ZERO
Todo era luz.
Una luz blanca, inmensa, que no venía de ningún sitio y a la vez lo inundaba todo.
No era como la del sol, ni como la de una linterna apuntándome a la cara. No.
Esta era más suave, más viva.
Palpitaba.
Tenía algo de aliento.
Como si fuera una respiración antigua que me envolvía por completo.
Como si fuera una voz muda que me acariciaba los huesos.
Nada dolía.
Eso fue lo primero que noté.
No había peso en las costillas, ni fuego en las heridas, ni esa punzada constante que había aprendido a ignorar con los años.
No había miedo.
Solo silencio.
Un silencio tan profundo que parecía latir, respirando conmigo.
Flotaba.
O quizá caminaba, no lo sé.
Era como moverse sin pies, existir sin cuerpo.
Sentía el aire (si eso era aire) en la piel.
Pero no pesaba.
Era liviana.
Libre, por primera vez.
Y durante un instante quise quedarme así.
Porque dolía más recordar que morir.
Porque en ese lugar, todo lo que fui (la culpa, la furia, el cansancio, los gritos) desaparecía.
Como si nunca hubiera existido.
Pero entonces, la escuché.
—Hola, mi niña.
Mi corazón, si es que seguía latiendo, se encogió.
Esa voz.
Esa voz que había buscado tantas noches entre los sueños.
Esa voz que había deseado volver a escuchar más que cualquier otra cosa en el mundo.
Me giré.
Y allí estaba.
Mi madre.
Vestía una camisa blanca, de lino fino.
El pelo cayéndole sobre los hombros, los ojos tranquilos como un amanecer.
Su piel no tenía rastros de tristeza ni de enfermedad.
Solo había calma en su rostro.
Calma y una ternura que me rompió por dentro.
A su lado, de pie, como si nunca se hubiese ido, estaba mi hermano.
Mi grandullón.
El chico de la sonrisa fácil, el que me protegía incluso cuando no podía.
El que enterré con las manos temblando, jurando no volver a llorar.
Estaba ahí.
Entero.
Vivo.
Sonriéndome como si me hubiese visto ayer.
—¿Dónde estoy?— pregunté, pero la voz me salió tan baja que ni yo me creí.
Ellos no respondieron al principio.
Solo me observaron.
Como si quisieran asegurarse de que entendía.
Como si supieran que las respuestas, en este sitio, no necesitaban palabras.
—Todo está bien, hija— dijo mi madre finalmente, avanzando hacia mí.
Me cogió las manos.
Y el calor que sentí no era imaginario.
No podía serlo.
Era ella.
Era su tacto.
Era su olor.
A hogar, a niñez.
Cerré los ojos y respiré hondo.
Y por un instante… por un solo y terrible instante… sentí que me rendía.
Que ese lugar podía salvarme de todo.
De la culpa, del dolor, de la furia, del peso de haber vivido tantas vidas en una sola piel rota.
Y pensé: Así debe sentirse la paz.
Y pensé: Quizá por fin puedo parar.
Pero entonces algo dentro de mí vibró.
Una imagen.
Una voz.
Un grito.
Lara.
Rachel.
Sombra.
Sus caras, su miedo, sus manos llenas de sangre que no era solo la mía.
El refugio.
El bosque.
Todo volvió.
Como un eco lejano que no quería morir.
—No entiendo…— susurré. —¿Estoy muerta?
Mi madre y mi hermano se miraron.
Y el silencio que los unió fue tan claro, tan hondo, que dolía.
Pero lo que vi en sus ojos no fue alegría por verme.
Fue algo más triste.
Más humano.
Pena.
—No, Nora— dijo mi madre con voz temblorosa. —No lo estás.
Mi nombre.
Ese nombre.
Hacía tanto que nadie lo pronunciaba así… con ternura, sin miedo, sin peso.
Nora.
El sonido de su voz me atravesó como una ráfaga cálida, y sentí cómo algo dentro de mí se quebraba.
Por un segundo, quise llorar.
Porque ese nombre me dolía.
Porque me recordaba todo lo que perdí cuando dejé de ser ella.
Si no estaba muerta…
¿Entonces qué era esto? ¿Dónde estaba realmente? ¿Era un sueño, un limbo, un castigo? ¿O simplemente el eco de una mente rota que se negaba a soltar el mundo?
Miré mis manos, la luz que las rodeaba, tan nítida, tan irreal.
Todo parecía más vivo que la vida misma.
—Pero…— balbuceé. —Aquí no duele. Aquí no hay miedo. ¿Por qué iba a volver?
Mi hermano sonrió, esa sonrisa que me rompía y me cosía al mismo tiempo.
—Porque aún no has terminado— dijo.
—¿Terminado?— repetí, casi riendo. —¿Cuánto más puedo dar? Ya no me queda nada. He sangrado, he peleado, he perdido. Lo di todo.
Mi madre negó suavemente.
—Te queda lo más difícil— susurró. —Vivir.
Las lágrimas me nublaron la vista.
—No quiero volver. No quiero seguir despertando en un mundo que solo sabe morder. Estoy cansada, mamá. Cansada de cargar con los muertos, con la culpa, con lo que no pude salvar.
Ella se acercó más.
Sus manos cogieron mi cabeza.
Como cuando era niña y me escondía entre sus brazos.
—Y sin embargo sigues aquí— dijo. —Sigues luchando incluso ahora.
—Porque no sé hacer otra cosa.
—Exacto— Sonrió. —Eres mi hija. Naciste para pelear, no por odio, sino por amor.
Esa palabra me atravesó.
Amor.
Mi hermano dio un paso adelante.
—No te trajimos para que descanses, Nora. Te trajimos para recordarte quién eres. Porque… alguien te necesita más que nosotros.
Y entonces la vi.
A Lara.
Su cara sucia, sus ojos deshechos de llorar, su voz quebrada llamándome una y otra vez.
Vi a Rachel sosteniéndola, temblando.
Vi a Vera, a Sombra, a Marta, a Iván, a Xavier, a Nuria.
Todos esperando, creyendo, pidiendo que volviera.
Sus nombres eran luz también.
Luz que me tiraba hacia atrás.
—No puedo…— dije, sollozando. —No puedo seguir perdiendo. Si vuelvo, volveré a sangrar. Volverá el miedo, la culpa, el ruido…
Mi madre me abrazó.
Fuerte.
Tan fuerte que casi pude sentir mis huesos recomponerse dentro de su abrazo.