Las paredes del refugio empezaban a sentirse como una trinchera.
Cada esquina, cada sombra, parecía contener la respiración con nosotros.
Nos quedaban menos de veinticuatro horas.
Y todo lo que éramos, todo lo que habíamos perdido, todo lo que aún nos sostenía, se resumía en este último golpe.
Dormir ya no era una opción.
Comer era casi una farsa.
Respirar… un esfuerzo.
Zero, Rachel y Xavier pulían los detalles del ataque frontal en una de las habitaciones cerradas, mientras Iván y Marta trabajaban sin descanso en la ingeniería del sabotaje interno.
Vera y Sombra, como fantasmas entrenados en la muerte, estudiaban los movimientos de los guardias con una precisión quirúrgica.
Yo me movía entre todos, sintiéndome parte del engranaje, pero también la grieta.
Sabía que, si algo salía mal, me señalarían a mí.
Por mi sangre.
Por mi apellido.
Por mi silencio.
Y lo aceptaba.
Esa mañana, cuando entramos todos a la sala de guerra, el ambiente era tan denso que casi podía tocarse con las manos.
Las luces estaban apagadas, salvo por el resplandor azul de las pantallas.
En el centro de la mesa, el plano de la mansión Devereux.
A su alrededor, la estrategia.
Nuestras vidas.
Nuestra última apuesta.
Zero tomó la palabra.
Con la mirada ojerosa y el tono firme.
—A esta hora mañana, o habremos acabado con ellos… o no quedará nadie de nosotros para intentarlo de nuevo.
Silencio.
—El grupo de distracción— continuó, mirando a Rachel y Xavier. —Atacaremos la entrada principal a las 23:45. Usaremos explosivos de sonido, bengalas de alta intensidad y disparos simulados. Queremos confusión. Queremos miedo. Que crean que es un ataque completo por el frente. Así movilizaremos a la mayoría de sus hombres hacia la entrada principal.
—¿Y las rutas de escape?— preguntó Marta.
—Hay dos salidas abiertas: una hacia el bosque y otra hacia un canal de drenaje que hemos marcado en azul. Pero con suerte, no necesitaremos usarlas. El objetivo es resistir diez minutos. Sólo diez. Ese es el tiempo que necesita el equipo de infiltración.
Rachel levantó la vista.
Su mirada era un abismo.
—¿Y si nos rodean antes?
—Entonces nos convertimos en el fuego que los queme— respondió Xavier, helado.
—Mientras ellos distraen— intervino Vera, señalando el punto este del plano— el segundo grupo, es decir, nosotros, se infiltrará por un túnel de mantenimiento. Está parcialmente bloqueado, pero lo despejamos la semana pasada. Nos lleva directamente al ala de servicio, justo debajo del servidor principal.
—¿Y cuánto tiempo tenemos dentro?— pregunté.
—Menos de diez minutos antes de que las cámaras térmicas detecten actividad y activen el protocolo de aislamiento— dijo Sombra. —Eso implica que se bloquean todas las puertas y se libera gas neurobloqueador. Si eso ocurre, nos neutralizan.
Un escalofrío recorrió mi espalda.
—La entrada al servidor está protegida con un sistema de doble validación biométrica— añadió Iván. —Huella dactilar y escáner retiniano. Pero hemos clonado el acceso de Phillip Devereux. Su código sigue activo. Lo comprobamos ayer con un acceso remoto que logré filtrar.
—¿Y si lo desactivaron?— dije en voz baja.
—Entonces tendremos treinta segundos para anular manualmente el sistema con una corriente invertida. No es lo ideal. Pero puede funcionar.
Me acerqué al plano.
La casa que una vez me acogió como una más de ellos ahora se desplegaba como un laberinto de muerte.
Reconocía cada esquina, cada ala, cada salón donde mi madre me había mirado como una impostora.
Como una amenaza.
—Una vez accedamos al servidor— dijo Marta. —descargaremos todos los datos en tiempo real a los servidores espejo. Transacciones ilegales, sobornos, grabaciones, listas de nombres. Todo. Luego destruiremos el servidor con cargas térmicas programadas.
—¿Y la transmisión a la prensa?— preguntó Rachel.
—Tengo un periodista independiente esperando la señal. Cuando reciba el archivo cifrado, publicará un informe masivo. No podrán frenarlo.
Respiré hondo.
Sentí cómo algo dentro de mí vibraba.
No era miedo.
Era otra cosa.
Era destino.
Era condena.
—¿Y si no lo logramos?— preguntó Xavier.
—Entonces morimos sabiendo que lo intentamos— dije, sin pensarlo demasiado.
Todos me miraron.
Incluso Zero.
Y en sus ojos ya no vi solo rencor.
Vi una chispa. Una decisión.
A las 23:30 de esa noche, el mundo parecía detenerse.
Desde el puesto de vigilancia oculto entre los árboles, observábamos el perímetro.
La finca Devereux estaba iluminada como una fortaleza.
Guardias armados patrullaban con linternas y perros.
Las cámaras se movían en secuencia.
Todo estaba donde debía estar.
Esperando.
Tranquilos.
Como si no supieran que esa noche era su última.
Zero ajustó el cinturón con los explosivos de distracción.
Rachel verificaba la munición.
Xavier cargaba un lanzador de señales de alta frecuencia.
Parecían soldados.
—¿Lista?— pregunté, acercándome a Zero.
Ella me miró.
Solo un segundo.
Luego asintió.
—No me muero sin antes ver caer esa casa.
Quise decir algo más.
Algo que sirviera de escudo o promesa.
Pero ya era tarde.
Y cualquier palabra sonaba pequeña frente a lo que estábamos por hacer.
23:44.
Rachel alzó la mano.
El silencio era total.
Incluso la naturaleza parecía haber contenido el aliento.
23:45.
El primer estallido sacudió el aire.
Una onda sónica reverberó por el bosque.
Seguida de luces cegadoras y disparos al aire.
Alarmas comenzaron a sonar dentro del recinto.
Los perros ladraban sin control.
Voces gritaban en códigos apresurados.
Los guardias corrían.
Todos hacia el frente.
Desde mi posición, vi a Zero lanzarse tras una cobertura, disparando al suelo para sembrar pánico.
Rachel moviéndose como una sombra entre los troncos, lanzando bengalas de interferencia.
Xavier activando una bomba de luz que hizo que el cielo pareciera romperse.