No hay mayor enemigo que la culpa.
Se te mete dentro sin hacer ruido.
Se arrastra por tus venas como un veneno antiguo, y te aprieta el alma hasta que olvidas cómo respirar sin remordimientos.
No mata de golpe: te va deshaciendo.
Te roba la voz, los gestos, la confianza.
Y cuando te das cuenta, solo queda la sombra de lo que fuiste.
Los días después del rescate fueron borrosos.
Me dolía el cuerpo en lugares que no sabía que existían.
Pero dolía más la parte que nadie podía curar:
Esa grieta invisible donde habitaban la vergüenza, la culpa y la duda.
Afuera llovía, y cada gota que golpeaba la escotilla del techo era como un recordatorio de que el tiempo seguía avanzando.
Aunque todo dentro de mí estuviera estancado.
El silencio de aquel sitio era distinto.
No era silencio de paz.
Sino de espera.
De juicio.
Y entonces, lo sentí.
Una energía en la sala que cambió el aire.
Como si el oxígeno se tensara.
Como si un espectro viejo y querido volviera con los ojos ardiendo.
Zero entró.
No hizo ruido.
Ni un saludo.
Ni una orden.
Solo se quedó ahí, en el marco de la puerta.
Empapada por la lluvia que seguía cayendo afuera, con el cigarro apagado entre los dedos.
Como si no supiera si encenderlo o aplastarlo.
La luz tenue de la lámpara recortaba su silueta, devolviéndome a una imagen que dolía mirar.
No era la Zero de las miradas cómplices.
Ni la de los silencios compartidos en la madrugada.
No era la Zero que me salvó, ni la que temblaba bajo mis manos.
Era otra.
O quizás era la misma.
Pero hecha cenizas.
Me incorporé con lentitud.
Las costillas aún dolían.
Pero no tanto como el hecho de mirarla y no saber si me odiaba.
—Hola— susurré.
No respondió.
Solo encendió el cigarro con un chasquido seco, aspiró, y el humo llenó la habitación.
Luego habló.
Su voz era filo.
—¿Desde cuándo lo sabías?— fue lo primero que dijo.
Sin adornos.
Sin pausa.
Sin piedad.
No lo dudé.
—Desde que te detuvieron por Elías.
Sus labios se curvaron en una mueca amarga, una sonrisa rota, mitad rabia, mitad incredulidad.
Caminó despacio hasta una silla cercana, la arrastró con un chirrido de metal contra el suelo y se sentó frente a mí.
Cruzó los brazos.
El cigarro colgaba entre sus dedos.
El humo subiendo en espirales lentas que parecían escribir lo que ella no decía.
—Y no me dijiste nada— afirmó, no preguntó.
—No podía. No sabía cómo.
Zero soltó una risa breve, hueca, que no llegó a sus ojos.
—Mentira. No querías.
Bajé la mirada.
Porque, en el fondo, tenía razón.
Parte de mí no quería decirlo.
Por miedo.
Por vergüenza.
Por un sentimiento de traición que me consumía viva.
—Tenía miedo de perderte— confesé. —De que me vieras como a ellos. Como una Devereux.
—¿Y qué creías que ibas a ser para mí cuando lo descubriera?— su voz tembló por un segundo. —¿Una víctima? ¿Una desertora?
Callé.
No tenía respuesta.
—¿Sabes lo que hiciste, Lara?— continuó, esta vez bajando la voz, pero no la intensidad. —Me hiciste confiar en ti. Me hiciste abrirte la puerta de un mundo que se construyó sobre nuestras pérdidas. Sabías que odio a esa familia más que a nadie. Sabías lo que me quitaron. Y tú… tú eras parte de eso desde el principio.
La respiración se me volvió pesada.
Me sentía como una niña pequeña, atrapada.
Sin palabras que pudieran salvarme de la verdad.
—No los elegí, Zero. No elegí nacer con ese apellido. Pero sí elegí huir. Elegí abrir los ojos. Y elegí luchar contra ellos, aun si eso significaba pelear contra mi propia sangre.
Ella se rio, seca.
Se inclinó hacia delante, apoyando los codos en las rodillas.
Me observaba con una mezcla de furia y agotamiento.
Luego se llevó las manos a la cara, se la cubrió unos segundos, y soltó un suspiro que pareció dolerle.
—¿Y eso te redime? ¿Te crees inmune ahora? ¿Una traidora noble?
—No me creo nada. Me odio por lo que soy. Me odio cada vez que pronuncian ese nombre. Pero si tengo que quemarme con ellos para salvarte, para salvar a los demás, lo haré. Porque si algo aprendí es que el apellido no me define. Las acciones sí.
Zero levantó la mirada.
El humo seguía girando entre nosotras, como una frontera invisible.
Sus ojos estaban húmedos, aunque no lloraba.
Solo temblaba.
—No sabía cómo ayudarte sin hundirme. Me odié cada segundo por quedarme callada. Por no decirlo antes. Pero estaba sola. Asustada. No podía confiar en nadie… ni siquiera en mí misma.
Zero cerró los ojos.
—¿Y ahora?— preguntó sin mirarme.
—Ahora quiero destruirlos contigo.
Sus ojos se abrieron lentamente.
Y por primera vez desde que entró, dejó de parecer un muro.
—¿Aunque eso signifique perderlo todo?
—Ya lo he perdido todo— respondí. —Solo me queda esto.
Silencio.
De esos que no se rellenan con palabras.
Zero bajó el cigarro hasta el suelo, lo dejó caer y lo pisó.
El silencio que siguió no era vacío.
Era un silencio cargado.
Lleno de todo lo que no sabíamos decir.
—No sé si puedo perdonarte— dijo finalmente, en voz baja. —No sé si algún día volveré a confiar en ti como antes. Pero si de verdad estás con nosotros… si vas a pelear por lo mismo…
Se detuvo.
Sus labios temblaban.
—…entonces, al menos por ahora, necesitamos tregua.
Tregua.
Una palabra tan fría.
Tan necesaria.
Tan llena de cicatrices.
—Tregua— repetí.
Nos quedamos mirándonos.
No como enemigas.
No como amigas.
Como dos soldados heridos que sabían que no habría victoria si no se sostenían una a la otra.
Zero se levantó despacio.
Cerró su chaqueta, se giró hacia la puerta.
Pero antes de salir, se detuvo.