La primera noche de la segunda fase entró con guantes quirúrgicos y la voz dulce.
Me acarició el pelo.
Dijo que me había perdido.
Que su hija se había contaminado con el barro de fuera.
Yo no contesté.
No podía.
Tenía una mordaza apretada contra la lengua.
Sabor a caucho.
A miedo.
—Tú no eres Lara. No como yo te creé.
El segundo día me arrancó la ropa.
No con violencia.
Con ciencia.
—Hay que borrar todo lo que traes de fuera. Todo lo que te hace débil.
Me inyectó algo bajo la clavícula.
Una sustancia espesa, transparente.
Dijo que me ayudaría a “recordar”.
Después vinieron los espejos.
Uno frente a mí.
Uno a mi espalda.
Yo me miraba multiplicada.
Odiada desde todos los ángulos.
El cuarto día (creo que fue el cuarto) trajo la silla.
Fría, de metal.
Fijada al suelo.
Me ató con precisión quirúrgica.
Conocía cada nervio, cada articulación.
Conectó electrodos a mi cuello, a mis sienes, a mis costillas.
Y luego encendió la música.
Canciones de cuna deformadas por el reverso de una cinta rota.
Y mientras me sacudía la electricidad, repetía:
—Tu dolor es tu debilidad saliendo. Tu obediencia es tu verdadera forma.
Empecé a perder palabras.
A dudar de mi nombre.
A pedir perdón a la sangre.
A llorar sin lágrimas, porque el cuerpo ya no las fabricaba.
No había relojes.
Solo el goteo.
Ese maldito goteo.
No sé si era agua.
O sangre.
O mi alma destilada lentamente por el techo.
A veces cantaba para no volverme loca.
Canciones que no recordaba conocer.
Melodías sin letra, solo notas rotas.
Y otras veces me callaba.
Eso era peor.
Mi madre ya no me hablaba como una madre.
Me hablaba como a una traidora.
—Te diste al enemigo. Te arrodillaste ante los insectos. Trajiste basura a nuestra casa.
Yo intentaba defenderme.
Pero ya no me creía mis propias palabras.
—No fue traición. Fue… decisión— murmuré una vez.
Entonces me abofeteó.
No por el insulto.
Sino por la debilidad de mi tono.
Hubo un día ¿sexto? ¿séptimo?, en el que me desperté con los brazos colgando.
Suspendida del techo, con los pies apenas tocando el suelo.
Deshidratada.
Vacía.
Mi madre me susurró al oído:
—Hasta los huesos se reeducan.
Y dejó sonar durante horas una grabación de mi voz gritando.
Mi propia voz.
Convertida en instrumento de tortura.
A veces me ponía frente a una cámara.
Me decía:
—Di que me amas.
—Di que eres una Devereux.
—Di que vas a matar a quien te contaminó.
Y yo callaba.
No por valentía.
Sino porque ya no sabía si era capaz de fingir.
Una noche soñé que Zero me encontraba.
Entraba por el suelo.
Me cogía en brazos.
Decía: “Te han roto, pero no te han borrado”.
Pero al despertar, solo había tubos.
Solo había la voz de mi madre diciendo:
—Nadie viene por ti, Lara.
—Solo estoy yo.
He empezado a ver cosas que no están.
Sombras cruzando la habitación.
Pájaros golpeando las paredes.
Una niña sentada en un rincón, con mis ojos.
¿Estoy loca?
No lo sé.
No me importa.
Lo que me importa es esto:
Aún recuerdo que quiero destruirla.
Aún recuerdo por qué lo hago.
Aunque todo se deshaga en mi mente… aún tengo esa certeza.
No le pertenezco a ella.
Ni a su linaje.
Ni a su odio.
Ni a su infierno.
Y si muero aquí…
Será como Lara.
No como una Devereux.
No como su hija.
No como su proyecto.
Como yo.
La que amó.
La que traicionó.
La que eligió.