En medio de todo, tú.

Capítulo 34: Lo que queda de mí.

El problema de las casas antiguas no es que crujan.
Es que aprenden a guardar silencio.

Esta mansión no habla.
No emite quejidos ni suspiros.
Te observa en silencio, con cada viga tallada, con cada columna de mármol, con cada cuadro colgado en pasillos donde la historia se ha podrido y ha vuelto a florecer en forma de sangre.

Hace meses que duermo bajo el mismo techo que ellos.
Que sonrío en los desayunos.
Que acato órdenes como si fueran rezos.
Que obedezco como si la obediencia no me quemara las entrañas.

Fue Mireia quien deslizó el sobre debajo de la puerta.

Yo ya sabía que algo venía.
Podía olerlo en la forma en que mi madre me miró durante la cena, con esos ojos que son cuchillas.
Como si pudiera ver más allá de la carne, justo donde se esconde la mentira.

El sobre era negro.
Sin remitente.
Sin palabras.
Solo un sello en cera con la “D” torcida de los Devereux.

Dentro, un mensaje escueto, escrito a mano con la caligrafía sin emociones de mi madre:

“Esta noche. En mi despacho. Sola.”

El despacho era un mausoleo.
Siempre lo fue.
Las cortinas estaban corridas, las lámparas tenues, y ella me esperaba con la copa en la mano y las piernas cruzadas como si nada de esto fuera importante.

Llevaba un vestido oscuro.
Azul tinta.
Las mangas largas.
El cuello cerrado.
Inmaculada.

Me señaló el sillón de enfrente con un leve movimiento de cabeza.

—Siéntate.

Lo hice sin hablar.

No me gustaba el tono de su voz.
No era una orden.
Era un aviso.

Pasaron segundos.
Tal vez minutos.
El reloj de péndulo marcaba cada instante como una sentencia.

—Llevas tiempo cumpliendo— dijo por fin. —Sigues las reglas, actúas con precisión. Te estás convirtiendo en una pieza útil del engranaje.

Dijo “pieza”, no “persona”.

—Pero aún hay algo en ti— continuó, entrecerrando los ojos. —Algo que no encaja del todo. Algo que me hace dudar.

No respondí.
Ni asentí.
Solo apreté los puños.

—La familia necesita certezas, Lara. Absolutas.

Abrió un cajón.
Sacó una carpeta.
La dejó entre nosotras como si contuviera el alma de un condenado.
La portada estaba sellada en cera negra.

—Esta es tu prueba. Tu bautismo.

No la abrí.

—¿Qué hay dentro?

Ella sonrió.
Fue casi una caricia, pero torcida, cruel.

—Un nombre. Una cara. Un objetivo.

Me obligué a coger la carpeta.
La abrí.
Una fotografía.
Un hombre. Joven.
Pelo oscuro. Rostro serio.
Una cicatriz cerca del labio inferior.

Sus ojos en la imagen parecían… vivos.
Demasiado vivos como para ser simplemente una amenaza.

—¿Quién es?
—Martín Carrizo— dijo. —Un informático freelance. Ha accedido a servidores que no debía. Tiene copias de registros que podrían comprometernos. No sabemos hasta dónde ha llegado. Pero no podemos arriesgarnos.
—¿Y por qué yo?

Su respuesta fue rápida.
Cruelmente lógica.

—Porque necesito saber de qué estás hecha.

La habitación entera pareció inclinarse hacia mí.
Como si el aire me pesara de pronto sobre los hombros.

—No soy una asesina— susurré.

Ella no se inmutó.

—Aún no— dijo —Pero lo serás. O no serás nada.

Esa noche no dormí.
Salí al jardín como quien huye de su propia piel.
La bruma lo cubría todo.
Las estatuas parecían más humanas que yo.

Encendí un cigarro con manos temblorosas y el brillo del fuego me devolvió un rostro que apenas reconocí.
Me senté bajo el árbol que da sombra al ala norte, dejando que el humo se mezclara con la niebla.

Y pensé.
Pensé en Xavier, en la sala de ordenadores, en su confesión.
Pensé en Zero, en sus ojos rotos.
Pensé en Rachel, en sus gritos ahogados.
Pensé en quién era yo.
Y no encontré respuesta.

La carpeta seguía en mis manos.
Abrí de nuevo la fotografía.
El rostro de Martín Carrizo me devolvió la mirada.

No parecía un criminal.
Ni un enemigo.
Solo alguien que supo demasiado.
Alguien que se atrevió a ver más allá del velo.
Como yo.

La idea vino de golpe, como un espasmo: hacerlo desaparecer sin matarlo.
Fingir. Una vez más.
Como con Zero y Rachel.

Pero esta vez sería más difícil.
No podía inyectar a un hombre que no conocía.
No podía improvisar.
No podía fallar.

Tendría que buscarle.
Acercarme.
Ganar su confianza.
Convencerle.
Preparar una huida tan perfecta que ni siquiera los ojos invisibles de mi madre pudieran verla venir.

Un paso en falso… y lo perdería todo.
Pero no hacer nada… eso ya no era una opción.

El día comenzaba a clarear cuando regresé a mi habitación.

Me miré en el espejo.
Los ojos que me devolvieron la mirada eran míos.
Pero había algo nuevo en ellos.
Algo más duro.
Más roto. Más real.

Por primera vez en semanas, supe con certeza que estaba lista.

La venganza no sería un estallido.
Sería una danza lenta.
Letal.

Y ya había comenzado.




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