ATENEA
Mis ojos permanecen cerrados y aunque mi conciencia ahora está viva, puedo escuchar a través de la puerta de mi habitación los gritos y reniegos de mi madre. Otra vez estaban discutiendo, y está vez era culpa mía. Me había quedado dormida, y había faltado a clases, por eso discutían, porque yo seguía en esta casa. Quería enfrentarme y decirles que me iría pero probablemente me ganaría un golpe o dos.
Podía permitírmelo por supuesto, siempre y cuando no fuesen en la cara, me levanto rápidamente de mi cama y camino en dirección a la puerta, sin permitirme dudar la abro de golpe y camino hasta las escaleras, comenzando a bajar por ellas.
Las voces se vuelven cada vez más claras y fuertes, se encuentran ambos en el centro de la entrada, la primera persona en notarme es mi madre, por los ojos casi podía echar fuego, me miraba como si quisiera que yo desapareciera. Mi estómago se encoge ante su mirada. La veo caminar decidida hasta mí me toma del cabello jaloneándome y me hace caer de rodillas al piso, mantengo mi vista en sus zapatos y contengo mis lágrimas lo más que puedo.
—¿Sabes lo maldita mente costosa que eres, pequeña perra? —grita con furia en su voz.
—Eleanor. —advierte mi padre de igual modo.
—No necesita un psicólogo Will, está fingiendo ¿No te das cuenta? —grita pisando sobre sus pies.
—Basta.
—¡No! Si quiere que alguien la escuche aquí estoy yo. ¡Habla! —tira de mi cabello para que nuestros ojos se encuentren, ya no puedo contener mis lágrimas más tiempo así que una se desliza por mi mejilla— ¡Deja de fingir maldita perra, deja de fingir!
Mi estómago se revuelca una y otra vez con demasiada fuerza por la manera en la que se dirige a mí, mi mirada vaga hasta mi padre pero no hace nada, simplemente me observa con lástima.
No va a defenderme.
Nunca lo hace.
Y aún así la esperanza alberga en mi, de que quizás yo le importe un poco más esta vez y me la quite de encima.
—Ya dije que no iré más. —susurro temblorosa.
—¡No es suficiente! ¿Qué demonios le dijiste a Maribel, eh?
—Nada. —susurro con la voz temblorosa.
Una cachetada se estrella contra mi mejilla, ardiendo por completo incluso hasta mi cuello, un primer sollozo escapa de mi, pero no me atrevo a abrir los ojos nuevamente.
—¡No necesitas un psicólogo! —grita furiosa.
No sé si su rabia va exactamente a mí o simplemente se está desquitando conmigo por algo que le sucedió.
—Tú no sabes nada. —mascullo.
Me gano otra cachetada más, y mucho más fuerte.
Realmente no me importaba cuantas veces más me golpeara, me había vuelto inmune al dolor gracias a ella, gracias a los miles de golpes que había recibido de su parte en los últimos años, estaba furiosa conmigo misma por permitirlo, no quería que ella me humillara nuevamente, no quería sentirme inferior a ella una vez más.
—¿Qué no sé? —pregunta con tono firme y furioso, vuelve a jalonear mi cabello con fuerza logrando que mi cuello apenas y truene del fuerte jalón.
Aparto su mano de mi cabello de un manotazo, porque me encuentro llena de rabia, y si ella puede desquitarse conmigo yo también quiero desquitarme con ella.
—¡No sabes nada! —gritó levantándome del suelo y poniéndome a su altura, una sonrisa burlona se planta en su boca y me hace sentirme incluso más molesta que antes.— ¡Tú no sabes lo que es querer morirse por tener una madre de mierda! ¡No lo sabes!
—Atenea. —advierte mi padre a su lado, y sé que va a defenderla.
—¡Atenea no! —grito con la vista nublada y abrazándome a mi misma— Me tienen harta. ¡No saben lo difícil que es para mí vivir, y las ganas que tengo de morir para alejarme de unos padres de mierda como ustedes! ¡Todo esto es culpa suya! —las lágrimas comienzan a correr por mi rostro, una tras otra— Es su culpa que yo me sienta así, y no saben lo pesada que es la maldita vida, porque les vale un carajo lo que pase, ¡Michael murió por su culpa, por su descuido!
—Atenea detente. —nuevamente la voz de mi padre resuena, cierro los ojos cansada de que la defienda a ella pero no a mí.
—Estoy deprimida. —susurro— no saben lo jodido que es estarlo, tengo ataques de pánico todos los malditos días, y lloro todas las malditas noches por tener que seguir viviendo. ¡Pero eso ni siquiera les importa!
Comienzo a sollozar con fuerza. Siento mi pecho vibrar una y otra vez, mi estómago se revuelve con ganas de salir de allí. No aguanto muchos minutos más aquí. Así que corro en dirección a la puerta sin importarme ir en pantuflas y en pijama, quería irme. Así que salí corriendo sin mirar mi casa nuevamente, podía escuchar los gritos de mi padre y las maldiciones de mi madre. Pero no me importaron.
Mis pies comenzaron a arder de lo mucho que los forcé a hacer esto. Estaba arrepentida de haber explotado de esa manera frente a ellos, no debí haberlo echo, pero no tuve opción, sentía que ellos debían saberlo, y quería que estuvieran advertidos por si algún día lograba morir. Que quedara en su maldita conciencia, porque me han hecho cargar con la culpa de Michael desde hace cuatro años.
Observo la fina hierba apenas creciendo a mis pies, y corro por encima de ella, sabía a donde me dirigía porque venía aquí tantas veces, con el mismo pensamiento en mente. La muerte.
Continúo corriendo sin parar hasta que el acantilado se volvió más cercano, estaba decidida a saltar, iba a hacerlo. Pero un susurro con mi nombre me hizo frenar con fuerza, alcanzando justo el momento exacto antes de caer. Me dejo caer sobre el césped temblando, mi cuerpo se sacude en pequeñas convulsiones ante los sollozos que escapan de mí.
Estaba cansada de todo. Y de todos.
Quería morir. Pero era demasiado cobarde para hacerlo, no tenía la fuerza suficiente para dejarme caer, o para apretar el gatillo, era cobarde.
Mi mente cayó en Lucas, en lo decidida que estaba a dejarlo entrar, a la paz que sentía cuando estaba con él, a lo amable que era conmigo.