En medio de todo, tú.

Capítulo 31: Todo lo que sangra.

El silencio en esta casa no es vacío: es vigilancia.
A veces siento que las paredes respiran conmigo.
Como si cada vez que contengo el aire, ellas lo notaran.

Todo parece mirarme desde el rincón de una sospecha.
El mármol blanco, las lámparas doradas, los rostros silenciosos de los guardias, incluso los cuadros de antepasados que no conocí pero cuyos ojos parecen haber heredado el juicio frío de mis padres.

Desde que fingí la muerte de Rachel y Zero, el tiempo ha cambiado de forma.
Todo me pesa más.
Los pasos, los gestos, las palabras, las noches.
Sobre todo las noches.
Se han convertido en campos de batalla entre lo que fui, lo que soy y lo que no sé si podré seguir siendo.

Camino por la casa como una sombra que se confunde con otras sombras.
He aprendido a controlar mis gestos, a mantener la voz justa, a parecer esa hija devuelta al redil, comprometida, fuerte, útil.
Pero dentro de mí… hay una grieta.
Una grieta que se ensancha con cada segundo.

Y lo peor es que… a veces me sorprendo sonriendo de verdad.
Con Nuria.
Con mi padre.
Porque yo, la infiltrada, la desertora, la traidora, empiezo a sentirme cómoda.
Empiezo a olvidar.
Empiezo a integrarme.
Y eso me aterra.

A veces cierro los ojos y me cuesta recordar el rostro de Iván.
O la risa aguda de Marta.
O el olor a tierra mojada cuando salíamos corriendo con Rachel a escondernos.

Y Zero… su voz me llega como un eco lejano, como una canción de la infancia que se va apagando.

Me duele.
Me duele no recordarla con nitidez.
Pero más me duele que, en mi pecho, no sé si lo que crece es remordimiento o resignación.

—Lara— dijo mi madre al entrar en el salón aquella mañana, impecable como siempre, su elegancia convertida en amenaza disfrazada. —Necesito que te encargues tú de esto.

Dejó un sobre negro sobre la mesa de cristal.
Ni una mirada.
Ni una sonrisa.
Solo esa orden encubierta en una solicitud.

Mi padre no dijo nada.
Solo desvió la vista hacia mí.
Me sentí como un peón siendo empujado en un tablero donde ya no sabía si era blanco o negro.
El sobre pesaba más de lo que debía.

Cuando lo abrí, entendí por qué.
No era un paquete.
No era una entrega.
Era una sentencia.

Tenía que escoltar a dos traidores.
Supuestos infiltrados.
Gente que había trabajado con nosotros y, según el informe, estaban filtrando información a cuerpos externos.
Policías, tal vez.
O algo peor: antiguos miembros de la familia que querían vengarse.

El protocolo era claro: “traslado a punto de retención avanzada”.
Un eufemismo pulido para lo que significaba realmente: aislamiento, interrogatorio, muerte.

Pero no era eso lo que me encogió el pecho.
Era la firma al final del documento.
Mi madre.
Directo de ella.
Exclusivo para mí.
No una orden.
Una prueba.

—¿Por qué yo?— pregunté con la voz tan contenida que sentí que se desgarraba por dentro.

Ella me miró por primera vez.
Y lo que vi no fue crueldad.
Fue algo peor: fue cálculo.
Fue estrategia.
Fue conocimiento profundo de quién soy y lo que intento ocultar.

—Porque necesito saber de qué estás hecha realmente, Lara.

La frase me golpeó como una verdad que ya había empezado a temer.

Ese día todo cambió.
El almacén 3B quedaba en el extremo más olvidado del complejo.
No era un sitio al que uno quisiera volver.

Había estado allí antes.
Solo una vez.
Y todavía recordaba el olor a cloro, a hierro oxidado, a miedo.

Cuando llegué, dos figuras arrodilladas aguardaban, esposadas, heridas, con las cabezas cubiertas.
Había sangre seca en sus ropas.
Uno de ellos se movía apenas.
El otro respiraba con dificultad.

Me recordaron a Zero y Rachel… y una parte de mí se rompió solo por pensarlo.

—Tu madre quiere que seas tú quien dé la orden— dijo uno de los guardias, con la cara tan vacía como si ya no tuviera alma.

Me acerqué.
Respiré hondo.

Uno de ellos alzó la cabeza cuando le quité la bolsa que le cubría el rostro.

—Tú… tú eras amiga de Zero, ¿verdad?

Y entonces todo volvió de golpe.

Rachel riendo.
Zero llamándome cobarde entre carcajadas.
El fuego en sus ojos cuando me besó por primera vez.
La promesa.
El propósito.
El corazón.

Cerré los ojos.
Por dentro, todo era fuego y hielo al mismo tiempo.

Di media vuelta.
Salí.
Fingí una llamada.
Me apoyé contra la pared más cercana y lloré sin emitir un sonido.
Las lágrimas corrían como cuchillas silenciosas.

Tenía que hacer algo.
No podía seguir arrastrándome por la delgada línea entre el infierno y la traición.

Volví.

—Sedadlos. Yo me encargo de llevarlos. Personalmente.

Los guardias asintieron.
Uno de ellos me miró con desconfianza.
El otro pareció conforme.

Cuando estuvieron inconscientes, observé sus caras.
No los conocía.
Pero algo en ellos me decía que no eran culpables.
Que quizás ni siquiera sabían qué habían hecho.
O quizás sí.
Quizás eran como yo.
Gente que un día se creyó libre y ya no supo cómo huir del nombre que llevaba tatuado en la sangre.

No podía salvar a todos.
Pero tampoco podía seguir destruyéndome a mí misma.

Los entregué como si fueran dos cuerpos vacíos.
Como hice con Rachel.
Como hice con Zero.

Y volví a casa.

Esa noche, no pude comer.
No hablé.
No existí.

Mi madre me observó desde su butaca preferida con el té aún caliente entre los dedos.
No dijo nada.
Pero yo sabía.
Sabía que había empezado a sospechar.
Sabía que su hija ya no era completamente suya.

Y yo… yo ya no sabía de quién era tampoco.

Miro mis manos.
Tiemblo.
Me odio.




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