En medio de todo, tú.

Capítulo 42: Cuentas pendientes.

Las vendas en mis muñecas seguían manchadas con sangre seca.
Pero ya no era la piel lo que más dolía.
Era lo que había por dentro: los fragmentos rotos de lo que fui, lo que creí ser… y lo que casi dejo de ser.

El refugio olía a madera húmeda, a desinfectante.
A un silencio incómodo que solo acentuaba el eco de mis pensamientos.

Me sentía como un cuerpo arrastrado desde un naufragio, medio ahogada, cubierta de cicatrices que ardían cuando respiraba hondo.
Había regresado, sí, pero no sabía si del todo.

Fue entonces cuando Rachel apareció en la puerta.
No golpeó.
Solo se asomó, con ese andar suyo que siempre parecía pedir perdón al suelo que pisaba.
Se sentó en el borde de la cama sin mirarme directamente, y yo no tenía fuerza para fingir que no me dolía su cercanía, ni su silencio.

-¿Cómo van las costillas? -preguntó, como quien tantea un terreno minado.
-Todavía se quejan -dije. Y luego, como un susurro. -Como yo.

Asintió despacio.
No sonrió.
No hizo bromas.
Y eso ya decía mucho viniendo de ella.

-Lara… -Empezó, pero luego se quedó en silencio unos segundos, buscando palabras que no cortaran más de lo que curaran. -Cuando desapareciste… fue como si nos arrancaran algo. Algo importante.

Tragué saliva.
Las palabras se quedaban atrapadas en la garganta, como astillas.

-No sabíamos si estabas viva, si habías elegido tu apellido… o si nos habías dejado atrás. Solo… desapareciste.
-No era tan simple -le dije.

Me dolía tener que justificarme.
Pero me dolía más haberles herido.

-Lo sé. Lo entendemos ahora. Pero entonces… dolió. Mucho. Iván te buscó noche tras noche. Marta se encerró en su rabia. Y Zero… Zero fue la que más lo sintió- Se giró y me miró a los ojos. -Te amaba, Lara. Y justo cuando creyó que por fin podía tener algo que no la destruyera… se enteró que amaba a una Devereux.

Cerré los ojos.
Lo sabía.
Lo había sentido en cada mirada esquiva.
En cada palabra medida.
En cada roce evitado desde que volví.

No necesitaba que me lo dijeran.
Pero escucharlo era como clavarme otra aguja más en la herida.

-No elegí ese apellido -murmuré. -Pero tampoco lo rechacé a tiempo. Me dejé arrastrar. Tenía miedo. Miedo de lo que encontraría… miedo de quién era realmente.
-Y lo entiendo. Pero no puedes pedirle a Zero que lo olvide tan rápido. Que olvide lo que tu familia le hizo. Ni siquiera que confíe en ti como antes. Eso lleva tiempo Puso su mano sobre la mía. -Pero ahora está aquí. Eso significa algo, ¿no crees?

Asentí, sintiendo cómo las lágrimas me ardían detrás de los ojos pero no se atrevían a caer.
Había cosas que aún no me podía permitir.

-¿Tú me odias, Rachel?

Ella negó con la cabeza.

-No. Pero estoy harta de que todo lo que somos esté siempre al borde de romperse. Pero no te odio. Solo… no desaparezcas más, Lara. Si vamos a destruir a esa familia de una vez por todas, te necesitamos aquí. Presente. Real. Con nosotros.
-Estoy aquí -dije. -De verdad.

Horas más tarde, bajamos al sótano del refugio.
El aire era denso, impregnado de electricidad contenida.

Estábamos todos: Iván, Marta, Zero, Rachel, los dos refuerzos de Zero (Vera y Sombra) y Xavier, que se mantenía al margen, observando, atento.

Sobre la mesa de metal había planos, fotografías aéreas, croquis a mano y una pizarra digital que mostraba la estructura completa de la finca central de los Devereux.
Iván tomó la palabra.

-Tenemos una única oportunidad para acabar con ellos. Con todo su imperio. Y para eso necesitamos precisión. Coordinación. Frialdad.

Señaló con un puntero una zona marcada en rojo.

-Este es el núcleo del poder de los Devereux. Aquí almacenan sus archivos físicos y digitales. No es un simple almacén: está enterrado bajo varios niveles y protegido con sistemas biométricos, vigilancia armada, cámaras internas, y probablemente trampas automatizadas.
-¿Y cuál es el plan? -preguntó Rachel, cruzada de brazos, apagando su cigarro sobre la mesa.
-Vamos a dividirnos -respondió Vera, su voz baja y firme. -Un equipo creará una distracción en la entrada principal. Queremos que parezca un asalto desesperado. Algo que les haga pensar que es un ataque frontal sin estrategia.
-Ese equipo seremos Zero, Xavier y yo -dijo Rachel, sin dudar.

Zero ni siquiera pestañeó.

-Vamos a darles espectáculo.
-Mientras tanto, otro grupo entrará por un túnel de mantenimiento que detectamos hace semanas -intervino Marta, señalando una entrada escondida detrás de una colina arbolada al este del perímetro. -Ese túnel conecta con los subsótanos del ala este. Desde ahí accederemos al núcleo central. Necesitamos descargar toda la información, sustraer los archivos clave y destruir sus servidores.
-El grupo de infiltración será Lara, Iván, Vera y Sombra -añadió Javi.
-¿Y cómo salimos? -pregunté antes de darle una calada a mi cigarro, intentando calmar los nervios.
-Una vez tengamos la información, se activará un bloqueo eléctrico de diez segundos en la red -explicó Iván. -En ese lapso, Sombra liberará la cerradura de emergencia en el túnel. Y saldremos por donde entramos.
-¿Y si no lo logramos en diez segundos? -preguntó Marta.
-Entonces improvisamos. O morimos -dijo Sombra sin una gota de emoción.

Nadie habló durante un momento.
Porque todos lo sabíamos.

No era una simple misión.
Era el final.
El último golpe.

Si fallábamos, no habría segundas oportunidades.
No esta vez.

-¿Cuándo? -pregunté, sintiendo cómo el vértigo me apretaba el pecho.
-Doce días -respondió Iván. -Tiempo suficiente para prepararnos, pero no tanto como para que puedan anticiparse.

Me quedé en silencio mientras los demás discutían los detalles técnicos.
El plan era claro.
Limpio.




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