En medio de todo, tú.

Capítulo 35: Hilos inquebrantables.

Desde que acepté el encargo, desde que vi la cara de Martín Carrizo en esa maldita foto, una cuenta atrás empezó a latirme bajo la piel.
Y cada latido se volvió más consciente.
Más nítido.
Como si el tiempo, de pronto, pesara el doble.

Esa noche volví a la sala de servidores.
A escondidas.
Ya no por curiosidad.
Sino por necesidad.

Xavier estaba allí.
De espaldas, frente a un monitor que proyectaba líneas verdes en una oscuridad intermitente.
Parecía una sombra más de ese sótano.
Un eco de sí mismo.
Pero cuando me oyó cerrar la compuerta metálica tras de mí, se giró y su mirada fue directa.
Sincera.
Triste.

—Han dado la orden, ¿verdad?
—Sí— respondí. —Mi madre quiere que lo elimine. Martín Carrizo.

Xavier suspiró.
Un susurro cargado de historia.

—No es solo un hacker, Lara. Es… o fue, uno de los suyos.

Me senté, sin preguntar más.

—Martín era parte del núcleo técnico del sistema de vigilancia global de los Devereux. Les ayudó a construir el esqueleto de la red. Conocía los accesos, los túneles digitales, las puertas traseras… Pero le subestimaron. Él descubrió algo que nadie debía ver: Una serie de expedientes borrados. Códigos rojos. Niños. Desapariciones. Nombres.

La garganta se me cerró.

—¿Qué hizo con esa información?
—Lo que haríamos tú o yo: intentó sacarla. Falló. Le interceptaron. Logró desaparecer antes de que lo eliminaran, pero desde entonces tiene una sentencia de muerte firmada por Rosie Devereux. Nadie debe encontrarlo. Nadie debe saber lo que él sabe.
—Y ahora…— tragué saliva. —me toca a mí sellar esa sentencia.
—No— dijo Xavier. Su voz firme. —No lo haremos. Vamos a sacarle de aquí.

Silencio.
Un latido.
Otro.

Y luego, su confesión.

—He estado en contacto con alguien. Alguien que puede ayudarnos a sacarle de aquí con vida.

Mis cejas se fruncieron.
El corazón se me paró durante una décima de segundo.

—¿Quién?

Xavier vaciló.
Luego lo dijo.

—Alguien llamado Iván.

Sentí como si el tiempo se hubiese detenido.

—¿Qué…?— di un paso hacia atrás. —¿Cómo sabes ese nombre?

Él me miró extrañado.
Como si mi reacción le sorprendiera.

—Lo encontré. Por casualidad. En uno de los túneles de datos que tu familia usa para encriptar la vigilancia. Vi un patrón raro. Lo seguí. Y apareció él. Un tal anomalía32. Sabía cosas sobre ti. Cosas que nadie debería saber.

Me llevé una mano a la boca.
El aire se me atragantaba en la garganta.

—Xavier, ¿no sabías que Iván es… parte de mi grupo?

Él negó.
Lento.
Casi asustado.

—No. No tenía idea. Solo sabía que alguien ahí fuera… te conocía. Que no estabas tan sola como pensabas.

Me hundí en el sofá más cercano.
Las piernas ya no me sostenían.

Él se sentó a mi lado, pero no me tocó.
Tal vez por respeto.
Tal vez porque sabía que, en ese momento, yo era puro cristal.

—¿Por qué no me dijiste nada antes?
—Porque necesitaba estar seguro. Porque no quería ponerte en más peligro. Porque no sabía si eras la misma Lara que conocí de niños… o una Devereux más.

Eso dolió.
Pero era justo.
Y, de algún modo, necesario.

—¿Y ahora? -pregunté.
—Ahora sé que aún estás luchando. Que no eres como ellos. Que tú… no matas por inercia.

El plan era una locura.
Pero era todo lo que teníamos.

Martín estaba retenido en una cámara blindada del ala sur.
Sedado, apenas consciente.
Cualquier intento de sacarle activaría los protocolos de seguridad.

Xavier diseñó una falla eléctrica temporal: un bucle falso que dejaría a ciegas el sistema de vigilancia durante treinta y seis segundos.
Iván y Marta enviarían una ambulancia no registrada con credenciales falsas para recoger un “cuerpo” sin identidad.
Yo debía llegar hasta él, inyectarle un compuesto que simula muerte clínica.
Respiración mínima.
Pulso imperceptible.
Temperatura corporal descendente.

Una vez “muerto”, le sacaríamos como a un cadáver más.
Y nadie sospecharía.

………..

La noche del rescate, mis manos temblaban.
Caminé por el pasillo con la jeringa escondida bajo la manga y el corazón retumbando en las sienes.
A cada paso, la sensación de que algo iba a fallar crecía dentro de mí como un veneno.

Llegué hasta la sala.
Usé la llave maestra de Mireia.
La cerradura hizo clic.
Entré.

Martín estaba en una camilla, con los ojos semiabiertos.
La piel macilenta, los labios secos.
Pero en su mirada aún quedaba algo.
Vida.

—Tranquilo…— susurré. —He venido a sacarte.

Le mostré la jeringa.

Él asintió levemente.
No tenía ya miedo.
Solo agotamiento.

Le inyecté el compuesto.
Su respiración se ralentizó.
Su cuerpo cayó en una quietud imposible.

Xavier apareció minutos después, disfrazado con el uniforme de los técnicos médicos de la mansión.
Entre los dos subimos a Martín a la camilla y cubrimos su rostro.
Pasamos por el ala central.
Las cámaras parpadeaban.

—Doce segundos— susurró Xavier.
—Vamos.

Giramos por el pasillo.
El eco de nuestros pasos era insoportable.

Mi madre podía aparecer en cualquier momento.
Alex. Mireia.
Una sospecha bastaba para que todo se viniera abajo.

Cruzamos la sala principal.
Mireia estaba en un sillón.
Nos miró.
Alzó una copa de vino.

—¿Una muerte más?— preguntó con una sonrisa extrañamente satisfecha.
—Sangre débil— respondí.

Ella brindó.

—Que así sea.

Y dejó que nos marcháramos.

………….

Enterramos a Martín en el cementerio privado de los Devereux.
Una tumba sin nombre.
Una coartada perfecta.

Horas después, bajo la negrura del bosque, le desenterramos.
Xavier condujo hasta el punto de encuentro.




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