ATENEA
La vida no es sencilla, vivir no es sencillo, respirar se siente como estar sumergida en el océano con cadenas en los tobillos y sin un tanque de oxígeno. La vida me pesa aún más que si estuviese cargando cien veces mi propio peso, la sociedad suele decir que la vida es fácil, pero siendo honestos la sociedad es una completa y vil mentirosa. La gente a mi alrededor se aferra todo el tiempo a la absurda idea que para vivir tan sólo basta con respirar, es ridícula la manera en la que la que la gente resume la vida, sólo tienes que respirar es como decirle a un paralítico que para caminar sólo tienes que mover los pies, o a alguien deprimido que sólo debe sonreír para dejar de estarlo. La sociedad tiene la culpa de nuestras propias decepciones, porque lo hacen ver fácil, hacen que nuestras expectativas suban hasta el cielo para después dejarnos caer abruptamente hasta el abismo de la decepción al descubrir lo contrario, hacen ver la vida como una película estupenda, cuando realmente para vivir hace falta mucho más que respirar o sobrevivir.
La vida es más allá que aquel cosquilleo en el estómago cuando viajas a tu lugar favorito, es más allá que sentir la boca aguarse ante la presencia de tu comida favorita, es más allá que la sensación de paz cuando alguien te saca una sonrisa, incluso más allá que esas lágrimas al escribir algo que anhelas. Son todas esas sensaciones que me causa ver las flores. Eso es la vida, es sentir que estás disfrutando cada maldito minuto de tu existencia en la tierra, cada persona vive de manera diferente, otras simplemente se resignan a que mientras respiren tendrán que sobrevivir, yo soy parte de la segunda porción.
Tengo clara una cosa; Y es que no todas las personas nacimos para hacerlo, no todos estamos listos para vivir.
Yo no me siento lista para hacerlo.
Mi vida no es más que problemas, quizás no tengo una enfermedad mortal, pero diablos, incluso eso para mí suena como el cielo. Era un desastre, lo soy, un completo caos, mi vida ante los ojos de cualquier persona podría parecer sencilla, de todos modos, ¿qué problemas podría tener una simple chica de diecisiete años?
Ninguno.
Al menos no para ellos.
Mi vida es simple, claro.
Tan simple que no puedo siquiera recordar la primera vez que llegué a sentirme como me siento en estos momentos, tan insignificante y con ganas de renunciar a la vida.
Quiero renunciar a esta sensación, quiero poder abrir mi garganta y desaparecer ese nudo que es imposible de tragar, quiero sacarme el corazón para que deje de latir de manera desenfrenada, pero a la vez, quiero acobijarlo para que deje de estar frío. Necesito una cajita para sacar mis pensamientos y guardarlos todos ellos con llave ahí mismo, quiero tantas cosas que a veces para obtener todas ellas la solución más sencilla es desaparecer.
Mi mente no deja de viajar a aquel cuatro de febrero, puedo aún escuchar sus gritos suplicando mi ayuda, aún puedo sentir el frío suelo acariciando mis pies descalzos, recuerdo la sensación de sentir como mi corazón quería escapar por mi garganta, mi piel sudorosa y temblorosa ante ese sentimiento de no poder salvarlo.
Me pregunto si la vida me dejó aquí para que sufriera todo lo que le hice sufrir a él, me pregunto si estoy pagando ese gran karma que me merezco por no poder ayudarlo. Puedo imaginar miles de destinos para mí, pero en ninguno de ellos soy feliz. Miles de voces me torturan todos los malditos días, no hay día en el que no estén presentes. Me lo merezco.
Es tu maldita culpa Atenea.
Debiste estar tú en su lugar.
Anda, hazlo. ¿Ó eres tan cobarde cómo pensé?
Lo sabía.
Eres completamente absurda.
Vivo en una realidad diferente, en una realidad que mi yo de apenas ocho años nunca pudo llegar a imaginar, quiero abrazar a la pequeña versión de mi misma y decirle que debía prepararse para la vida, porque la felicidad sólo existe en esa pequeña e ingenua imaginación, la felicidad permanece sólo en esos cuentos de hadas que tanto le gustan, pero que su realidad iba a ser todo lo contrario, nuestra realidad. Quiero advertirle que se prepare porque nunca va a ser feliz.
Deslizo lentamente con mis manos temblorosas la pistola que sostengo entre mis pálidos dedos, de un lado a otro sobre mi cabeza, la paso de mi mejilla hasta mi mentón, disfrutando la presión que ejerce sobre mi húmeda piel, cierro los ojos apretándolos con fuerza, el dolor es diminuto a comparación de lo que mi corazón siente.
Las lágrimas empapan mis mejillas, no dejan de correr sobre mi rostro, es cómo si una enorme cascada se estuviera desbordando dentro de mí, incluso mi suéter gris y viejo se ha mojado casi por completo, hay un conocido sabor salado sobre mis labios que me termina de demostrar que todo esto es real. La ola de sensaciones me lo demuestran. Mi momento ha llegado, ya puedo sentirlo.
Hazlo.
Despego de mi mentón el arma tan sólo por unos escasos segundos, cargo el arma tal como había visto a papá hacerlo una infinidad de veces, y la vuelvo a colocar con mucha más presión sobre mi barbilla, puedo sentir ligeramente como me rosa la piel y un extraño dolor se apropia de mí, aplasto más fuerte queriendo un poco más de ese dolor. Finalmente, preparo el gatillo con las manos temblorosas.
—¡No me gustas, Lucas! Hagámoslo de nuevo.
Una voz femenina a mis espaldas interrumpe mi acto de valentía, tengo que detenerme inmediatamente, a pesar de eso no saco el arma de mi mandíbula, simplemente me dedico a sostenerla con fuerza y me obligo a silenciar mis sollozos, me quedo completamente quieta intentando no hacer notar mi presencia.
—Eso no decías ayer, ¿cierto? —esta vez es una voz masculina la que se hace notar, su tono sarcástico junto con su risa burlona se escuchan demasiado fuerte, creo que podrían estar incluso solo a dos metros de distancia.— ¡Oh Lucas, más duro, te amo!
—Eso fue ayer, fue el maldito momento, por favor. —insiste nuevamente, muerdo mi labio intentando no decir nada, nadie debería rogarle a nadie.— Sólo mírate, quién podría quererte. —menciona con desprecio cuando no logra obtener una respuesta por parte del chico.