En medio de todo, tú.

Capítulo 51: El ojo que todo lo ve.

El día comenzó con un escalofrío.
De esos que no vienen del cuerpo, sino del alma.
Lo trajo Sombra, con la piel blanca como el papel, los ojos desencajados y la voz apenas un susurro:

—Hay cámaras— dijo.

Solo eso.
Pero bastó para que todo se congelara.

Marta levantó la vista de los vendajes de Vera.
Iván se giró de golpe.
Rachel, aún con una mano apoyada en su costado herido, se incorporó de inmediato.

—¿Estás seguro?— preguntó Iván, con un tono más rasgado que su garganta.
—He salido esta mañana a vigilar. Las encontré rodeando los árboles, ocultas entre las ramas, apuntando a la casa desde todos los ángulos. Y no parecen desconectadas.

Marta se levantó como si le hubieran clavado algo en la espalda.

—Si esas grabaciones llegan a la policía o a alguien del viejo sistema Devereux…
—Nos entierran— terminó Rachel, incorporándose con esfuerzo.
—Dadme cinco minutos. Voy a entrar en el sistema— Xavier ya tenía el portátil en las manos, los ojos ardiendo.

Las siguientes horas fueron un abismo de códigos, búsquedas frenéticas, pruebas de acceso remoto.
Marta intentaba mantener la calma, ayudando en lo que podía mientras revisaba a Zero sin decir palabra, pero todos sabíamos que algo se había roto.

Hasta que de pronto, la pantalla del portátil se iluminó.

—Lo tengo— susurró Xavier.

La carpeta se abrió.
Videos.
Decenas.
Todos etiquetados con fecha y hora.

Sombra tragó saliva.

—Pon el de esa noche.

Xavier lo hizo.
El pasado volvió.
Y lo vimos todo.

……………

Zero, Xavier y Rachel entrando por el flanco oeste.
En silencio.
Sin armas alzadas.

No atacaban.
Solo hacían ruido.

—La distracción…— susurré, con la voz rota. —Para que nosotros pudiéramos entrar por el túnel.

Se veía la confusión de los guardias al abandonar sus posiciones.

Nosotros, por el lado opuesto, nos infiltrábamos por la galería subterránea.
Lo recuerdo ahora como una bruma.

Después, Zero, Rachel y Xavier avanzando entre sombras, con linternas tenues.
Se movían rápido, calculando cada paso.

De pronto, Zero se detuvo.
Su gesto cambió.
Se giró hacia Xavier, le empujó con una mano por el pecho.

Su boca formó palabras claras incluso sin sonido: “Huye”.
Él negó, insistió, pero Zero fue tajante.
Le empujó otra vez, fuerte, casi con rabia, señalando hacia el bosque.
Rachel la miró un instante, comprendiendo, y asintió.

El vídeo tembló.
Disparos.
Luces fugaces.
Sombras moviéndose entre árboles.

Xavier corrió.
Zero y Rachel se quedaron atrás.
Zero se movía como un rayo, derribando a uno, empujando a Rachel contra el muro para cubrirla.
El humo lo llenaba todo.

El cuerpo de Rachel se movía con precisión, sus disparos coordinados con los de Zero.
Se cubrían, se comunicaban con gestos.

El vídeo no tenía sonido, pero la violencia lo llenaba igual.
Las cámaras incluso grababan nuestra escapada desde distintos ángulos.

Vera, Iván, Sombra y yo, huyendo hacia el bosque.
Luz temblorosa.
Lluvia de ceniza.
La respiración se adivinaba en nuestros movimientos.

Vera tropezó con una raíz, cayó con un golpe seco.
Su cuerpo se dobló de una forma horrible. Intentó levantarse, pero el dolor la venció.
Sombra se detuvo en seco.
Iván gritaba sin sonido, haciéndome señales frenéticas.
Yo corrí hacia ella.

Y entonces aparecieron Zero y Rachel.
Saliendo de la oscuridad como dos relámpagos.
Barro, sangre y fuego en los ojos.

Rachel cubría los flancos, disparando hacia las sombras que se movían entre los árboles; Zero se lanzó hacia Vera, cayendo de rodillas junto a ella.
Le tocó el rostro con suavidad, sus labios formaron unas palabras que no podíamos oír.
Pero su expresión lo decía todo: una promesa muda, un juramento.

Rachel se giró, cubriendo el lado derecho mientras los guardias se acercaban entre destellos de luz.
Zero levantó la cabeza, nos miró.
Su gesto era claro.
“Corred”.

Sombra cargó a Vera sobre su espalda sin dudar.
Iván gritó algo que no se escuchó, empujándome para que avanzara.
Yo miré atrás, temblando, justo a tiempo de verlas (Zero y Rachel) plantadas frente a los guardias, sosteniendo la línea mientras nosotros huíamos.

Otra cámara.
Rachel y Zero seguían luchando.
Se movían entre el humo y los destellos de los disparos como dos sombras vivas.

Rachel estaba herida, la sangre le empapaba la ropa y apenas podía mantenerse en pie.
Zero la sujetó por el brazo, casi arrastrándola, cubriéndola mientras retrocedían entre los árboles.
El vídeo temblaba con el movimiento.

Ambas se ocultaron detrás de un tronco caído; Rachel respiraba con dificultad, apretando los dientes, mientras Zero miraba en todas direcciones, buscando una salida.

Entonces, Zero se inclinó sobre ella.
Apartó hojas y ramas del suelo y empezó a cubrir a Rachel con ellas, con movimientos rápidos, desesperados.
La escondía.
La protegía.

Le habló.
Sus labios se movían con una intensidad feroz, pero sin sonido.
No sabíamos qué decía, pero su expresión lo gritaba todo: una orden.
Una despedida.

Rachel negó.
Intentó levantarse.
Zero la detuvo con una mano sobre el hombro, sus ojos ardiendo en un último intercambio mudo.

Y luego… sin dudar, Zero se incorporó, giró el rostro hacia el bosque y echó a correr.
Los guardias, al verla, cambiaron de dirección.
Disparos.
Movimiento.

Zero los atrajo, alejándolos de Rachel, corriendo entre la maleza como una sombra entre luces.
Rachel intentó alcanzarla, extendió la mano, pero su cuerpo no respondió.
Cayó de rodillas, jadeando, mirando cómo Zero desaparecía entre la niebla y el fuego.

Después, la vimos sacar el walkie del cinturón.
Lo acercó a su boca temblorosa y habló.
Sus labios se movían rápido, urgentes, casi quebrados, pero sin sonido.
Cuando terminó, cerró los ojos un segundo.
Guardó el walkie con manos manchadas de sangre.




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