En medio de todo, tú.

Capítulo 45: Nombres difusos.

Salimos del túnel como espectros, empapados de sudor y silencio.
La noche aún ardía en la distancia.
Como si la mansión Devereux no se resignara a morir sin un último rugido.

El aire era un animal vivo: olía a humo, a metal, a tierra abierta.
Las sombras temblaban con cada explosión lejana.
El suelo vibraba bajo nuestras botas.
Como si todo Madrid contuviera la respiración, esperando el desenlace de una guerra que nadie más veía.

Corríamos.
Por puro instinto.
Por miedo.
Por la promesa rota de volver.

Sombra iba delante, ágil y alerta, abriendo camino entre las ramas.
Iván le seguía con el pecho encorvado sobre los discos duros como si llevara algo sagrado.
Vera jadeaba detrás, renqueando con cada paso.
Yo cerraba la fila, la mirada constantemente clavada en las sombras que se estiraban tras nosotras.

No hablábamos.
Ni una palabra.
Solo el crujido de las hojas, el latido asfixiante de nuestras pisadas.

Y dentro de mí, un grito contenido:
¿Dónde están Rachel, Zero y Xavier? ¿Han logrado salir? ¿Están vivos?

—Queda poco— murmuró Sombra, sin girarse. —Unos metros más y cruzamos el arroyo. Luego el claro. El refugio está cerca.

Pero la esperanza, como todo en esta guerra, se cobró su precio.

Vera tropezó.
No fue un tropiezo cualquiera.
No fue algo que pudiéramos levantar con un “vamos, arriba”.

Fue un crujido real.
Carne desgarrándose.
Hueso golpeando raíz.

—¡Agh!— gritó, cayendo de lado con un golpe seco que nos heló a todos.

Iván y yo nos detuvimos en seco.

—¡Joder! ¡Vera!— me agaché a su lado.

Su pierna derecha estaba torcida, ya empapada en sangre.

—No puedo… mierda…— intentó incorporarse, pero el dolor la obligó a morderse los labios hasta sangrar.

Sombra se giró, apuntando con el arma hacia el bosque.
Los árboles no eran solo árboles. Ya no.
Eran trampas, bocas abiertas, ojos invisibles.

—Nos han seguido— susurró. —Están cerca. Muy cerca.

Mi corazón empezó a latir con violencia.

Vera gimió.
Iván sacó su navaja y comenzó a cortar la bota para hacerle un torniquete con su camiseta.
La sangre salía con fuerza.
Demasiada.

—No podemos dejarla. No aquí— dije, tragándome el miedo.
—Tampoco podemos quedarnos todos— respondió Sombra con una firmeza que dolía.

Y entonces, como una respuesta cruel a nuestra impotencia, los sonidos llegaron: pasos apresurados, ramas quebrándose, perros ladrando.
Y voces.

Voces que conocía.
Voces que odiaba.
Guardias.

Ya no quedaba tiempo.
Nos miramos.
Como si los segundos pudieran estirarse lo suficiente para decidir algo.
Pero no había decisión que no implicara una pérdida.

Y entonces, el trueno.
No en el cielo.
Delante.

Bang.
Bang.
Bang.

Y entre los árboles, dos figuras emergieron como si el bosque las escupiera en el momento exacto que la vida las reclamaba.

Zero.
Rachel.

Desgreñadas, heridas, cubiertas de barro.
Pero tan vivas como una maldición lanzada contra la muerte.

Rachel no perdió tiempo.
Levantó la escopeta y disparó hacia la espesura, cubriéndonos.
Zero, con el rifle colgado al hombro y otra arma corta en la mano, avanzó hacia nosotros como una sombra que arde.
Su mirada me atravesó como una confesión sin palabras.

—¡CORRED!— rugió Zero.

Sombra dio un paso adelante.

—¡Nos quedamos!
—¡HA DICHO QUE CORRÁIS!— vociferó Rachel mientras disparaba hacia la maleza, haciendo retroceder a los primeros hombres que se asomaban por el sendero.

Zero avanzó unos pasos más, se agachó junto a Vera y la miró con un gesto que dolía.

—Vas a salir de aquí, ¿me oyes?— le dijo, sin esperar respuesta.

Después se incorporó y me miró directamente.
Y en esa mirada estaba todo: el amor, el reproche, la despedida, la fe.

Todo en sus ojos.
Todo lo que no nos habíamos dicho.
Todo lo que quedaba sin resolver.

—¡Llevadla al refugio!— dijo, sin gritar.

Solo para mí.
Solo para que yo lo oyera.

Rachel se giró a tiempo para abatir a un guardia que asomaba por el flanco derecho.
El impacto lo lanzó contra un árbol.
Luego recargó con rabia, sin mirar atrás.

—¡Yo los freno!— gritó.

Nos obligamos a seguir.
Sombra levantó a Vera a la espalda como si no pesara.
Iván abría paso entre zarzas y ramas, entre disparos y miedo.
El aire se volvía más denso, como si el bosque quisiera tragarnos.

Yo fui la última en moverme, incapaz de apartar la vista de Zero.
La vi disparar.
La vi avanzar, cubrir a Rachel, retroceder dos pasos solo para ganar cinco más.

Y luego, el golpe.
Una bala.
En el hombro.

Zero se tambaleó, pero no cayó.
Rachel la sujetó del brazo, la arrastró hacia una roca, disparó otra vez.
Su respiración era un rugido.

Fue entonces cuando me obligué a correr.
Cada disparo detrás era un recordatorio de que alguien estaba pagando nuestro escape con su cuerpo.

A nuestras espaldas, la batalla crecía.
Escuchábamos los gritos, los perros ladrando, los disparos.
Y entre todo, reconocí la voz de Rachel.
Gritando el nombre de Zero.

Y luego, otro disparo.
Me giré por reflejo.

Vi a Zero de pie.
Siguió disparando.
Como un muro.
Como un animal salvaje defendiendo su manada.

Su cuerpo temblaba, sí.
Pero no cedía.
No retrocedía.
No se rendía.

—¡Lara, vamos!— me gritó Iván, arrastrándome del brazo.

Y entonces las perdí de vista.

Corrimos.
No sé cuánto tiempo.
No sé cuántas veces tropecé.
Solo sé que el bosque nos tragó como un animal herido, sucio, antiguo… y que nosotros, como presas rotas, solo supimos obedecer a ese instinto básico: seguir con vida.




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