La puerta del refugio se cerró tras nosotras con un gemido oxidado que pareció arrastrar el alma con él.
El sonido retumbó en el pasillo de metal.
Como si incluso las paredes entendieran que algo se había perdido ahí fuera.
Nuria no hablaba.
No me soltaba la mano.
Pero tampoco me miraba.
Caminaba como un reflejo desfasado, con la mirada perdida, el cuerpo temblando apenas.
Sus pasos eran suaves, casi mecánicos.
Y yo… yo solo podía pensar en el fuego, en los gritos, en el instante exacto en que dejé a Zero atrás.
Cada paso que daba dentro del búnker era un peso más sobre el pecho.
No hubo tiempo de explicaciones.
La sala principal del búnker estaba iluminada con las luces de emergencia.
Cuando cruzamos el umbral, todos los rostros se giraron a nosotras.
Primero hubo alivio.
Después, el vacío.
—¿Dónde están Zero y Rachel?— preguntó Sombra, poniéndose de pie de golpe.
Iván se incorporó como si un relámpago le cruzara la columna.
Xavier giró lentamente, con la expresión de quien teme la respuesta que ya conoce.
Vera, con las manos aún manchadas (no supe si de su sangre o de otra), se quedó helada.
Y Marta, se levantó con los ojos muy abiertos.
Su rostro era todo tensión contenida.
Ella, que siempre sabía antes de que se dijera.
—¿Dónde están?— repitió Marta, la voz contenida en un hilo. —¿Están detrás de vosotras?
Mi silencio fue una herida abierta.
El aire pareció espesarse.
El zumbido de las luces se volvió insoportable.
—Lara…— susurró Vera. —¿Dónde están?
Tragué saliva.
Intenté hablar, pero al principio no salía nada.
Nuria apretó mi mano.
Como si el gesto fuera lo único real en medio de tanta confusión.
Respiré hondo, y dije lo que podía.
Lo que sabía.
—Nos alcanzaron…— logré decir al fin. —Perros. Guardias. Estaban demasiado cerca. Nuria estaba ahí, sola, confundida. Iba a ir yo, pero Zero me detuvo. Me obligó a traerla. Se quedó atrás para cubrirnos.
El silencio fue absoluto.
Hasta que Sombra dio un paso adelante, los ojos clavados en mí.
—¿Se quedó?— su pregunta fue un disparo. O una súplica.
Asentí.
—No tuve elección.
La frase se sintió hueca incluso al decirla.
Y aun así, era verdad.
—¿Y Rachel?— preguntó entonces Xavier, apenas un susurro. —¿La viste?
Negué con la cabeza, la voz temblando.
—No… Solo vi a Zero. Rachel… no lo sé. Quizá estaba más atrás. Quizá también…
Callé antes de terminar la frase. Nadie necesitaba oír esa última posibilidad.
Vera se llevó las manos a la cabeza, negando.
Iván golpeó la pared con el puño, conteniendo un grito que se le escapó en un jadeo.
Sombra dio un paso atrás, el rostro endurecido, como si el suelo le temblara bajo los pies.
Xavier apretó los labios con tal fuerza que una línea roja le cortó el inferior.
—Teníamos un plan— murmuró Iván, con un temblor en la voz que parecía rabia y dolor mezclados. —¡Un maldito plan! ¡No podíamos dejarlas atrás!
—¡Ella me lo ordenó!— grité, incapaz de contenerlo. —¡Zero me lo gritó! ¡Me dijo que corriera! ¡Que la sacara! ¡No me dio opción!
Iván me sostuvo la mirada, los ojos húmedos.
—Claro que te dio opción. Siempre la hay.
Nadie habló después.
Solo se escuchó el zumbido del generador y la respiración entrecortada de todos nosotros.
Nuria seguía a mi lado, inmóvil, sujeta a mi brazo.
No decía nada, pero su mirada iba de un rostro a otro, intentando reconocer algo, encontrar un ancla.
No la encontró.
Cuando Marta se acercó y le ofreció una manta, ella la aceptó con un movimiento leve, casi tímido.
Iván le habló con suavidad, preguntándole si tenía frío, pero Nuria apenas asintió.
Su desconfianza estaba ahí, en los gestos mínimos, en la forma en que sus dedos no soltaban mi abrigo, pero no en palabras.
Se protegía en silencio.
Como un animal que no sabe aún si está a salvo.
—Está bien— le susurré. —Nadie va a hacerte daño.
Ella me miró de reojo, con esos ojos vacíos que parecían contener un recuerdo a punto de romperse.
—Esto no parece un refugio— murmuró. —Parece una jaula.
Y cómo decirle que a veces, la seguridad también se parece a una celda.
El refugio se volvió demasiado pequeño para tanto miedo.
Cada respiración sonaba como una confesión.
Xavier caminaba de un lado a otro, mordiéndose las uñas.
Sombra revisaba el cargador del arma cada pocos minutos, aunque no lo necesitara.
Vera intentaba no llorar.
Iván se había sentado junto a la pared, con la cabeza entre las manos.
Marta controlaba el pulso de Vera, el de todos, quizá para asegurarse de que no se nos escapara otro cuerpo más.
Yo me quedé con Nuria, en un rincón más cálido.
Ella no dormía, pero cerraba los ojos cada tanto, como si quisiera borrar el ruido del mundo.
Cuando alguien se movía, tensaba el cuerpo.
Cuando alguien hablaba alto, se encogía.
No era desconfianza abierta.
Era miedo aprendido.
Pasaron horas lentas, sucias de ansiedad.
El walkie estaba en medio de la mesa.
No lo habíamos tocado.
Por miedo a lo que pudiera decir.
O peor: a lo que no dijera.
Fue entonces.
Un crujido.
Leve.
Como un insecto moribundo.
Todos giramos la cabeza al mismo tiempo.
Un zumbido.
Luego, voz.
—¿Refugio…? ¿Me copiáis?
El corazón me golpeó tan fuerte el pecho que creí que iba a escupirlo.
—¡Rachel!— Me lancé al intercomunicador.
Mis dedos se cerraron con fuerza, como si pudiera sujetarla a través del cable.
—¿Estás bien? ¿Y Zero? ¿Dónde estáis?
La respuesta tardó.
Un segundo.
Dos.
Una eternidad.
—Estamos separadas.
Esa frase me hundió.
—Nos estaban rodeando. Zero tiró hacia la colina, al este. Yo hacia el barranco. Queríamos dividirlos. Funcionó… en parte.