En medio de todo, tú.

Capítulo 48: Esperanza perdida.

Han pasado dos días.
Solo dos.
Y, aun así, siento como si el mundo hubiera envejecido dentro de nosotros.

El tiempo aquí no se mide en horas ni en amaneceres, sino en respiraciones que se alargan demasiado, en miradas que no se atreven a esperar nada.

El refugio tiene todo lo necesario para sobrevivir (alimentos enlatados, agua racionada, medicinas, combustible suficiente para mantener los generadores durante semanas), pero no hay provisión posible para el silencio.
Ese se nos mete dentro, se nos enreda en la garganta hasta que cuesta recordar cómo sonaba la vida antes del miedo.

La luz apenas entra por las rendijas del conducto principal.
Filtra un gris enfermizo, que parece no pertenecer a ningún cielo.
A veces escuchamos el eco lejano de los derrumbes, o el gemido metálico de alguna estructura que cede.

Y, aun así, seguimos aquí.
Esperando.
Resistiendo.
Fingiendo que el refugio no es una tumba con electricidad.

Rachel ya no sangra, aunque el dolor la dobla de vez en cuando.
Se mueve despacio, con cuidado.
Como si su cuerpo todavía no hubiera decidido si pertenece a este mundo o al otro.
Tiene los ojos hundidos, pero vivos.
La mirada de quien ha visto el infierno desde el suelo y ha vuelto arrastrándose, solo para asegurarse de que los suyos aún respiraban.

Vera se apoya en una muleta improvisada que le hizo Sombra con un trozo de madera.
Dice que no duele tanto como al principio, aunque eso es mentira.
Lo sabemos todos.
Pero ella no se queja.

Xavier habla poco.
Tal vez porque se siente culpable por haber sobrevivido.
Tal vez porque no soporta no tener el control.

Él y Marta han estado revisando mapas, cámaras desactivadas, rutas de escape.
Han propuesto cinco planes distintos para intentar salir del refugio y rastrear la zona.
Todos imposibles.
Pero lo intentan.

Iván, en cambio, no propone nada.
Se limita a vigilar la puerta.
Día y noche. Silencioso.
Es la forma que tiene de gritar.

Y yo…
Yo la busco en los sonidos.
Cada crujido de piedra.
Cada ráfaga de viento.
Cada golpeteo del metal.

Pienso que podría ser ella.
Que en cualquier momento cruzará esa puerta arrastrando el humo y la sangre como si fueran su sombra.
Que entrará como entra siempre: como un terremoto disfrazado de mujer.

Pero no viene.
Y empiezo a preguntarme si todo lo que hicimos fue suficiente.
Si todo el dolor acumulado en nuestros cuerpos, en nuestras decisiones, sirvió de algo si ella no está aquí para verlo caer.

A veces, cuando el silencio se vuelve insoportable, saco uno de los cigarrillos que guardamos para los turnos de guardia.
Fumar aquí es casi un ritual prohibido; el humo se pega a las paredes, al alma.
Enciendo uno, solo para mirar cómo la brasa se consume.
Me recuerda que algo sigue ardiendo, aunque sea pequeño, aunque duela.

—Deberíamos salir— dijo Iván hoy, con la voz seca.

Estábamos todos sentados en círculo.
Como si jugáramos a una versión retorcida de la esperanza.

—¿Y hacer qué?— preguntó Xavier.
—¿Caminar sin saber dónde? ¿A quién preguntar? ¿Dejar a Rachel aquí sola?
—No estoy muerta— dijo Rachel, escupiendo al suelo.
—Pero no puedes ni sostener un arma— respondió Marta, sin dureza, solo con la verdad.
—Entonces vamos tú y yo— dije, levantándome. —Solo a mirar. A buscar rastros. A buscarla.

Nadie respondió enseguida.
Había algo terrible en esa idea.
Como si, al salir a buscarla, tuviéramos que admitir del todo que estaba perdida.

—Yo también iría— dijo Sombra. —Pero antes, hay que revisar los generadores. Uno parpadeó esta mañana.
—No tenemos tiempo para fallos técnicos— gruñó Iván.
—Ni para morir todos por una sobrecarga de gas— le respondió Sombra.

La discusión iba a crecer.
Lo sentía.
Como se sienten los terremotos justo antes del primer temblor.

Pero no llegó a estallar.
Porque entonces ocurrió.

Primero fue el crujido.
Un sonido lejano.
Como ramas partiéndose bajo peso humano.

Todos lo escuchamos.
Nos miramos.

—¿Otra vez ratas?— murmuró Xavier, aunque sonó como una súplica.

Después, las voces.
Apagadas.
Murmuradas.
Dos, tres.
No más.

Hablaban bajo, pero con prisa.
Como si persiguieran algo.
Como si lo que buscaban se les escapara siempre por un segundo.

Y después, el peor de los sonidos.

Disparos.
Secos, cortos, precisos.
Muy cerca.

Uno.
Dos.
Tres.

Todos nos congelamos.
No respirábamos.
Los ecos rebotaron contra las paredes del refugio, multiplicando el miedo en cada rincón.

Y luego…
Silencio.
El silencio más denso de toda esta historia.

Me levanté sin pensar.
Me acerqué a la puerta.
Marta me detuvo.

—Es una trampa.
—¿Y si no lo es?
—Lara, por favor…

No escuché más.
Todos habían saltado.
Se habían preparado para lo peor.

Yo solo quería que el mundo no me robara otra voz.

Pasaron segundos que dolían.
Hasta que algo golpeó el pestillo exterior.
Un crujido de metal.
Una presión reconocible.
Un código.

Sombra ya estaba con el arma en alto.
Iván también.

Y entonces…
La puerta se abrió.
Y el mundo se vació de golpe.

Allí estaba.

Zero. Sola.

De pie.
Con una mitad de la cara cubierta por un manto oscuro de sangre seca que le bajaba desde la cabeza.
Le goteaba aún desde el cuero cabelludo hacia el pómulo, cruzándole la ceja.
Una herida profunda y viva palpitaba en la frente, como si el cráneo hubiera cedido pero se negara a rendirse.
Su ropa estaba hecha jirones.

El brazo derecho colgaba, roto, dislocado.
El izquierdo sujetaba el marco de la puerta con una fuerza que era pura voluntad.
En una pierna, una mancha negra se extendía por la tela desgarrada del pantalón. Tenía cortes en el cuello, en los brazos, en el abdomen.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.