Habían pasado semanas.
Tal vez meses.
O quizás, simplemente, perdí la noción del tiempo.
No recordaba con precisión cuándo fue la última vez que pensé en Rachel, en Marta, en Iván.
En Zero.
Su cara se me desdibujaba entre las brumas del día a día, entre reuniones familiares, encargos supervisados por mi madre, cenas con mi padre, y confidencias con Nuria.
Me habían reabsorbido.
Como si nunca hubiese salido de aquí.
Como si todo lo demás… jamás hubiese existido.
Era extraño.
No sentía culpa.
Solo una calma envenenada, una pertenencia falsa que empezaba a parecer real.
Aquí no se hacían preguntas incómodas, no había miradas que juzgaran, ni sombras que recordaran quién fui.
Solo órdenes.
Eficiencia. Poder.
Y yo… era buena en eso.
Aquella noche recibí una llamada de Alex.
Su voz sonaba tensa, más aguda que de costumbre.
—Lara, tienes que bajar. Tenemos dos intrusos. Tu madre quiere que decidas qué hacer con ellos.
Me quedé quieta.
Una corriente helada me recorrió el cuerpo.
—¿Por qué yo?— pregunté, aunque ya intuía la respuesta.
—Órdenes suyas. Están en el sótano tres.
La llamada se cortó con un clic seco.
Durante un instante, el aire pareció espesarse.
Mi reflejo en el cristal del despacho me devolvía una mirada que no reconocía.
Mi propio rostro se había convertido en una máscara heredada.
Cogí el ascensor.
El descenso fue lento, insoportable.
Cada piso que pasaba era un paso más hacia algo que no quería ver.
La puerta blindada se abrió con un clic seco.
Bajé sola, con el corazón latiéndome en la garganta.
Alex y Mireia estaban esperándome.
Me hicieron un gesto con la cabeza y me señalaron la sala de interrogatorios.
Dos figuras estaban en el suelo.
Maniatadas, con bolsas negras cubriéndoles la cabeza.
La ropa empapada en sangre.
El aire cargado con ese hedor metálico que ya conocía demasiado bien.
—¿Qué quieres que hagamos con ellos?— preguntó Alex desde el umbral.
—Salid— Mi voz fue un hilo, pero bastó.
—Lara, tu madre dijo que…
—He dicho que salgáis— No grité, pero el tono bastó para que se marchara.
Salieron sin rechistar.
Cerré la puerta tras ellos.
Y durante unos segundos, solo hubo silencio.
Un silencio que gritaba.
Mis pasos resonaron sobre el suelo de hormigón.
Uno.
Dos.
Tres.
Podía oír su respiración.
Una jadeante, temblorosa.
La otra… contenida, grave, casi desafiante.
Me agaché.
Mi mano tembló cuando quité la bolsa de la primera cabeza.
Y entonces, el mundo se rompió.
—No…— susurré.
Rachel.
La sangre le cubría media cara, un ojo cerrado por un hematoma.
Me miró como si estuviera viendo un fantasma.
Me tambaleé.
Me negué a creerlo.
Con los dedos entumecidos, arranqué la otra bolsa.
Zero.
Mi respiración se quebró.
Sus labios estaban rotos, la mejilla abierta, la piel salpicada de sangre.
Y aun así, incluso así, seguía siendo ella.
Había fuego en sus ojos.
Fuego y algo más… algo que dolía más que el odio.
Me miró.
Solo me miró.
Y bastó.
El suelo pareció desaparecer bajo mis pies.
—¿Qué… qué hacéis aquí?— pregunté, ahogada, sin reconocer mi propia voz.
Rachel se rio sin alegría.
Un sonido agrio, lleno de cansancio.
—Vinimos a terminar lo que tú has olvidado— escupió con una mueca amarga.
Mis rodillas se doblaron.
Me dejé caer frente a ellas.
El aire me raspaba la garganta.
Mi mente era una ruina en llamas.
—Lara…— susurró Zero.
Su voz estaba rota, pero aún así era lo más hermoso y lo más doloroso que podía escuchar.
Levanté la mirada.
Y la encontré.
Y entonces lo dijo.
—Ya sé quién eres— dijo.
Y entonces lo soltó.
—Eres una Devereux.
El universo se colapsó.
Por un instante, el mundo dejó de tener sonido.
Solo vi su rostro, el de ella, desdibujado por las lágrimas y la sangre.
Y entendí que todo había terminado.
—Lo supe hace tiempo. Pero necesitaba verte caer. Verte elegir. Y lo hiciste— Zero jadeó, la voz rasgada por el dolor. —Nos dejaste. Nos olvidaste. Te convertiste en ellos.
Negué con la cabeza, entre lágrimas, entre gritos silenciosos que no salían.
—Yo no…
—Vinimos a hacer caer a tu familia— interrumpió Zero, la voz como hielo quebrado. —Aunque eso signifique que tú caigas con ellos.
Sus palabras me atravesaron.
Había fuego en sus ojos, pero también una herida sangrante.
Había rabia… y amor.
Amor desgarrado, hecho trizas.
Me acerqué a ella.
Me temblaban las manos.
—No sabéis lo que ha sido esto. No sabéis lo que me han hecho. Me han borrado. Me han envuelto. Me han llevado tan lejos que ya no sabía quién era.
—Y aún así no volviste— susurró Zero. —Ni siquiera pensaste en nosotros.
Sentí el golpe como si me arrancaran algo del pecho.
Mis piernas cedieron.
Me desplomé.
El suelo helado me recibió.
—Perdonadme… por favor…
Pero nadie habló.
Ni una palabra.
Solo el silencio.
El mismo que gritaba en mi cabeza.
El mismo que lo dijo todo.
Zero bajó la mirada.
Sus pestañas temblaron.
Rachel respiró hondo.
Conteniendo una furia que ya no sabía si era odio o pena.
Y yo, en medio de ambas, sucia, rota, culpable, entendí que ya no había vuelta atrás.
Porque la traición no siempre viene de fuera.
A veces, habita en la sangre.
Y la mía ya estaba manchada desde antes de nacer.