La habitación donde me dejaron no tenía ventanas.
Solo una lámpara colgando del techo, parpadeante.
Que derramaba una luz amarilla y cansada sobre mis heridas.
El colchón en el suelo era una sombra de lo que alguna vez pudo haber sido.
Y el aire olía a yodo, sudor, y miedo.
Tenía las manos vendadas, los labios partidos, la voz estrangulada por todo lo que no supe gritar.
El dolor era físico, sí, pero el verdadero venía desde dentro.
Desde ese rincón que ni siquiera sabía que existía hasta que mi madre decidió romperme desde allí.
No podía dormir.
Cada vez que cerraba los ojos, volvía a escuchar su voz.
Las palabras que me lanzó mientras me torturaba no se despegaban de mi mente.
Me hablaba de pureza, de traición, de legado.
Me llamaba “basura infiltrada”, “eslabón débil”, “falsa hija”.
Y mientras me lo decía, sus manos no temblaban.
Ninguna duda.
Ninguna grieta en su voz.
Solo certeza.
Su certeza, su locura.
Y sin embargo, no lloraba.
Era como si las lágrimas me las hubieran arrancado también.
Marta fue la primera en entrar cuando desperté por completo.
No dijo nada.
Solo me abrazó con una delicadeza que dolía más que cualquier golpe.
Luego vinieron los demás.
Uno por uno.
Incluso Xavier, que se arrodilló a mi lado, incapaz de sostener mi mirada.
Supongo que en parte se culpaba.
Como si lo que me hicieron fuera culpa suya por no haber llegado antes.
No lo era.
O quizás sí.
A estas alturas todo estaba tan enredado que ya no sabía distinguir el dolor del rencor.
Zero tardó en aparecer.
Cuando lo hizo, no me miró.
Entró, se quedó de pie, me observó durante unos segundos como si estuviera analizando un cadáver.
—Estás bien— dijo, sin emoción. —Me alegro.
Y se fue.
Fue peor que cualquier otra cosa.
No me dolió por lo que dijo.
Me dolió porque era Zero.
Porque una parte de mí todavía la buscaba.
Todavía la necesitaba.
Y ella, ahora, era un muro.
Un muro frío, blindado, impermeable.
No sé si me odiaba o si solo me temía.
Tal vez ambas cosas.
Al otro lado del refugio, el resto del grupo discutía en voz baja, aunque no lo suficiente como para que no pudiera oírlos.
Iván había interceptado un mensaje: la familia Devereux había activado una cacería.
No solo por mí.
Por todos.
Por Rachel, por Marta, por Xavier, por los refuerzos que habían arriesgado su vida para entrar a la mansión.
Están buscando a todos.
El mensaje era claro.
Inapelable.
«No es una persecución. Es una purga».
La frase de Iván me rebotaba en la cabeza como una sentencia.
Xavier entró poco después.
Con algo de agua y un trozo de pan que me ayudó a masticar.
Su silencio también hablaba.
Tenía las manos manchadas de sangre seca.
La suya, tal vez no.
Tampoco pregunté.
Él solo se sentó a mi lado.
Como quien se niega a dejar morir a alguien que ya se ha rendido.
—Vamos a salir de esto— murmuró, más para sí mismo que para mí. —Vamos a sobrevivir. Vamos a destruirlos.
Pero la voz se le rompió.
Le cogí la mano.
No por agradecimiento.
No por promesas.
Solo por sostenerme en algo que no se quebrara conmigo.
Las horas pasaban lentas.
Como si el tiempo también doliera.
La morfina que me inyectaban apenas rozaba el borde del sufrimiento.
No dormía. No pensaba.
Solo flotaba en una niebla espesa donde el único hilo que me mantenía unida al mundo era saber que la guerra no había terminado.
Al contrario.
Solo acababa de empezar.
Esa noche, mientras el refugio entero dormía con un ojo abierto, escuché a Marta discutir con Zero.
Se creían solas.
No lo estaban.
—No puedes seguir tratándola así. ¡La han torturado!— dijo ella, con rabia contenida.
—¿Y qué? ¿Eso la convierte en una mártir? ¿En una víctima? ¡No sabemos cuánto tiempo fue parte de ellos! ¿Qué secretos compartió? ¿Cuánto de lo que nos ha pasado es culpa suya?— La voz de Zero era un filo. —Yo no me fío. Y tú tampoco deberías hacerlo.
—¿Y tú qué? ¿Preferías que muriera allí dentro?
Silencio.
—Prefería que no nos hiciera elegir— susurró ella. —Porque ahora todo lo que hacemos es por ella. Y eso nos va a matar a todos.
Y se fue.
Me quedé temblando en mi cama.
Con el pecho apretado, queriendo gritar sin voz.
No sabía si llorar por mí o por ellos.
Por lo que fuimos.
Por lo que quedaba.
La herida más profunda no estaba en mi costado ni en mis costillas rotas.
Estaba en la mirada de Zero.
En el vacío donde antes hubo un “nosotras”.
Pero incluso así, incluso rota, una voz dentro de mí no se apagaba.
La voz de la rabia.
La voz de la memoria.
Y la voz de la promesa que me hice aquella noche en el sótano.
Cuando comprendí que no había marcha atrás.
Los Devereux caerán.
Y esta vez, será desde dentro.