Las paredes de esta casa murmuran cosas que nadie escucha.
Yo sí.
Yo las escucho.
Las escucho en la noche.
Cuando las luces de los pasillos tiemblan como si estuvieran a punto de revelar secretos antiguos.
Cuando los pasos de los guardias parecen repiquetear dentro de mi pecho y las sombras adoptan formas de recuerdos que no quiero tener.
Ya no duermo bien.
Ya no sueño, tampoco.
Me despierto con los ojos abiertos antes de haber cerrado los párpados.
A veces, ni siquiera sé en qué día estoy.
Solo me guía la necesidad de comprender.
O de huir.
O de romper todo.
Mi madre ya no me abraza.
Me analiza.
Me rodea con gestos suaves y palabras dulces.
Como si acariciara un animal herido antes de degollarlo.
Y yo, que ya no sé si soy presa o verdugo, he empezado a moverme con más cuidado.
A estudiar cada rincón.
A desconfiar del silencio.
Fue una frase casual, una conversación entre dos empleados, lo que me encendió la alarma:
“No pases por el ala este esta noche. Están ajustando el sistema.”
Ajustando el sistema… ¿Qué sistema?
Desde entonces, algo dentro de mí no me dejó en paz.
La mansión es un laberinto disfrazado de hogar.
No importa cuántas veces recorras sus pasillos, siempre hay una puerta que antes no estaba, una esquina que dobla hacia el vacío.
El ala este.
Ese corredor empolvado, con muebles cubiertos de sábanas blancas, parecía un decorado de teatro.
Pero debajo de la escenografía, había otra cosa.
............
Esa noche, esperé hasta que el reloj marcó las tres y todos los ojos se cerraron.
Vestida con negro, con los pies descalzos, avancé por los pasillos como un fantasma.
Mi corazón retumbaba con cada paso, pero mis manos estaban firmes.
Empujé una estantería y sentí el clic.
Una vibración imperceptible.
Una rendija de aire tibio.
Había un pasadizo.
Angosto, húmedo, maloliente.
Descendí por él sin luz, guiándome solo por el zumbido lejano de lo que parecía electricidad.
Bajé con una mezcla de vértigo y certeza.
Como si el destino estuviera empujándome con la mano en la nuca.
La sala que descubrí al final del túnel parecía sacada de otra dimensión.
Era como entrar en el corazón de una criatura mecánica.
Pantallas encendidas en todas las direcciones, cables trenzados como raíces podridas.
Teclados parpadeando, cámaras transmitiendo imágenes en tiempo real.
Voces automatizadas, mapas digitales, listas de personas, ubicaciones, archivos.
Me escondí detrás de una columna, sin atreverme a respirar.
Y entonces vi una silueta.
La figura agachada frente a una de las pantallas.
Su postura me resultó extrañamente familiar.
Su forma de mover las manos, de fruncir el ceño al leer algo, de frotarse la frente con dos dedos…
Mi corazón se detuvo.
No.
No podía ser.
Me incliné apenas, hasta ver su perfil iluminado por la luz azul de las pantallas.
Y entonces lo supe.
—Xavier…
El nombre me salió como un gemido contenido.
Como si lo llevara acumulado en el pecho desde hace años.
Mi mejor amigo.
El único que me escribía cartas cuando me fui.
El niño con el que me escondía bajo los olivos para no ir al colegio.
El que lloró cuando me marché.
El que me prometió que nunca me olvidaría.
Y ahí estaba.
En el núcleo más oculto del infierno Devereux.
No parecía un prisionero.
No tenía grilletes.
No parecía drogado ni dominado.
Parecía… parte del sistema.
Parte de ellos.
Una arcada me subió a la garganta.
No podía moverme.
El aire me pesaba como plomo.
El mundo entero me dolía.
Estaba por girar, por irme, por fingir que nunca había bajado allí, cuando un fragmento de cemento suelto traicionó mi pie.
Un leve crujido, apenas perceptible.
Pero suficiente.
Xavier se irguió como un felino.
—¿Quién está ahí?
Su voz.
Ya no era la voz de un niño.
Era grave.
Firme.
Armada.
Me quedé congelada.
No podía huir.
No podía avanzar.
Me quedé a medio camino entre el pasado y el abismo.
Xavier se levantó.
Caminó hacia mi escondite con cautela.
Su mano ya sostenía un arma.
—¿Lara?
Mi nombre.
Un susurro.
Un puñal.
Salí de entre las sombras como una aparición.
Le vi parpadear.
Le vi tragar saliva.
Su cuerpo tembló una décima de segundo.
Nuestros ojos se encontraron.
Y todo volvió.
El parque. Las carreras. Las risas. Las lágrimas. Las promesas. La infancia. El barro. Las despedidas. Las cartas.
Todo volvió como un alud imposible de contener.
Pero también volvió la realidad.
El frío. Las pantallas. Las armas. El túnel.
Yo era Lara Devereux.
Y él… ¿qué demonios era él?
—¿Eres tú…?— dijo, con voz quebrada.
Asentí apenas.
No podía hablar.
Si lo hacía, me rompía.
Él tampoco hablaba.
Solo me miraba, con la boca entreabierta.
Como si estuviera viendo un espejismo.
Un susurro de electricidad recorrió las luces.
Un parpadeo.
Un instante de oscuridad.
Un segundo que lo cambió todo.
Xavier dio un paso hacia mí.
Yo retrocedí.
Y justo ahí…
El mundo contuvo el aliento.
No dijimos nada.
No todavía.
Pero el abismo entre nosotros había quedado abierto.
Y ambos sabíamos que pronto alguien caería.