En medio de todo, tú.

Capítulo 55: El mundo después.

Nunca pensé que el silencio doliera tanto.
Pero dolía.
Un silencio espeso, casi sólido.
Como si el aire hubiera retenido todos los ecos de nuestras voces, de nuestras risas, de nuestros llantos… para no dejarlos escapar.

El refugio estaba medio vacío.
Y cada objeto que recogíamos dejaba una especie de herida en el suelo, en las paredes, en nosotros.
Como si desanidar fuera también una forma de despedirse de lo que fuimos.

Vera doblaba lentamente una manta, sentada en el colchón donde pasó semanas enteras.
La pierna le seguía molestando, pero ya no se quejaba.
Se había vuelto parte de su silencio.

Rachel, con las vendas aún ceñidas al abdomen, movía despacio su mochila, cerrándola como quien clausura una etapa que no quería soltar del todo.

Y Zero… Zero observaba.
Sentada junto a mí, con los brazos cruzados sobre el pecho, miraba cada rincón como si quisiera tatuárselo en la memoria.

—¿Te pasa algo?— le pregunté en voz baja.
—Estoy diciendo adiós— respondió sin apartar la vista de un rincón polvoriento. —A todo esto. A lo peor. Y a lo mejor también.

Asentí.
Porque yo sentía lo mismo.

Este lugar que nos había protegido y encerrado, que nos había sostenido y asfixiado… también había sido testigo de nuestras grietas, nuestras reconciliaciones, nuestros miedos y nuestros amores.

Marta metía papeles en una carpeta.
Le temblaban un poco las manos, aunque intentaba disimularlo.
Xavier ayudaba a Sombra a desmontar una estantería improvisada hecha con cajas.
E Iván, en una esquina, se ajustaba la mochila con parsimonia.
Como si estirara el instante antes de salir.

Cuando salimos, el mundo parecía demasiado grande.
Como si se hubiera expandido mientras no mirábamos.

El sol nos abrazó con una tibieza extraña.
Ya no quemaba.
Ya no dolía.
Y aún así, había algo de irreal en ese cielo azul impecable, en ese aire limpio que no olía a sangre ni a miedo.

Zero dio sus primeros pasos fuera con lentitud, cada músculo en su cuerpo parecía discutirle el movimiento.
Pero lo hizo.
Porque siempre lo hace.

Vera caminaba con ayuda, pero con una dignidad imposible de explicar.
Y Rachel bromeaba con que parecía la abuela del grupo, aunque todos sabíamos que era su manera de no quebrarse.

—¿Os acordáis de cuando llegamos?— preguntó Iván, con una sonrisa nostálgica. —No éramos ni un equipo. Éramos piezas rotas.
—Y ahora…— suspiró Vera, mirando al bosque. —Seguimos rotos. Pero sabemos cómo sostenernos.

El camino de tierra que se abría frente a nosotros era el mismo por el que alguna vez huimos, cargados de adrenalina y desesperación.
Ahora lo pisábamos con otra clase de vértigo.
El de los que no tienen nada que perder, pero tampoco están seguros de cómo volver a empezar.

—Supongo que aquí nos separamos— dijo Iván, tras varios minutos en silencio. —Cada uno a lo suyo.
—No me gusta cómo suena eso— murmuró Rachel, y se giró hacia todos. —No me gusta nada.
—No es un adiós— intervino Marta. —Es solo una pausa. Una curva en el camino. Pero seguimos siendo nosotros.

Sombra, como siempre, no dijo nada.
Pero sus ojos…
Dios, sus ojos decían más que cualquier discurso.
Tenía los puños cerrados, la mandíbula tensa.
Como si el mundo fuera demasiado ruidoso sin nosotros cerca.

Xavier rompió el silencio extendiendo la mano al centro del grupo.

—Lo que somos… no muere con una despedida.

Uno a uno, fuimos colocando nuestras manos encima.
Una torre de dedos, de cicatrices, de promesas.

Zero miró a todos, uno por uno.
Sus ojos estaban más abiertos que nunca.
Como si ahora sí pudiera vernos del todo.

—No sé cómo seguir -dijo en voz baja. —Pero si alguna vez pierdo el norte… Sabré volver a vosotros.

Rachel se adelantó, con una torpeza que disfrazaba de broma.

—Me salvaste de mí misma, Zero. Y eso… eso no lo hace cualquiera. Eres mi hermana. Eres lo único que tengo.

Ella la abrazó con un temblor visible.

—Y tú me enseñaste a querer sin miedo. Te debo tanto…

Vera se acercó cojeando y la abrazó también.
Con fuerza.
Con lágrimas.
Sin palabras.
Como si hablar pudiera romper algo delicado.

—Fuiste mi salvavidas— le dijo Zero al oído. —Cuando no creía merecerlo.

Iván se acercó después.
La rodeó con un brazo y le dijo, sin adornos:

—No eras una causa. Eras una persona. Y te vi. Desde el principio.

Zero asintió, como quien por fin acepta ser vista.

Sombra fue el último.
Le rozó la frente con los dedos, suave.
Como una bendición muda.

—Nunca me juzgaste— susurró Zero. —Solo estuviste. Gracias por quedarte cuando todo se iba.

Y entonces, se giró hacia mí.
Se acercó.
Me cogió las manos.

—Y tú…— empezó, pero tuvo que tragar saliva antes de seguir. —Tú fuiste la herida y la cura. La pregunta y la respuesta. Fuiste todo lo que me dolía y todo lo que quería. Perdón por todo lo que te hice cargar.
—Te perdoné desde antes de que me hirieras— le dije, apenas en un susurro. —Porque te amé antes de entenderte.

Nos abrazamos.
No como dos personas que se reencuentran.
Sino como dos almas que, por fin, se reconocen.

Luego caminamos.
Cada uno con su mochila.
Con sus cicatrices.
Con sus fantasmas.

Pero también con un pedazo de los otros en el pecho.
Porque eso es lo que éramos ahora.
Familia.
Aunque no lleváramos el mismo apellido.
Aunque el mundo nos empujara en direcciones distintas.

Éramos promesa.

Y a veces… con eso basta




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