El refugio seguía quieto, sumido en una calma que no era paz, sino agotamiento.
Esa clase de silencio que se instala cuando ya no hay fuerzas ni siquiera para gritar.
El aire estaba saturado de ansiedad.
Como si todos respirásemos dentro de una misma herida.
Zero seguía en su rincón.
Apenas viva, pero aquí.
Como un hilo invisible que nos mantenía unidos, suspendidos al borde de un abismo.
Nos turnábamos para quedarnos con ella.
Uno por uno.
Como si estuviéramos presentando ofrendas a algo sagrado y roto.
O como si, en el fondo, cada uno necesitara despedirse, aunque no lo dijera en voz alta.
……….
Iván fue el primero.
Se sentó junto a la cama sin hacer ruido.
Tardó mucho en hablar, con las manos entrelazadas, la mirada perdida en el suelo.
Cuando por fin lo hizo, su voz era la de un hombre que llevaba días mordiéndose las palabras.
—Cuando Rachel me contrató, eras un nombre en un expediente. Una mujer arrestada por cargos de los que nadie salía libre— murmuró. —Me pagaron para ayudarte, y pensé que después me iría. Pero te vi luchar. Te vi plantarle cara a tipos que habrían hecho temblar a cualquiera… y entendí que no podía marcharme.
Respiró hondo.
—Te convertiste en una especie de brújula, Zero. En lo único que tenía sentido en medio de este caos.
Se quitó las gafas, se frotó los ojos.
—¿Te acuerdas del día que me diste esa hostia cuando dudé de lo que podía hacer?— su voz era apenas un eco. —Me lo tenía merecido. Tú siempre lo viste todo antes que nadie. Siempre supiste quién era fuerte y quién solo fingía serlo. Y yo… yo llevaba años fingiendo. Pensaba que liderar era mandar. Pero tú me enseñaste que liderar es sostener a los demás cuando ya no pueden más. Y eso hiciste. Con todos. Conmigo.
Agarró con torpeza una de sus manos vendadas.
—Yo… no sé qué será de nosotros si no te despiertas. Pero si lo haces… si lo haces, juro que esta vez no te dejaré sola. Que seré yo quien te sostenga, aunque me parta por la mitad haciéndolo.
Le acarició la frente con una ternura que solo he visto en él cuando cree que nadie le mira.
—No te vayas, jefa. No ahora. No después de haber ganado esta guerra.
Vera fue la siguiente.
Llevaba en las manos una de las pulseras que Zero le había regalado tiempo atrás, hecha con hilo trenzado.
Se la puso en la muñeca como si aquello fuera a servir de talismán.
Le arregló el vendaje del brazo con delicadeza.
Le acomodó la manta.
Le limpió la sangre seca de la oreja con una gasa húmeda.
Y luego habló.
—Te metiste en mi vida como una patada en la puerta. Y no supe qué hacer contigo. Con tu forma de mirar. Con tu forma de entrar en una habitación como si todo fuera tuyo. Pero me salvaste. No de las balas. De mí. De esa parte de mí que ya no creía en nadie.
Tragó saliva.
—Te odio un poco— susurró. —Porque siempre supiste más que yo. Porque nunca me dejaste esconderme. Porque cuando me quería rendir, me obligaste a levantarme. Y ahora estás aquí, como si ya no importaras, como si pudieras irte sin más.
Las lágrimas le resbalaban por la barbilla.
—De niña creí que nadie iba a quererme nunca. Que solo servía para sobrevivir. Y entonces apareciste tú, con tus gritos, tus órdenes, tu forma de ver lo que yo no quería mirar. Y me viste. Me viste de verdad.
Se inclinó y le besó la mejilla con un temblor en los labios.
—Así que no me hagas esto. No me dejes ahora. No te mueras, ¿vale? No te mueras y me obligues a aprender a vivir sin ti.
Sombra entró con pasos suaves.
Durante unos segundos solo la observó desde la distancia, rígido.
Como si acercarse fuera traicionar la coraza que tanto le había costado construir.
Al final dio un paso, y otro, hasta sentarse al borde de la cama.
—Crecimos en los mismos agujeros, ¿te acuerdas? Mismo barrio. Misma rabia. Pero tú… tú siempre supiste usarla mejor. Canalizarla. Convertirla en algo útil.
Su voz, ronca, salía a golpes.
—Yo solo aprendí a callar. A mirar desde las sombras. Por eso me llamas así, porque soy lo que está detrás de ti, siempre.
Suspiró.
—Pero si tú desapareces… ya no tengo a quién seguir. No soy líder. No soy salvador. Solo soy alguien que te debe la vida.
Bajó la cabeza.
—Te odio por lo que hiciste— murmuró con un nudo en la garganta —Te odio por cargar sola con todo, por decidir por nosotros, por no dejarnos ayudarte.
Silencio.
—Pero también te quiero. Porque no conozco a nadie más capaz de hacer lo que tú hiciste.
Se inclinó hacia ella.
Bajó la mirada, y por primera vez en mucho tiempo, su voz se rompió de verdad.
—No tengo muchas cosas buenas en mi vida. Tú eres una de ellas. No te vayas Zero. No me hagas perder esto también.
Rachel fue después.
Se sentó en el suelo, a su lado, con las piernas cruzadas y los hombros caídos.
Durante un momento, solo la miró.
Sus ojos parecían buscarla bajo toda esa palidez.
Como si esperara que en cualquier segundo Zero abriera los suyos y soltara alguna de sus bromas bruscas, de esas que dolían pero curaban al mismo tiempo.
Pero no lo hizo.
Y entonces Rachel habló, apenas un hilo de voz:
—Amiga…
Esa palabra, rota, seca, me desgarró.
Rachel se inclinó un poco, acariciando con los dedos un mechón del pelo de Zero, apartándolo con cuidado.
—¿Recuerdas cuando robamos comida por primera vez? Tenías quince años. Yo, catorce. Pensábamos que éramos invencibles.
Soltó una risa ahogada, un temblor más que una risa.
—Te lanzaste al guardia como un animal. No por valentía. No por hambre. Por mí. Porque me estaban arrastrando y tú no lo permitiste.
Se detuvo, tragando saliva.
—Toda la vida hemos estado así, ¿no? Cuidándonos entre la mierda. Sobreviviendo como sabíamos.
La miró con una mezcla de ternura y rabia.