Nunca había estado en este ala de la casa.
El pasillo que conducía al despacho de mi padre parecía más largo que de costumbre.
Más frío, más insonorizado.
Sentía que cada paso me empujaba un centímetro más cerca del abismo.
El aire olía a cuero envejecido, a papel quemado y a decisiones tomadas a puerta cerrada.
Papá me esperaba con una copa en la mano, apoyado contra la chimenea encendida.
Como si no hubiera pasado ni un día desde que yo tenía ocho años y lo espiaba desde la escalera mientras cerraba tratos con hombres trajeados y miradas vacías.
—Entra, Lara— me dijo con esa voz que mezcla cariño y advertencia. —Si vas a formar parte de esto… necesitas saberlo todo.
Me senté sin quitarle la vista de encima.
El silencio se hizo espeso entre nosotros.
Luego, él habló.
—No somos empresarios, hija. No somos simples comerciantes— comenzó, paseando por la estancia como si las palabras le pesaran. —Nosotros… controlamos la ciudad. La red. El movimiento. La oferta. La demanda. La información. Y a veces… también controlamos a las personas.
No pestañeé.
No respiré.
—¿Qué tipo de control?
—Dependencia. Dinero. Miedo. Influencia política. Judicial. Policial. Todos los caminos llevan al apellido Devereux, aunque nadie lo diga en voz alta— Bebió un sorbo. —tu madre, por ejemplo... es la arquitecta de muchos de los hilos que sostienen este imperio.
Mi estómago dio un vuelco.
—¿Ella…?
—Sí. Fue ella quien diseñó el sistema de fidelización con los líderes de los barrios. Quien supo negociar con la policía para dejar que ciertas rutas fueran “intocables”. Y fue ella quien eligió a la mayoría de las infiltradas. No porque quisiera, sino porque era la única manera de controlar a los que no querían controlarse solos.
Apreté las manos contra mis rodillas.
El peso de la sangre que corría por mis venas se me hizo intolerable.
—¿Y tú?— pregunté, apenas en un susurro.
—Yo soy la cara. El que negocia con los viejos tiburones. El que firma acuerdos que no se escriben. Pero es tu madre quien los diseña. Y ahora… necesitamos que tú seas nuestros ojos en los barrios bajos. Ya no confío en nadie más. Solo en ti. Siempre fuiste mi niña.
Supe que debía asentir.
Que cualquier duda levantaría sospechas.
Así lo hice.
—Haré lo que tenga que hacer.
Y lo hice.
Horas después, montada en el asiento trasero de un coche blindado, acompañada por dos de los hombres de confianza de mi padre (callados, armados, con miradas frías como el acero) me dirigía hacia una de las viejas fábricas abandonadas del distrito ocho.
Uno de los puntos de entrega.
Tenía que llevar un maletín.
No pregunté qué había dentro.
Aunque podía imaginarlo.
En este mundo, la ignorancia es a veces la única forma de no quebrarse.
Al llegar, los focos del coche iluminaron la entrada oxidada.
Dos hombres esperaban allí.
Uno fumaba.
El otro tenía las manos dentro del abrigo.
Como si pudiera sacar algo más peligroso que sus propias intenciones.
Los míos bajaron primero.
Me indicaron con la cabeza que esperara.
No lo hice.
Salí, con el maletín en mano.
Los tacones resonando como metrónomos de guerra sobre el suelo de cemento.
El silencio era absoluto.
Salvo por el crujido de mis pasos.
—¿Quién eres tú?— preguntó uno de ellos.
—Lara Devereux— dije por primera vez en voz alta, y fue como tragar vidrio. —Vengo por orden de mi padre.
No hubo más preguntas.
Solo un intercambio tenso de miradas.
Una revisión del maletín.
Un intercambio de sobres.
Una contraseña en voz baja.
Una amenaza velada en forma de sonrisa.
Y el entendimiento tácito de que, si algo salía mal, esa sería la última vez que mi nombre cruzaba sus labios.
Volvimos al coche.
No hablé en todo el trayecto.
Me limité a mirar por la ventanilla la ciudad que había crecido bajo nuestros pies.
Todo parecía más sucio.
Más podrido.
Al llegar a casa, crucé el recibidor sin quitarme los tacones.
Subí directa a mi habitación.
Las luces estaban apagadas.
Pero el reflejo de la ciudad entraba por los ventanales.
Apoyé la frente en el vidrio.
Y allí, sin que nadie lo viera, lloré en silencio.
Porque empezaba a entender lo que era ser una Devereux.
Y también lo que significaba serlo… sabiendo que todo lo que amaba, todo lo que alguna vez había sido real, estaba al otro lado de esa herencia que me empezaba a devorar desde dentro.