En medio de todo, tú.

Capítulo 36: Sombras en el reflejo.

Lo peor no es mentir.
Lo peor es descubrir el día en que la mentira deja de pesarte.
Cuando ya no te incomoda el disfraz.
Cuando notas que empieza a encajarte, a respirarte.
Como si siempre hubiera estado esperándote, paciente, a que decidieras ponértelo.

Desde la noche en que salvamos a Martín, todo ha cambiado.
El aire en la mansión pesa más.
El mármol suena distinto bajo mis pies descalzos.
Como si los pasillos me conocieran mejor que yo misma.
Como si fueran ellos los que me guiaran, y no al revés.

Hay un eco que me sigue por los pasillos.
Un pulso silencioso que me recuerda que ya no soy huésped aquí.
Sino parte de su estructura.
Como si la casa misma me reconociera.
Y me vigilara.

Mi madre no dice nada.
No necesita hacerlo.
Su silencio tiene filo.
Me observa con esos ojos quirúrgicos, precisos, que disecan cada gesto, cada respiración.

Mi padre sonríe demasiado.
Sonrisas que no llegan a los ojos, que huelen a cálculo.

Y Alex… Alex ya no bromea conmigo.
Me mira de reojo.
Como si estuviera intentando decidir si aún soy aliada o amenaza.

El equilibrio se ha roto.
Y yo… camino sobre los fragmentos.

Las noches son lo único que todavía me pertenecen.
O eso me gusta creer.
Son las únicas horas en que la mansión parece dormida, en que el aire no tiene ojos.

Es entonces cuando, en silencio, abandono mi habitación y atravieso el ala sur, donde las cámaras aún no se han actualizado (o al menos eso espero).
Xavier me enseñó a leer sus parpadeos, sus fallos minúsculos.
Me convirtió en sombra.

Desciendo por una trampilla metálica oculta tras un panel de limpieza.
Bajo.
Una planta.
Luego otra.
Me muevo por el laberinto de cableado como si fuera parte de mí.
Y, al final, llego al terminal.

Un monitor viejo.
Verde fósforo.
Una contraseña que cambia cada 72 horas.
Una conexión directa al canal cifrado.
El único enlace que tengo con mi antiguo mundo.

Tecleo.
Inhalo.
Mando el mensaje.

“Actividad detectada. Nueva reunión en sala de cristal. Sospechoso con acento del sur. Coordenadas exactas adjuntas. Confirmar identidad.”

Envío.
Cierro todo.
Espero unos segundos.

Nada.
Silencio.

Y entonces…
Un leve sonido metálico.
Me giro.
El eco de un roce.
O un aliento que no es el mío.

Mi corazón se aprieta.
No hay nadie.
Pero sé que no estoy sola.

Cierro el terminal.
Asciendo con cuidado.
Cruzo el ala sin correr.
Aunque todo en mí quiera gritar.

Cuando por fin llego a mi habitación, la puerta está entreabierta.
Un detalle mínimo.
Pero no mío.

Entro.
Todo parece intacto.
Salvo por un libro.

En la mesilla.
Abierto por una página que nunca leo.
Una hoja blanca.
Una nota sin firma.

“Las raíces nunca olvidan el bosque al que pertenecen.”

Mis manos tiemblan.
Han estado aquí.
Han tocado mi espacio.
Mi nido.
Mi engaño.

…………..

La mañana siguiente llega con la exactitud de una rutina coreografiada.

El desayuno.
Las tareas.
Las miradas que se desvían justo un segundo antes de cruzarse con la mía.

Y luego, el mensaje.
Mi madre me espera en el invernadero.

Camino hacia allí sin prisa.
Pero con el estómago hecho nudos.
Sé que algo se avecina.

El invernadero es un templo blanco, lleno de flores que no deberían vivir aquí.
Orquídeas negras.
Hiedras carnívoras.
Plantas silenciadas que crecen en la mentira de la luz artificial.
Bellezas nacidas de un engaño.
Como todo lo que crece en esta casa.

Mi madre está de espaldas.
Podando con precisión quirúrgica, guantes blancos inmaculados, tijeras que brillan bajo la luz difusa.

El sonido del metal cortando tallos es lo único que se escucha.

—Has estado callada, Lara— dice sin girarse.
—He estado reflexionando.

Ella se detiene.
Se da la vuelta.
Sus ojos… sus ojos son dos hojas afiladas de acero.
Puedo verme reflejada en ellos.
Una versión de mí que no reconozco.

—¿Sobre qué?
—Sobre lo que significa ser parte de esta familia.

Una sonrisa se dibuja en sus labios.
Pero es más una herida que un gesto amable.

—Ya has demostrado que puedes matar. Ahora quiero ver si puedes ser leal… cuando el sacrificio sea mayor.

Mi pulso se acelera.
Un zumbido me llena los oídos.

—¿Qué significa eso?

Ella vuelve la vista a las orquídeas.
Las tijeras se cierran con un chasquido preciso.
Una flor perfecta cae al suelo.

—Lo sabrás pronto.

Y sin mirarme más, vuelve a cortar.
Como si la conversación nunca hubiera existido.
Como si yo fuera solo otra rama que, tarde o temprano, también tendrá que podar.




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