En medio de todo, tú.

Capítulo 54: La última llama.

Zero ya no estaba dormida.
Y aunque seguía con los ojos medio entornados, las palabras deshilachadas, el cuerpo tembloroso, el simple hecho de que respirara nos devolvía el equilibrio que habíamos perdido.

La amenaza había terminado.
El imperio de los Devereux estaba reducido a humo, gritos antiguos, cadáveres y polvo seco esparcido entre el barranco, el bosque y la finca.

No quedaban perseguidores.
No quedaban órdenes.
No quedaba miedo.
Solo quedábamos nosotros.
Y lo que éramos ahora que todo había ardido.

El primer día tras su despertar fue una nube densa de cuidados torpes.
De sonrisas que no sabían si estallar o esconderse.
De manos demasiado atentas y miradas que no se atrevían a perderla de vista.

Zero no hablaba mucho.
Apenas murmuraba monosílabos.
Le dolía el pecho al respirar, los huesos al moverse, la cabeza al pensar.

Las heridas de su cuerpo seguían abiertas, lentas, obstinadas.
Las vendas se manchaban a veces con sangre seca, y su piel, tan pálida, parecía un recordatorio de que la vida había vuelto a ella… pero apenas.

A veces se quedaba absorta mirando al techo como si no terminara de creer que había sobrevivido.

—¿Recuerdas algo de lo que pasó después de que nos separamos?— le preguntó Rachel en voz baja, sentada a su lado.

Zero parpadeó, despacio.
La miró como quien mira a alguien que ha estado dentro de un sueño confuso.

—No todo… solo… momentos. Fuego. Ramas. Gritos. Y frío.

Sus labios apenas se movieron.
Rachel la cogió la mano sin decir nada más.

Ya habría tiempo.
O no.
Nadie le iba a exigir que recordara el infierno.

Zero se recuperaba.
Lenta, obstinada, humana.
No había nada glorioso en su sanación.
Nada cinematográfico.
Solo el cuerpo haciendo lo que el alma le permitía.

Y nosotros, aprendiendo a no pedirle prisa.

El refugio seguía siendo nuestro escondite.
No podíamos salir aún.
Era demasiado pronto.
El silencio fuera era sospechoso, y ninguno de nosotros se fiaba de un mundo que había aprendido a rugir sin avisar.

Así que nos quedamos.
Entre las paredes húmedas, el olor a yeso, las mantas viejas y la promesa de que el peligro, por ahora, no volvería a tocarnos.

Rachel estaba a su lado casi siempre.

Sombra patrullaba el perímetro al amanecer.
Como si necesitara comprobar cada día que la guerra de verdad había terminado.

Iván a veces le acompañaba, pero pasaba más tiempo con Vera, ayudándola a caminar sin que ella lo notara.

Marta revisaba las curas sin tocar demasiado.
Como si el mínimo roce pudiera romperla.

Xavier escribía cosas que no mostraba a nadie.

Y Nuria observaba en silencio, con la mirada de quien por fin entiende lo que significa quedarse.

Yo…
Yo simplemente respiraba por ella.
Cada vez que sus párpados temblaban.
Cada vez que murmuraba mi nombre en sueños.
Cada vez que su pecho subía, aunque fuera un milímetro.

Ese día, la encontré sentada en el borde de la cama.
Manta sobre los hombros.
El pelo despeinado.
Cayéndole sobre la frente.

Miraba un punto que nadie más podía ver.

Fui a su lado, despacio.
Me senté sin decir palabra.
El silencio pesaba.
Como si aún estuviéramos midiendo cuánta vida quedaba entre nosotras.

—Lara…— dijo de pronto, sin mirarme. —¿Puedo preguntarte algo?
—Lo que quieras.

Tardó unos segundos.
Quizá años.

—¿Por qué te quedaste después?

Tragué saliva.
Sabía a dónde iba esa pregunta.

—¿Después de qué?
—Después de cómo te traté. Después de todo lo que te dije, de todo lo que dejé que ese apellido me hiciera ver en ti. Después de que te hiciera sentir que dolías… solo por algo que tú no elegiste.

El nudo en mi garganta fue tan real que tuve que parpadear varias veces para no ahogarme.

—Porque entendí— le dije al fin. —Porque cuando me mirabas con ese dolor, no me mirabas a mí, Zero. Mirabas todo lo que te arrebataron. Todo lo que ese nombre te quitó. Y aún así… encontraste un hueco para mí entre tanta rabia. Y eso… eso lo entendí.

Ella cerró los ojos, respiró hondo, tembló un poco.

—No fue justo— murmuró. —Te hice cargar con una herida que no era tuya. Te empujé lejos cuando en realidad quería que te quedaras. Tenía tanto miedo, tanto odio dentro, que no supe cómo no convertirte en otra cicatriz.

Le cogí la mano.
Estaba fría.
Frágil. Viva.

—No eres la única que tiene cicatrices, Zero. Y no eres la única que se equivoca. Yo también dudé. Pero lo importante es que estás aquí. Y que yo estoy aquí. Y que eso… eso basta.

Ella me miró por fin.
Y esa mirada…
Esa mirada no era de disculpa.
Era de entrega.
De rendición.

—¿Sabes lo que fue para mí verte en esa mansión, con ellos?— su voz se quebró. —Llevar su nombre, su historia, su sombra. Yo tenía miedo, Lara. Miedo de que un día te dieras cuenta de que ellos eran parte de ti… y decidieras quedarte. Por eso te empujé. Porque prefería perderte a ti… antes que verte elegirles.

Sentí un desgarro.
Como si sus palabras rasgaran algo que yo también había estado escondiendo bajo piel y silencio.

—¿Y tú sabes lo que fue para mí— susurré —saber que me mirabas y veías a tus monstruos?

El dolor flotó entre nosotras como un hilo invisible que por fin nos atrevimos a tensar.
Y después, a soltar.

—Lara…— susurró. —Lo siento. Por todo. Por el miedo. Por el rencor. Por no haberte amado bien.

Le acaricié la cara, ese rostro tan suyo, tan marcado y sin embargo tan hermoso que dolía mirarlo.

—No me amaste mal, Zero. Me amaste como supiste. Como te dejaron aprender. Y aún así, fue el amor más valiente que conocí.

Entonces ella sonrió.
Rota.
Llena.
Hermosa.

—Al final vas a conseguir que me emocione— murmuró, con esa voz que parecía salida de un lugar donde la tristeza y el amor se abrazan sin hacerse daño.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.