En medio de todo, tú.

Capítulo 30: Corazones rotos.

La sala seguía sumida en un silencio espeso.
Como si el aire mismo hubiese decidido detenerse.

Solo se escuchaban nuestras respiraciones: la de Zero, lenta y contenida, como si su alma se hubiera enterrado viva; la de Rachel, entrecortada por la rabia, como un animal que no entiende si debe morder o gritar; y la mía… rota.

—Por favor… escuchadme— mi voz salió más débil de lo que quise, como un susurro que se diluye en el eco de lo imperdonable. —Yo no quería esto.

Rachel escupió al suelo.
Con sangre en los labios y el orgullo hecho jirones.

—¡No! ¡Tú querías exactamente esto! ¡Mira lo que nos has hecho, Lara! ¡Nos mentiste! ¿¡Quién coño eres!?
—Soy yo…— murmuré, mirando a Zero. —Siempre he sido yo.
—No. Tú eres una “Devereux”— dijo Zero, su voz más filosa que nunca. —Todo lo demás fue teatro.

Mi cuerpo entero tembló.
No por miedo.
Sino por el peso del juicio en su mirada.
Esa mirada que antes me salvaba… ahora me sentenciaba.

—No sabéis lo que ha sido vivir con esta verdad encerrada en el pecho— intenté acercarme, pero Rachel se encogió como si temiera que mis palabras quemaran. Me infiltré para destruirlos. Para ayudaros. Para vengar todo lo que han hecho. Pero… me perdí. Me absorbieron.
—¡Te dejaste absorber! -gritó Rachel.
—¡No!— mi grito salió desde lo más hondo, quebrando la calma fúnebre. —No sabéis lo que es estar rodeada de ellos, volver a mirar a tus padres y sentir asco, dolor… y aun así no poder apartarte. No sabéis lo que es que tu madre te analice, te mire a los ojos y mienta con la sonrisa de siempre. Que tu padre te abrace y te diga que confía en ti… para seguir llenando calles de muerte.

Me giré hacia Zero, y fue como desnudarme por completo.

—Y tú… tú lo eras todo. Y aún lo eres. Pero cuando volví a casa, cuando me rodearon de sus mentiras y su pasado y sus malditas promesas de familia… me olvidé por qué estaba allí. Me olvidé de ti. Me olvidé de todos.

Ella parpadeó, pero ni una lágrima cayó.
No podía llorar.
No por mí.
Y eso dolía más que cualquier golpe.

—Ya es tarde, Lara.
—No. Aún no. No si os saco de aquí. No si os salvo.

Fui hasta el mueble metálico del fondo, donde guardábamos los sedantes de contención.
Mis manos temblaban al preparar las dosis.
Dosis precisas.
No podían pasarse ni un miligramo.
Solo así podrían fingir la muerte sin consecuencias permanentes.

—¿Qué haces?— susurró Rachel, desconfiado.
—Hay una forma de sacaros. Si creen que estáis muertas, no os seguirán. No buscarán cadáveres, solo cerrarán el capítulo y lo enterrarán.

Zero me observó en silencio.
Sus ojos parecían examinar mi alma en busca de una trampa.
O tal vez una última chispa de verdad.

—Os lo ruego— las dije, arrodillándome frente a ellas, con la jeringa en la mano. Dejadme hacer esto bien. Al menos una vez.

Zero dudó.
Rachel no.

—Si nos matas, que sea rápido— gruñó. —Pero no juegues con nosotras, Lara. No otra vez.
—No voy a mataros. Os estoy dando una salida. La única que tengo. Por favor…

Zero fue la primera en asentir.
Un gesto breve, seco, sin consuelo.

Preparé las inyecciones.
Inserté el sedante en las venas marcadas por los golpes.
Los cuerpos se aflojaron poco a poco.

Zero se dejó caer como una hoja vencida por el otoño.
Rachel se resistió más.

Cuando quedaron inmóviles, sin pulso aparente, sin respiración evidente, contuve el llanto.
No podía permitirme ni una lágrima.

Salí de la sala.
Mireia y Alex esperaban al otro lado de la puerta.

—Están muertas— dije, sin pestañear. —Haced con los cuerpos lo que creáis conveniente.

Mireia me sostuvo la mirada.
Había algo en sus ojos.
Una sospecha, una duda.
Pero no dijo nada.

—Lo sabremos— murmuró, como quien deja un anzuelo en el agua.

Me giré, fingí indiferencia, y regresé por el pasillo.
Cada paso alejándome de ellos era una grieta más en mi interior.
Un hueco que ni la sangre de los “Devereux” podría llenar.

Había salvado a las únicas que de verdad me importaban.

Pero ahora estaba sola.
Más sola que nunca.




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