Había dejado de contar los días.
Aquí abajo, el tiempo no se medía en horas.
Se medía en respiraciones.
En los segundos que tardaba el dolor en volver.
El tiempo se había convertido en un animal.
Uno que arrastraba cadenas.
Que lamía mis heridas con fuego.
Que me olía la piel con la voz de mi madre.
A veces lo escuchaba en la oscuridad, respirando junto a mí.
Otras veces, era yo la que respiraba con él.
No dormía.
No comía.
El hambre se me había convertido en un ruido lejano.
Mi cuerpo era una sombra rígida, suspendida entre el temblor y la resignación.
Mi mente… mi mente ya no era un refugio.
Era una sala de espejos.
Y el reflejo más cruel de todos era el mío.
—No eres una de nosotros— decía ella, mirándome con esa calma que dolía más que el golpe.
—Te diste al enemigo. Y ahora te voy a sacar pedazo por pedazo.
Y lo hacía.
Sin rabia. Sin odio.
Con una serenidad quirúrgica.
Con método.
El dolor no era su castigo.
Era su herramienta.
Me usaba como si fuera un mapa que necesitaba descifrar.
Y cada corte, cada presión, era una coordenada más en su obsesión.
Hoy, me abrió la piel del brazo izquierdo para hacerme recordar quien soy.
Dice que la memoria nace del dolor.
Sus manos no tiemblan.
Sus ojos no parpadean.
Y yo… me partí.
No del todo.
Pero casi.
Estuve al borde.
Pensando que, quizás, no quedaba nada que rescatar.
Que la sangre derramada ya no era símbolo de lucha.
Sino de rendición.
Que ya no era una prisionera: era una hija convertida en experimento.
Y entonces… algo estalló.
Un crujido.
Un trueno.
Un rugido seco que no venía del mundo exterior, sino del vientre de esta maldita mansión.
Mi madre se quedó quieta.
Por primera vez en días: inmóvil.
—¿Qué…? -susurró.
Las luces parpadearon.
Una, dos veces.
Y luego se tiñeron de rojo.
No eran las alarmas habituales.
No las que marcan una fuga o un fallo de sistema.
Eran otras.
Las que nadie debía escuchar jamás.
Otro estruendo.
Más cerca.
Un zumbido.
Y luego, disparos.
No los secos y dispersos de una advertencia.
No.
Era fuego cruzado.
Ráfagas cortas.
Coordinadas. Precisas.
El lenguaje de una guerra.
—¡Lara!— gritó una voz.
No supe si era real o si mi mente estaba fabricando fantasmas.
Pero la reconocí.
La deseé real.
Después, la puerta explotó.
Literalmente.
El metal se desintegró en mil fragmentos.
El aire se llenó de polvo, metralla y humo.
Y entre esa tormenta de destrucción… entraron ellos.
Zero.
Rachel.
Y Xavier.
El mundo se detuvo un segundo.
Solo un segundo.
El tiempo suficiente para que entendiera que no estaba soñando.
Zero me alcanzó primero.
Su cara era puro acero y rabia contenida.
Me levantó sin decir una palabra.
Sus brazos eran una promesa: no te vas a quedar aquí.
Xavier cubría su espalda.
Disparando con precisión quirúrgica.
Rachel revisaba mis heridas.
Con los ojos rojos y la respiración temblorosa.
—Vamos— dijo Zero. —No hay tiempo. El infierno está abriéndose.
—¿Y mamá?— pregunté, apenas consciente.
—Desapareció en el primer disparo— dijo Xavier, mientras cargaba su arma con una serenidad aterradora.
Salimos.
Y el pasillo era una guerra.
Luces intermitentes.
Humo.
Gritos.
Sangre.
El aire olía a hierro, pólvora y miedo.
Delante de nosotros, una mujer rubia corría con dos cuchillos ensangrentados.
Cada movimiento suyo era danza y asesinato.
A su lado, una morena de estatura baja lanzaba cargas eléctricas que chispeaban contra las paredes, apagando las torretas automáticas una por una.
Un hombre corpulento, enorme, avanzaba con un escudo balístico.
Sus pasos hacían temblar el suelo.
Su furia era antigua, casi mítica.
Los refuerzos de Zero.
Soldados de su propia oscuridad.
Leales a ella, y ahora, por extensión, a mí.
—¡Marta, avanza por el ala izquierda!— gritó Iván desde el intercomunicador.
—¡Estamos abriendo vía para la extracción!
—¡Confirmado!— contestó ella.
Xavier sostenía mi cuerpo como si fuera cristal.
Pero yo aún sangraba.
Mucho.
La ropa se pegaba a mis costillas.
El mundo giraba.
Y aún así, no cerraba los ojos.
No podía.
No cuando cada paso que daban lo hacían por mí.
De pronto, una sombra cayó del techo.
Uno de los guardias.
Rápido.
Silencioso.
Se lanzó contra la chica morena antes de que pudiera reaccionar.
Gritó.
El hombre lo empujó por las escaleras con una embestida brutal.
Ella cayó con él.
Silencio.
Solo por un segundo.
Después, la marea de fuego continuó.
—¡CAMBIO DE RUTA!— gritó Iván. —¡Han cerrado el ala norte!
—¡Xavier, abre el canal B-5!— ordenó Rachel.
Xavier ya lo había hecho.
Con una tablet, manipulaba el sistema de seguridad de la mansión como si hubiera nacido dentro de él.
—¡Hecho!— gritó. —¡Pasad!
Zero me sostuvo cuando casi caigo.
—Lara… aguanta. Solo un poco más.
Llegamos a una sala ovalada.
Antigua cámara de vigilancia, ahora abandonada.
En el centro, un pozo de mantenimiento.
La vía de escape.
Iván nos esperaba ahí.
—Bajo primero— dijo Xavier. —Luego Lara.
La escotilla se abrió con un silbido de presión.
Xavier bajó.
Rachel me pasó.
Y yo me dejé caer.
Caímos en la oscuridad.
—¿Furgón listo?— preguntó Xavier.
—A un kilómetro del punto. Vera y Sombra cubren la salida.
El túnel era estrecho.
Húmedo.
Y olía a aceite, moho… y miedo.
Pero el ruido arriba se apagaba.
Como si los gritos se ahogaran en la sangre.