Hay momentos en los que ni el silencio sirve para refugiarse.
Como si el mundo se empeñara en recordarte que no puedes escapar de lo que eres.
O de lo que fuiste.
O, peor, de lo que te estás convirtiendo.
Desde que hice aquella primera entrega, algo dentro de mí empezó a agrietarse.
No era culpa, exactamente.
Era más como una contaminación progresiva.
Una niebla que entraba por los poros y se instalaba bajo la piel.
Desde entonces, nada huele igual.
Nada sabe igual.
Y no he dormido.
No de verdad.
Hoy, mi padre no ha dicho mucho.
Solo me ha dejado un sobre en la mesa, mientras su mirada volvía a esa frialdad que siempre usó cuando quería protegerme del mundo… o de sí mismo.
—Esta vez vas con Alex y Mireia— dijo. —Es más importante que lo anterior. No te metas. Solo observa.
“Solo observa.”
Como si mirar cómo se pudre el mundo no fuera suficiente para mancharte.
Destino: Podredumbre.
El coche negro se deslizó por la carretera como un susurro.
Alex iba conduciendo.
Mireia, al lado, silenciosa como una estatua de mármol.
Yo atrás, con un nudo en la garganta y la mochila en las piernas.
—¿Nerviosa, princesa?— preguntó Alex, sonriendo de medio lado sin mirarme.
—Estoy bien.
Mentí.
Era más fácil que explicar que me sudaban las palmas.
Que mi estómago giraba.
Que sentía un vacío inmenso al estar sentada con ellos.
—Llegaremos en quince— dijo Mireia.
Su voz era seca, profesional.
Un bisturí.
El polígono estaba al este, en una zona industrial a medio construir.
La nave donde nos esperaban no tenía letreros.
Ni cámaras.
Solo una puerta de acero abollada y una fila de farolas muertas.
El lugar olía a óxido y secretos.
Entramos.
Adentro, cuatro hombres esperaban junto a una mesa con carpetas, una caja cerrada y un maletín.
Dos iban vestidos como policías.
Los otros, civiles.
Todos tenían esa mirada vacía de quienes han perdido la capacidad de empatizar.
Alex saludó con un gesto seco.
Mireia escaneó la sala como un radar.
—Ella es Lara— dijo Alex, señalándome con el pulgar.
—La hija— murmuró uno de los hombres, bajando la vista.
No supe si era por respeto o por miedo.
Yo no dije nada.
Solo observé.
Tal como me habían ordenado.
La conversación fue rápida.
Códigos.
Zonas de control.
Cifras. Entregas.
No hablaban como traficantes.
Hablaban como empresarios preparando una expansión comercial.
Pero lo que me rompió fue la carpeta abierta en medio de la mesa.
Fotografías. Planos. Nombres.
Nombres que conocía.
Barrios en los que viví.
Niños con los que jugué.
Escuelas por las que pasé.
Zonas que estaban a punto de ser dominadas, silenciosamente, por el negocio.
Un hombre de barba gris y uniforme falso cogió el maletín.
Lo abrió.
Billetes.
Alex asintió.
Todo en orden.
—Un placer hacer negocios— dijo uno de ellos.
Y justo cuando pensaba que nos marcharíamos, otro de los civiles alzó la voz:
—¿No quieres ver lo que hay en la caja, bonita?
Me giré.
Mi cuerpo se tensó.
Mireia se adelantó.
—No está aquí para eso.
—Ella debería saber lo que estamos moviendo— insistió el hombre, con una sonrisa sucia. —Al fin y al cabo, lleva su apellido.
Alex le miró con una expresión dura.
Pero no dijo nada.
Y yo… me acerqué.
Mis piernas no querían moverse.
Pero las moví.
Abrí la caja.
Adentro, sobres.
Muchos.
Todos sellados.
Pero uno estaba medio abierto.
Lo cogí.
Lo abrí.
Fichas policiales.
Informes confidenciales.
Rostros familiares.
Gente que había intentado hablar, confesar, rebelarse.
Y lo peor: uno de los rostros era el de una mujer que había desaparecido el año anterior.
Nunca la encontraron.
Según los medios, había huido del país.
Ella no huyó.
Mi estómago se contrajo.
Lo cerré de golpe.
—Ya has visto suficiente— dijo Mireia, a mi lado.
Su voz ahora tenía algo más de… ¿compasión?
—Sí— respondí.
No supe si lo dije o lo pensé.
Pero ahí terminaba mi parte.
El trayecto de vuelta fue silencioso.
Ni una palabra.
Al llegar, Alex se giró hacia mí por primera vez.
—La mayoría se rompe la segunda vez. No la primera. —Me miró con ojos oscuros. Verás que el cuerpo se acostumbra a no sentir.
Yo no respondí.
No podía decirle que cada parte de mí estaba gritando.
Que sentía los ojos de aquella mujer en mi nuca.
Que el olor a documentos quemados me había perseguido todo el camino.
Que cada latido era una traición.
Me encerré en mi habitación.
No me quité la ropa.
No encendí la luz.
Solo me senté en el suelo.
Contra la puerta.
Y respiré.
Como si eso bastara para no hundirme del todo.
Pero la verdad es que una parte de mí ya había empezado a desaparecer.
Porque para destruir a esta familia… tendría que convertirme en uno de ellos.