En medio de todo, tú.

Capítulo 50: Respirar por ella.

El sonido del agua cayendo desde una tubería rota fue lo primero que escuché.
Ritmo irregular.
Constante.
Como un reloj averiado que medía el tiempo en gotas.
Cada una era un recordatorio: seguía viva, ella seguía viva… todavía.

El aire del refugio estaba espeso, viciado, saturado de humo y miedo.
La linterna colgada en el techo parpadeaba cada tanto, lanzando destellos que hacían que las sombras parecieran moverse.

En ese juego de luces y oscuridad, el cuerpo de Zero era un mapa de heridas, una geografía de dolor y resistencia.
El vendaje improvisado de Marta estaba manchado, la piel de su rostro, cubierta por gasas, ya no tenía color.
Parecía más un fantasma que una persona.
Y sin embargo, cada cierto tiempo, su pecho se elevaba con un leve estremecimiento.
Como si desde algún rincón lejano de su cuerpo, la vida aún se negara a rendirse.

Sombra llevaba horas junto a la radio.
El pitido de conexión era constante, monótono, insoportable.

Marta revisaba el vendaje de Zero por quinta vez, aunque no había nada más que pudiera hacer.
Rachel no hablaba.
Vera no se movía.
Iván dormía a medias, en un rincón, con un arma entre las manos, por costumbre más que por precaución.

Y yo… yo solo escuchaba.
El silencio entre pitido y pitido.
El sonido del aire entrando y saliendo de su cuerpo.
Cada respiración era una súplica.

No me atrevía a moverme.
Tenía miedo de romper el equilibrio frágil que mantenía a Zero unida a este mundo.
Miedo de que, si apartaba la vista un segundo, ella decidiera irse.

Marta me ofreció un cigarrillo.
Lo acepté.
El humo rasgó mi garganta como una verdad amarga, necesaria.
Era la única forma de sentir algo que no fuera miedo.

—¿Te ha contestado?— le pregunté a Sombra.

Negó, sin mirarme.
Tenía los ojos rojos.
No sé si de cansancio o de impotencia.

—Pero lo hará— dijo, con la voz tan baja que sonó más a rezo que a certeza.

No sé cuánto tiempo pasó antes de que algo cambiara.
El tiempo en ese lugar dejó de tener sentido.

De pronto, la radio crepitó.
Un chasquido, un par de interferencias, y luego, una voz.
Grave. Cansada.
Con ese tono de quien ha visto demasiado y no se sorprende de nada.

—Habla Sombra— dijo él, rápido, tenso. —Tengo un herido. Grave. Muy grave. Necesito que vengas.

Silencio.
Luego, una respuesta:

—¿Dónde?

Sombra miró a Marta.
Ella asintió.
Y entonces él dijo algo que no había pronunciado en días:

—Finca Devereux. Refugio D-17. Nivel subterráneo. Entrada norte.

El silencio volvió, más pesado que antes.
Hasta que la voz contestó:

—Voy.

Sombra bajó la cabeza.
Como si por fin pudiera soltar el aire que llevaba horas atrapado en el pecho.

—Viene— murmuró.

Nadie dijo nada.
Nadie celebró nada.
Ni un suspiro de alivio.
Era como si todos temiéramos que, al creerlo, estuviéramos tentando al destino.

Pasó casi medio día antes de que escucháramos algo.
Pasos.
Lejanos.

Después, un golpe suave, en clave.
Tres toques.
Silencio.
Dos más.

Sombra se levantó de inmediato.
Abrió la mirilla.
Y le vimos.

No era lo que esperábamos.
No llevaba bata, pero sí un maletín de acero impecable, pesado, con cierres de precisión.
Su ropa era sencilla, pero limpia.
El rostro, marcado por ojeras profundas, denotaba demasiadas noches sin descanso.
Sus ojos, sin embargo, eran lo bastante firmes como para infundir respeto.

Cuando entró, no saludó.
Solo observó.

El refugio entero se quedó en silencio.
Era como si el aire mismo contuviera la respiración.

—¿Dónde está?— preguntó.

Sombra señaló hacia el fondo.
El médico dejó caer la mochila sobre la mesa y caminó hasta ella.

Yo me aparté solo un poco.
No quería soltarle la mano.

El hombre se inclinó sobre Zero.
Le quitó las vendas con precisión.
No con cuidado, sino con urgencia.
Su mirada se movía rápido, analizando, calculando.

Yo no podía apartar la vista.
Cada vez que levantaba una venda, mi corazón se detenía.

—¿Cuánto lleva así?— preguntó, sin mirarnos.
—Tres días— respondió Iván.
—Y sigue viva…— murmuró él, sin ocultar la sorpresa.

Después, se enderezó.

—Necesito espacio. Luz. Silencio. Y a alguien que no se desmaye con la sangre.

Marta se acercó.

—Yo me quedo.

El resto nos apartamos.
Pero no me fui.
No podía.

Retiró los vendajes con sumo cuidado, dejando que el aire helado acariciara las heridas.
Sus manos se movían con precisión.
Sin titubeos.
Como si cada gesto estuviera medido.

Vi cómo Marta seguía sus órdenes sin decir una palabra.
Como si ese hombre fuera la única cuerda que aún nos mantenía sujetos.
Y en medio de todo ese ruido (el metal, el roce de las gasas, el sonido seco del suero cayendo), el mundo se redujo a una sola respiración.
La de ella.
La de Zero.

El médico sacó un estetoscopio y lo colocó sobre su pecho.
Su ceño se frunció.

—Pulso irregular. Saturación bajísima. Pero el corazón… late fuerte. Demasiado para un cuerpo tan roto.

Marta tragó saliva.

—¿Qué significa eso?
—Que está peleando. Aunque no debería poder hacerlo.

El médico trabajó durante horas.
Cortó, drenó, cosió.
Cada movimiento suyo era un acto de precisión quirúrgica.
Un intento desesperado por mantenerla dentro del umbral.
El metal de los instrumentos chocaba con los bordes del maletín, produciendo un sonido seco, limpio, insoportable en el silencio.

Rachel me cogió la mano, en silencio.
Vera apareció, con la cara hinchada de llorar, y se sentó en el suelo.
Sombra fumaba un cigarro tras otro, apoyado en la pared.
El humo llenaba el aire, mezclándose con el olor a yodo y sudor.
Parecía el olor mismo de la esperanza.




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