En medio de todo, tú.

Capítulo 49: Eterno silencio.

La noche era un paréntesis.
Un infierno sin llamas.
Un hospital improvisado donde la vida pendía de un hilo y el tiempo se estiraba como una cuerda a punto de romperse.

No había calma.
Solo ruido: pitidos amortiguados, susurros rotos, pasos desesperados, respiraciones contenidas y miradas que temblaban al borde del abismo.

Zero seguía allí. Inconsciente.
Inmóvil.
Desfigurada.
Su rostro cubierto de vendas, apenas reconocible.
La piel más pálida que el miedo.

De vez en cuando, su cuerpo se estremecía en espasmos débiles, casi imperceptibles.
Como si por dentro su alma siguiera librando una guerra cruel, incansable, por no abandonar ese cuerpo destrozado.

La sangre había dejado de brotar con violencia, pero seguía manchando las gasas.
Como si cada segundo su existencia se desvaneciera a cuentagotas.

El costado abierto, la pierna triturada, el brazo torcido en un ángulo antinatural, las costillas que no dejaban de crujir cuando respiraba… cada herida era una cicatriz escrita a fuego sobre el sacrificio.

Y nosotros… nosotros estábamos rotos.
Todos.
Perdidos en un naufragio emocional donde ni siquiera sabíamos cómo respirar.

Vero… Vero no emitía un sonido.
Se abrazaba a sus piernas, encogida en un rincón, con el rostro hundido en las rodillas, con lágrimas que no caían por la cara sino por dentro.
Como si llorar por fuera ya no fuera suficiente.

Iván… caminaba sin rumbo por el refugio, una y otra vez, de un lado a otro.
El rostro apretado en un rictus de impotencia, con los nudillos blancos de tanto apretar los puños.
En algún momento se dio un cabezazo contra la pared, y ni siquiera se inmutó.

Sombra estaba en la entrada, vigilante.
Quieto. Congelado.
No hablaba.
No se movía.
Solo su respiración traicionaba el temblor invisible que lo recorría.
Yo sabía que por dentro gritaba.

Rachel… estaba junto a mí.
Pero no era Rachel.
Era una estatua.
Pálida, helada, los ojos apagados.
Ni siquiera parpadeaba.
Como si hubiese muerto una parte de ella en el instante en que vimos el cuerpo de Zero al borde del colapso.
Como si no le quedara ya nada por dentro.

Y yo…
Yo no soltaba su mano. Zero.

A veces creía que respiraba.
A veces pensaba que era solo el eco cruel de mi esperanza.

Fue entonces cuando los escuché.
Voces rotas, apagadas, al fondo del refugio.

Marta, Iván, Sombra.

Me acerqué, deslizándome en silencio hasta la puerta entreabierta.
Rachel me siguió.
La sentí detrás.
Respiraba como si le costara mantenerse en pie.

—No podemos seguir así— decía Marta.

Su voz era apenas un susurro, pero llevaba grietas, roturas.

—He hecho todo lo que estaba en mis manos. Pero esto nos supera. Zero necesita un hospital, necesita máquinas, cirujanos, sangre… todo lo que no tenemos.

Iván apretó los dientes y dio un golpe seco contra la pared.
El eco rebotó, y un trozo de yeso se desprendió.

—No me digas lo que ya sé, Marta. ¡Hay que hacer algo! —gruñó, sin mirarla.

Ella le observó, con los ojos llenos de una fatiga que dolía.

—Lo intento, Iván. Pero sin recursos no puedo hacer milagros. Aquí no tenemos más que vendas, morfina y esperanza.

Sombra, hasta entonces callado, encendió un cigarro.
El sonido del mechero rompió el silencio como un disparo.
Dio una calada profunda y el humo se mezcló con el olor del metal y el miedo.

—Puedo conseguir un médico— dijo de pronto, sin apartar la vista del suelo.

Marta parpadeó, desconcertada.

—¿Qué médico?

Sombra exhaló despacio.
Como si le pesara hasta el aire.

—Uno que conozco. Discreto. Trabaja fuera del sistema. Me debe un favor. Es bueno… muy bueno. No hace preguntas.

Marta le miró, intentando descifrar si hablaba en serio.

—¿Podría venir aquí?
—Sí— respondió él, sin dudar. —Podría traerlo. Sin exponerla. No podemos mover a Zero. Solo necesito una señal, una línea segura, y lo tendríamos aquí antes del amanecer.

Iván levantó la cabeza, incrédulo.

—¿Y por qué mierda no lo dijiste antes?

Sombra le fulminó con la mirada.

—Porque creí que ella iba a resistir— apretó la mandíbula. —Y porque llamar a ese hombre es abrir una puerta que no sé si quiero volver a ver abierta.

Marta dio un paso hacia él.

—No importa. Ábrela. Si puede salvarla, lo que sea vale la pena.

Hubo un silencio espeso.
Sombra tiró el cigarro al suelo y lo aplastó con la bota.

—Está bien— dijo al fin, con voz grave. —Haré la llamada.

Marta asintió, conteniendo el temblor de las manos.

—Hazlo. No nos queda otra.

Sombra se alejó hacia la mesa donde guardaban el teléfono de satélite.
Sus pasos resonaron como martillazos.
El humo del cigarro aún flotaba en el aire, mezclándose con el olor a sangre y desinfectante.

Marta se llevó una mano a la cara.
Iván se desplomó sobre una silla, con la mirada perdida.
Yo les observaba desde la puerta, sintiendo cómo el miedo se transformaba en algo nuevo: una esperanza que dolía.

Me alejé tambaleándome.
No sentía las piernas.
Ni el suelo.
Ni la lógica.
Solo el eco en mi pecho, un vacío brutal.

Volví hasta ella.
Me arrodillé.
Le acaricié la mejilla vendada con manos temblorosas.

—Zero…— mi voz se quebró. —No te puedes ir. No así. No después de todo.

Me doblé sobre ella, con infinito cuidado, y lloré.
Lloré como si todo mi cuerpo gritara.
Como si cada lágrima fuera un grito ahogado que nunca dije.

Me aferré a ella como si pudiera evitar que se escapara.
Como si abrazarla pudiera coserla a este mundo.

—Resiste— le pedí. —Por favor. Resiste. Si te vas… si tú te vas, yo también me voy. No hay mundo sin ti, Nora. No hay nada sin ti.

………

Las horas siguientes fueron una prisión sin barrotes.
Un abismo de relojes muertos.
El silencio en el refugio era antinatural, casi violento.
Nadie hablaba.




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