En medio de todo, tú.

Capítulo 47: Después de ella.

Nunca pensé que el silencio pudiera doler tanto.
En el refugio, nadie hablaba.
Nadie dormía.
Nadie respiraba bien.

Las paredes, que antes parecían protegernos, ahora se sentían vivas, apretándonos, asfixiando cualquier intento de calma.
El aire era una masa densa, saturada de miedo y preguntas sin respuesta.
Éramos sombras suspendidas en un abismo donde los nombres de Zero y Rachel flotaban como fantasmas obstinados, aferrados a la garganta de todos.

Yo no dejaba de mirar la puerta.
Era absurda esa esperanza, pero la necesitaba.

Parte de mí seguía creyendo que en cualquier momento se abriría de golpe.
Que ellas entrarían cubiertas de polvo y fuego, con la piel rota pero los ojos vivos.
Que Zero sonreiría con esa insolencia suya y soltaría una de sus frases para romper el miedo.
Que Rachel, agotada, diría que había valido la pena.

Pero las horas pasaban.
El aire se espesaba.
Y no llegaban.

Marta estaba frente al monitor, firme, con la espalda recta y las manos crispadas sobre el teclado.
Llevaba tanto tiempo sin moverse que parecía una estatua de contención.

Vera, inmóvil, sostenía los brazos cruzados sobre el pecho.
Su respiración era tan tensa que cada exhalación parecía un sollozo contenido.

Xavier caminaba de un lado a otro, con los ojos enrojecidos, sin rumbo.
Como un animal que busca una salida donde no la hay.

Iván llevaba horas encerrado en el almacén, sin decir palabra.

Y Nuria… Nuria observaba en silencio desde una esquina, con las rodillas recogidas y la mirada perdida.

Y entonces, sin aviso, llegaron las noticias.

Marta encendió la pantalla.
Nos acercamos como si el monitor pudiera ofrecernos un milagro.
Pero no fue un milagro lo que vimos.

“ÚLTIMA HORA: Se desploma el imperio Devereux. Impacto nacional.”

“Documentación masiva filtrada revela décadas de corrupción sistémica. Tráfico de influencias, manipulación de medios, violencia encubierta, corrupción policial, lavado de dinero, desapariciones. El núcleo de poder más impenetrable del país ha colapsado… Esta madrugada, las sedes empresariales, residencias privadas y vínculos judiciales de la familia Devereux han sido expuestos. Se reporta un colapso financiero y detenciones múltiples. La mansión Devereux… ha sido destruida. Completamente.”

Las imágenes llegaron.
Cenizas. Humo.
Torres devoradas por el fuego.
Escombros.

Y entre todo ese infierno ya apagado, los restos de lo que un día fue su corazón: la mansión.

—Dios… -susurré.

Marta dejó caer una silla sin darse cuenta.
Xavier dejó de caminar.
Vera cerró los ojos.
Iván salió del almacén como si algo dentro de él hubiera estallado.

—¿Dónde están?— preguntó, con voz rota.

Nadie respondió.
Nadie lo sabía.
Pero entonces, notamos su ausencia.

—¿Dónde está Sombra?— preguntó Xavier de repente, levantando la cabeza bruscamente.

Me giré.
Instintivamente conté los cuerpos con la mirada.
Faltaba uno.

El aire se me congeló en los pulmones.

—No… no puede ser— susurré.
—Estaba aquí hace nada— balbuceó Marta.

Nadie contestó.
Y en ese silencio, en esa grieta invisible de descuido y agotamiento, se coló la certeza.
Sombra se había ido.
Y no nos había dicho nada.

Yo miraba la puerta sellada y no podía dejar de pensar en él, ahí fuera, solo.
Buscando.

—Fue a por ellas— dije al fin, rompiendo el mutismo.
—Joder…— murmuró Iván, y pateó una caja vacía.
—¿Y si le siguen?— Marta se pasó las manos por la cara. —¿Y si trae a los guardias con él?
—¿Y si está muerto ya?— preguntó Xavier, y nadie le regañó por decirlo.

Porque todos lo pensábamos.

Las horas siguientes fueron una agonía espesa.
El tiempo perdió forma.
Nadie comía.
Nadie hablaba.

Vera se despertó con fiebre.
Marta le puso otro antibiótico.
Yo le limpié el sudor de la frente con una toalla húmeda mientras ella me miraba con ojos vidriosos.

—¿Ha ido a por ellas, verdad?— preguntó, apenas audible.

Asentí.
No pude mentirla.
Ella cerró los ojos y murmuró:

—Yo también lo haría.

Y de pronto, un ruido.
Leve.
Arrastrado.

Los cuerpos se tensaron como si una descarga eléctrica nos hubiese atravesado.

Xavier levantó su arma.
Marta apagó la luz de su monitor.
Iván me miró.

—¿Lo has oído?
—Sí.

Pasos.
Dos.
Uno arrastrado.
Otro firme.
Lentos.
Muy lentos.

Me acerqué a la mirilla oculta de la entrada.
Y le vi.

Sombra.

Cubierto de barro, con la ropa sucia, la mirada vacía...
Y en sus brazos, tambaleante, rota, cubierta de sangre…
Rachel.

—¡Abrid!— susurró Sombra, golpeando tres veces la puerta.

La compuerta se abrió y todo fue un torbellino de movimientos.

—¡Cuidado! Está muy mal— gruñó Sombra.

Le ayudamos a meter a Rachel, que jadeaba como si cada respiración fuera una batalla.
Tenía una herida profunda en el abdomen, el hombro ensangrentado, la cara cubierta de arañazos y quemaduras.
Pero sus ojos estaban abiertos.

—No… no la encontré— murmuró mientras limpiábamos sus heridas —Lo siento, Lara. No sé dónde está.
—Calla— la dije, acariciándole el pelo. —Ya has hecho suficiente.

Sombra sacudió la cabeza, con la mandíbula apretada.

—Estaba todo lleno de cuerpos. Era una masacre. La mayoría cayeron. Yo… no vi a Zero. Ni viva, ni muerta. Pero encontré a Rachel. Desangrándose cerca del riachuelo.

Marta se ocupó de coser la herida más profunda.
Rachel apretaba los dientes hasta casi quebrarlos.
Xavier la daba aire con un cartón.
Vera, desde su colchón, lloraba en silencio.

Y yo…
Yo me senté junto al walkie.
Lo miré.
Como si pudiera obligarle a hablarme.




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