El eco de las explosiones aún vibraba en mi pecho cuando nos deslizamos por el pasadizo.
El olor a tierra húmeda y metal oxidado se mezclaba con la adrenalina que me anudaba la garganta.
No hablábamos.
Ni Vera, ni Sombra, ni Iván, ni yo.
Sabíamos que el silencio era tan importante como el sigilo.
El tubo estrecho bajo la finca Devereux parecía interminable.
Cada metro que avanzábamos era como adentrarse más en el cuerpo podrido de una bestia dormida.
Cada paso era una declaración de guerra.
Llegamos a la compuerta.
Justo donde el pasaje se bifurcaba con el sistema de alcantarillado de la propiedad.
Iván revisó el panel de acceso, desmontó la cubierta con rapidez y colocó el dispositivo de clonado.
—Treinta segundos si el código sigue activo. Si no…
No dijo más.
No hacía falta.
Si no funcionaba, nos quedábamos fuera.
O moríamos dentro.
No había opción segura.
No había plan B.
—Sombra, cubre la retaguardia. Vera, prepárate para el segundo bypass si falla el primero.
Yo respiré hondo.
Mis manos temblaban levemente.
Pensé en Zero, en Rachel, en Xavier.
Pensé en la metralla de ruido que habían encendido arriba.
En sus cuerpos moviéndose entre llamas y luces.
¿Seguirían vivos?
La luz verde del panel nos sacó del letargo.
—Acceso concedido.
La puerta se abrió con un siseo metálico y nos recibió un silencio espeso.
Estábamos dentro.
La sala de mantenimiento era un espacio claustrofóbico, con cables colgando del techo y un zumbido eléctrico constante.
Subimos una escalera en espiral hasta una compuerta secundaria.
—Lara, ¿estás segura de conocer el camino?
Asentí.
-Cada rincón. Cada cámara. Cada código.
No era una fanfarronada.
Era una cicatriz.
Cruzamos el pasillo inferior agachados, esquivando sensores térmicos y apagando cámaras con interferencias localizadas.
Vera se movía como una sombra, Sombra como un espectro.
Iván, concentrado, apenas respiraba.
Cuando llegamos a la antesala del servidor, algo en mí se rompió.
Ese lugar… Ahí había visto a mi madre sonreír frente a una pantalla mientras ordenaba eliminar pruebas.
Ahí había escuchado a Alex reír mientras manipulaba vídeos de chantaje.
Ahí había empezado a odiar.
—Vamos— susurré.
El panel de acceso estaba donde lo recordaba.
Iván insertó el escáner clonado.
Una luz roja parpadeó.
Luego otra.
Luego, el verde.
Acceso concedido.
Entramos.
El cuarto era una torre de acero y cristal.
Decenas de servidores apilados, cables vibrando con electricidad pura.
El corazón de la red Devereux.
Todo lo que eran.
Todo lo que habían hecho.
En ceros y unos.
En sangre digital.
Iván conectó el transmisor.
Marta, al otro lado de la red, confirmó la señal.
—Transfiriendo.
Comenzaron los minutos más largos de nuestras vidas.
Afuera, oíamos los ecos de los disparos.
Los gritos. El fuego. Los perros.
Las órdenes gritadas por radio.
Todo se movía rápido.
Menos la barra de progreso.
84%.
—Están redirigiendo energía. Algo no cuadra— advirtió Iván.
Una luz se encendió en el techo.
Una alarma sorda.
Silenciosa.
Un sensor térmico activado.
—Nos han encontrado.
—Sombra, prepara las cargas. Vera, cortocircuito en el nodo tres, ahora.
Yo cogí la pistola.
No porque creyera que podría usarla.
Sino porque no pensaba caer sin resistirme.
96%.
—Nos quedan segundos— Dijo Marta por el intercomunicador. —Una vez termine, disparad los datos. Yo me encargo del resto.
Entonces escuchamos pasos.
Muchos.
Rápidos.
Armados.
Sombra cerró la puerta blindada.
Vera activó las cargas.
Iván desconectó el servidor justo cuando la barra llegó al 100%.
—Transmisión completa— dijo Marta, con la voz rota. —Ya es público.
El mundo lo sabría.
Lo habíamos conseguido.
Pero no habíamos terminado.
Las puertas empezaron a crujir.
Los hombres de seguridad empujaban con fuerza.
Las alarmas se dispararon.
El gas empezaba a liberarse por los conductos.
—Tenemos que salir— gritó Vera.
Cogimos los discos, activamos la autodestrucción y salimos por la puerta secundaria justo cuando las cargas volaron el cuarto de servidores en una llamarada blanca.
Corrimos por los pasillos que ahora temblaban con el fuego.
Las luces parpadeaban.
El humo lo invadía todo.
Y yo sentía que los fantasmas de esa casa me perseguían por última vez.
Cuando alcanzamos la salida del túnel, el mundo parecía haberse incendiado.
Y el apellido Devereux empezaba a caer.