En medio de todo, tú.

Epílogo.

No sé cuánto tiempo ha pasado.
No lo mido en días, ni en meses.
Lo mido en silencios que ya no duelen, en heridas que aprendieron a no sangrar.
Lo mido en besos suaves.
En llamadas que se responden sin urgencia, solo por amor.
Lo mido en el eco de un “seguimos aquí”, aunque no estemos todos en el mismo lugar.

Después del final, vino lo otro
Eso que nadie te enseña.
La vida.

…………

Rachel volvió a su bar.

El viejo local de siempre, con sus luces cálidas y ese olor a miedo y cerveza vieja.
Pero algo había cambiado en ella.
Ya no era solo la tipa que servía copas y soltaba chistes de barra.

Ahora tenía una historia en los ojos.
Una de esas que no se cuentan de golpe, sino a sorbos, en confianza.

Colgó una foto en la pared, justo detrás de la caja.
Una foto nuestra, tomada en algún rincón del refugio, con las caras ojerosas y sonrisas de victoria.

Dice que cada vez que mira esa imagen, se acuerda de que sobrevivimos.
Y de que, incluso en lo más oscuro, encontró a su familia.

.........

Marta volvió al estrado.
Al derecho.
A los pliegues del sistema.

Pero volvió distinta.
Más firme.
Más libre.

Ya no defiende a cualquier cliente.
Ahora elige.
Se convirtió en abogada de causas que tienen corazón.

Y a veces, cuando nadie la ve, busca nuestros nombres en viejos expedientes, como si así pudiera comprobar que seguimos a salvo.
Que no fue un sueño.

.......

Sombra y Vera regresaron a su mundo.
Al de los márgenes.
Al de las esquinas donde nadie mira.
Pero ahora lo recorren con otro aire.

Sombra se dedica a ayudar a chicos perdidos, de esos que podrían haber sido él.
Les enseña a pelear, sí, pero también a parar.
A no volverse sombra del todo.

Vera, por su parte, ha encontrado un rincón que llama suyo.
Pequeño, lleno de plantas que se le mueren y revive con una terquedad increíble.
Ha aprendido a estar quieta, aunque a veces se le escape la mirada como si echara de menos el ruido.

Dice que ya no corre.
Ahora camina.
Y eso, para ella, es una revolución.

........

Iván volvió a su guarida de cables, pantallas y tazas de café frío.
Pero ya no es solo el hacker brillante y solitario.

Ahora recibe visitas.
Charla con Rachel.
Comparte códigos con Xavier.
Y a veces… incluso se ríe.

Dicen que está desarrollando algo nuevo, un sistema de protección para personas en peligro.
Algo que combine anonimato, refugio y esperanza.
Lo hace por nosotros.
Por los que vienen después.

........

Xavier…
Xavier sigue programando.
Pero ya no lo hace para los Devereux.
Ahora escribe líneas de código como quien limpia una herida.

Trabaja en una organización independiente, ayudando a desmantelar lo que queda del sistema sucio que alguna vez sirvió.

Nos vemos cada tanto.
Solemos hablar de cuando éramos niños, cuando aún no sabíamos en qué se convertiría el mundo.
Y me mira como si todo eso ya quedara muy lejos.
Como si ahora sí, estuviéramos en paz.

......

Y Zero.
Dios. Zero.

Al principio fue lento.
Muy lento.
Su cuerpo se curó despacio, como si dudara si merecía sanar.
Pero sanó.

Y con cada paso, con cada noche sin pesadillas, volvió a encontrarse.
Volvió a mí.

Vivimos juntas ahora.
En un piso pequeño, con paredes sin secretos y ventanas que dan al cielo.
A veces discutimos por tonterías.
Otras veces nos quedamos en silencio largo rato, solo mirándonos.

Pero cada noche, sin falta, Zero me busca la mano en la cama.
Y yo se la doy.
Siempre.

Porque después de todo…
Después de perderla.
De buscarla.
De encontrarla.
¿Cómo no dársela?

Le gusta cocinar aunque se le queme todo.
Yo hago el café, ella pone la música.

Los domingos salimos a caminar por parques que antes no existían en nuestro mundo.
Y cuando me mira, ya no hay sombra.
Solo luz.

—¿Crees que hicimos lo correcto?— me preguntó hace poco, mientras nos sentábamos en el alféizar de la ventana, viendo la ciudad respirar.
—No lo sé— le dije. —Pero hicimos lo necesario.

Ella asintió.
Y luego me besó.
Con esa forma suya de sellar respuestas.

A veces nos escribimos todos.
Un grupo de mensajes que suenan a casa.

“¿Estás bien?”
“¿Te acuerdas de esto?”
“Os echo de menos.”

A veces nos vemos.
Pocas.
Pero cuando lo hacemos, el tiempo se disuelve.

Y ahí estamos otra vez.
No como soldados.
Ni como víctimas.
Sino como algo mucho más fuerte.
Supervivientes.
Familia.

Esto no es un final.
Porque hay heridas que no cierran.
Pero sí hay paz.

Y después de tanta sangre, de tanta fuga, de tanta verdad revelada a gritos…

La paz…
La paz sabe a milagro




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