podría costarme la vida… o algo peor.
Pasé la primera noche en mi antigua habitación.
Abrí el cajón de mi escritorio y encontré las notas de la universidad, los recortes, los planos de circuitos electrónicos que diseñaba por gusto…
Lara, la hacker.
Lara, la hija rebelde.
Lara, la traidora.
Me quedé allí sentada, abrazando mis rodillas.
Escuchando el sonido lejano de una conversación en el piso inferior.
Intentando recordar quién era antes de que todo se quebrara.
A la mañana siguiente comenzaron las pruebas.
Me pidieron que asistiera a una reunión con uno de los socios clave.
A solas.
“Para ver si entiendes cómo funciona el negocio”, dijo mi padre.
La tensión me cortó el aliento, pero asentí.
No podía parecer débil.
No podía dudar.
El despacho estaba cargado de silencio.
Aquel hombre, al que apenas conocía, me sonrió de forma torcida y deslizó un dossier hacia mí.
Dentro había informes, listados, rutas.
Rutas de distribución.
Información sobre la red.
Nombres. Contactos. Dinero.
Salí de allí con una sonrisa que dolía como una herida abierta.
Caminé por el pasillo como si no hubiera visto nada.
Pero por dentro, sentía que la oscuridad volvía a tragarme poco a poco.
Esa noche, en el baño, me derrumbé.
Vomité el miedo.
Me aferré al lavabo como si fuera lo único sólido.
Miré mi reflejo, pálido, con ojeras marcadas, y me prometí algo:
A esta familia la voy a destruir desde dentro.
Cueste lo que cueste.
La comunicación con el resto del grupo era mínima, casi imposible.
Habíamos establecido puntos de contacto seguros.
Mensajes cifrados que simulaban notificaciones comunes.
Pero incluso eso era un riesgo.
Una pulsación equivocada podía levantar sospechas.
Una frase mal usada podía ser el final.
Cada noche repasaba en silencio las piezas del plan: abrir grietas, recabar información, ponerlos a pelear entre ellos… Lara Devereux, la hija, convertida en espía.
Pero lo más difícil no era fingir.
Lo más difícil era recordar, cada día, que yo no era como ellos.
Y que si salía de esta, sería por Zero.
Y por mí misma.
…………
—¿Entonces?— preguntó mi padre días después. —¿Has recuperado tu lugar en esta familia?
Le miré.
Con esa mezcla de odio y calma que sólo puede dar la certeza de que todo va a estallar.
—Claro que sí, papá— respondí con una sonrisa afilada.
Mentir nunca se me había dado tan bien.
Y por dentro… sólo quedaba resistir.
Porque la caída de los Devereux ya había comenzado.