Mi padre no suele hacer gestos personales.
Lo suyo es el control, la eficiencia, el poder.
Por eso, cuando me llamó a su despacho aquella mañana, pensé que sería otra orden.
Otra entrega.
Otro mensaje que escupir sin sentimientos.
Pero no.
Cuando entré, la vi.
Sentada frente al ventanal, de espaldas, con la luz de la mañana perfilando su silueta.
El pelo suelto, revuelto.
Idéntico al que me envolvía cuando teníamos catorce años y dormíamos en la misma cama porque creíamos que el mundo era demasiado grande sin la otra.
Mi pecho se comprimió.
Giró la cabeza despacio.
—¿Te acuerdas de mí, Lara?
Mi nombre en su voz me partió.
Era un eco antiguo.
Uno que venía con olor a tierra mojada, a tardes de bicicleta, a lágrimas compartidas por tonterías gigantes.
—¿Nuria…?
—Hola, torpe— dijo, con esa sonrisa ladeada que siempre la hizo parecer mayor que nosotras.
Me acerqué sin pensar.
La abracé.
Y ella me abrazó como si no hubiera pasado ni un solo día.
Sentí que el mundo se detenía.
El muro de hielo que me había envuelto durante semanas se agrietó.
Las defensas que había perfeccionado entre traiciones, misiones y silencios, se deshicieron como papel mojado.
—¿Qué haces aquí?— murmuré, incrédula, con la voz quebrada.
—Tu padre me encontró. Me dijo que estabas de vuelta. Pensó que te vendría bien una cara conocida. Y no se equivocó.
La abracé más fuerte.
Porque sí.
Porque dolía.
Porque me hacía bien.
Porque no sabía cuánto necesitaba esto hasta que lo tuve.
Mi padre observaba desde su escritorio.
Con los dedos cruzados y los ojos como cuchillas afiladas tras una sonrisa que simulaba calidez.
—Creo que a veces una hija necesita un ancla— dijo. —Alguien que le recuerde quién es.
No cuestioné nada.
No vi los hilos.
Solo sentí el consuelo.
Los días siguientes Nuria y yo comenzamos a recuperar un idioma que habíamos enterrado.
Las risas no tardaron en salir.
Nos pasábamos horas recorriendo la ciudad.
A veces simplemente caminando sin rumbo.
Otras encerradas en alguna cafetería hablando de todo y de nada.
Revivíamos anécdotas, confesábamos sueños perdidos y heridas recientes.
—¿Te acuerdas de aquella vez que nos colamos en el jardín de los Ortega a robar limones?— dijo una tarde entre carcajadas.
—¡Nos pillaron!— reí. —Tuviste que inventar que eran para una tarta de tu abuela enferma.
—Y tú lloraste para que nos dejaran ir. ¡Qué buena actriz resultaste ser!
Hubo algo limpio en ese momento.
Algo que no olía a pólvora, ni a traición, ni a muerte.
Algo que parecía real.
Y fue entonces cuando me di cuenta de que ya no pensaba tanto en Zero.
Ni en Rachel.
Ni en el plan.
Comencé a aceptar invitaciones a las cenas familiares.
A sentarme más cerca de mi padre.
A hacer preguntas sobre los negocios.
Como si mi rol fuera legítimo.
Como si siempre hubiera estado destinada a ello.
Empezaron a confiarme pequeñas gestiones.
“Solo representación”, decía mi padre.
“Nada peligroso, pero importante”.
Me movía con soltura.
Con poder.
Como si mi apellido realmente significara algo para mí.
Y en medio de todo, estaba Nuria.
Sonriendo.
Sujetándome la mano sin necesidad de palabras.
Con la naturalidad de alguien que ha estado siempre, incluso cuando no estaba.
A veces despertaba en mitad de la noche.
Con el corazón latiendo con fuerza, empapada en sudor.
Con el nombre de Zero en la garganta y una sensación de asfixia.
Pero al amanecer, esa angustia se diluía como humo en el sol.
Me aferraba a Nuria, a la rutina, al silencio cómodo que ofrecía esta nueva normalidad.
Poco a poco, lo que vine a hacer, la razón por la que me ofrecí como la pieza clave del plan, comenzó a desdibujarse.
Ya no recordaba todos los detalles.
O quizás no quería recordarlos.
Ya no sentía rabia.
Ni deseo de destruir.
Solo un extraño vacío cálido que se llenaba con sonrisas familiares, comidas compartidas y la falsa seguridad de un apellido.
Era adictivo.
Y no lo vi venir.