Todo comenzó con un gesto.
Un gesto apenas perceptible.
El temblor en la comisura de sus labios, la inclinación leve del mentón, la mirada que no pestañeó.
Mi madre me estaba mirando.
No como una hija.
No como una igual.
Como una pieza que aún no terminaba de encajar.
Como algo que podía fallar.
Durante la cena, el mundo seguía girando como si nada.
La plata chocaba con la porcelana, los sirvientes se movían con la elegancia coreografiada de siempre, y la conversación (hueca y venenosa) danzaba sobre temas sin importancia.
Y en un momento, justo antes del postre, pronunció mi nombre.
—Lara, acompáñame.
No lo dijo con dureza.
Ni siquiera alzó la voz.
Fue suave.
Maternal. Aterrador.
Me puse en pie sin preguntar.
Mi estómago era una piedra.
La seguí por los corredores del ala este.
Pasamos por puertas que nunca había visto abiertas.
Por retratos cubiertos de polvo.
Por alfombras que amortiguaban cada uno de mis pasos, como si el silencio tuviera miedo de romperse.
Cuando llegamos al final del pasillo, la puerta que se alzaba ante mí no tenía pomo.
Era negra.
Metálica.
Silenciosa.
Ella la tocó con los dedos.
Un lector biométrico se encendió con un sonido leve y mórbido.
Y entonces, se abrió.
La oscuridad del otro lado era absoluta.
—Entra.
La obediencia fue reflejo.
No valentía.
No resignación.
Reflejo.
La puerta se cerró tras de mí con un ruido sordo.
La cerradura giró.
Y el mundo desapareció.
Las primeras horas fueron silencio.
Después, vinieron los pensamientos.
Miles. Cientos de miles.
Aplastándome.
Devorándome desde dentro.
¿Había sido yo tan torpe? ¿Había sido ella tan astuta?
Pasé días sentada contra una pared fría, escuchando mi respiración rebotar en la piedra.
No había cama.
Ni agua.
Solo yo.
Y la certeza de que me estaba deshaciendo.
El tercer día, o lo que creí que era el tercer día, su voz apareció a través de un altavoz oculto.
—¿Sabes por qué estás aquí?
No respondí.
El silencio, por primera vez, era una forma de gritar.
—Porque dudas. Porque arrastras algo de fuera. Porque te has contaminado. Y porque quiero ver hasta dónde llegas antes de romperte.
La voz desapareció.
Y yo… simplemente existí.
No soñaba.
Solo recordaba.
Xavier.
Zero.
Rachel.
Las cicatrices del pasado que aún me sangraban por dentro.
Y entonces, una noche, un zumbido rompió la nada.
Una interferencia eléctrica.
Después, estática.
Y de repente…
—Lara…
Xavier.
Su voz era baja, nerviosa, entrecortada.
—No digas nada. Solo escucha. Sé que estás ahí. Sé lo que te han hecho. Y no estás sola.
Un sollozo me tembló en el pecho, pero no salió.
Tenía miedo de que, si hablaba, esa voz también desapareciera.
—Te han aislado. Te han borrado del sistema. He estado rastreando tus accesos, tu pulso. Estás viva, pero por poco.
Pausa.
Ruido.
Y luego:
—He contactado con Iván. Con tu grupo. Lo saben. Están moviendo cielo y tierra para sacarte de ahí.
Sus palabras eran lo más parecido a calor que había sentido en días.
Apreté las uñas contra mis palmas.
Estaba temblando.
Pero ya no de frío.
Sino de algo parecido a esperanza.
Mientras yo languidecía en esa celda sin tiempo, Xavier no dormía.
Desde una sala oculta del subsuelo, había interceptado los protocolos de vigilancia.
Cada código.
Cada huella.
Sabía que mi madre no podía matarme.
No todavía.
Pero sí doblegarme.
Y eso era lo que más le enfurecía.
Se conectó a la red oscura que compartía con Iván.
Una línea que solo se activaba si todo se volvía urgente.
“Está encerrada. Sola. No aguanta mucho más.”
“¿Dónde?”
“Ala este. Nivel 0. Lo llaman la sala de pureza.”
Iván tardó tres minutos en reaccionar.
Y cuando lo hizo, fue con fuego.
“Dame 24 horas. Van a querer hacer esto bien.”
Y así fue.
—Si está viva, iremos por ella— dijo Marta.
Zero no dudó ni un segundo.
—¿Y si no quiere volver?
—Entonces lo sabremos. Pero no la dejaremos pudrirse allí.
Rachel, como siempre, pensó en el después.
—¿Y si nos están esperando?
Iván cerró su portátil.
—Entonces iremos como sombras. No dejaremos huella.
Marta tardó en hablar.
—Lara… no merece morir sola.
…………
Días después, la voz de mi madre volvió.
—¿Sigues creyendo que eres distinta?
Esta vez, sí respondí.
—Sí.
Hubo un largo silencio.
Y entonces:
—Veremos cuánto te dura la certeza cuando empiece la segunda fase.
La pared de piedra tembló.
Una compuerta se abrió a lo lejos.
Un frío nuevo me lamió la piel.
No sabía lo que venía.
Pero lo esperaba.
Porque lo peor de estar sola…
Es empezar a acostumbrarte a ello.
Y sin embargo, en lo más profundo de mí, una semilla estaba germinando.
Una promesa.
Una voz.
Xavier viene por ti.
Ellos vienen por ti.
Y eso era lo único que me mantenía despierta…
El amor disfrazado de resistencia.
La rabia convertida en fe.