En medio del caos

Capítulo 3

ATENEA

—Dime, Atenea, ¿cómo estás hoy? —la pregunta de mi psicóloga Maribel, me hace observarla fijamente, me otorga una sonrisa falsa, como en todas las sesiones anteriores, parecía que no le pagaba por la manera en la que me trataba.— ¿Cómo sigue tu madre?

—Estoy bien. —musito sin más, me había cansado de intentar que me ayudara, al inicio, le contaba todo. Sobre lo que mi madre me hacía, mis cortadas y mis problemas con la comida, pero entonces ella me culpó.

Dijo que todo lo que sucedió era culpa mía, que tenía que dejar de ser yo para que mi vida se solucionara. Quisiera que fuera mentira y que ella nunca hubiese dicho eso, pero era así, por eso había llegado a detestar su sonrisa falsa y me obligaba a no contarle más de lo que le contaría a cualquier persona.

—¿Y tú madre? —insiste una vez más.

—Igual que siempre. —respondo observando por la ventana, el cielo está un poco nublado,— sigue llevando hombres a la casa.

—Pobre Will. —murmura atrayendo mi atención nuevamente, su mirada se encuentra fija en la puerta.— tan buen hombre que es.

Asiento suavemente dándole la razón por primera vez, él no lo merecía.

—¿Y eso te afecta a ti? —pregunta devolviendo su mirada casi turbia hasta mí, no estoy segura si ella lo sepa con exactitud, pero su mirada es tan pesada y dura que no inspira ni una sola pizca de confianza. Por otro lado, su pregunta me hace querer rodar los ojos fastidiada, y no lo contengo, lo hago. Porque no me cabe en la cabeza que clase de pregunta tan estúpida acababa de hacerme.

—No. —miento desviando mi mirada hasta la puerta, considerando largarme de aquí y no volver— es su vida y la entiendo en gran parte, está sufriendo, pero creo que si no ama a papá sería mejor que lo dejasen.

La escucho murmurar una afirmación antes de hablar nuevamente.

—¿No crees que eso te afectaría a tí y a tu hermano? —una vez más se gana una mirada molesta de mi parte, no necesitaba su falsa consulta, sólo estaba gastando dinero para que me preguntara cosas tan estúpidas y lo mismo cada maldita sesión, todo sobre Micky ¿qué hay de mí?— es un tema bastante complicado y las decisiones de los padres terminan afectando a los hijos.

—No importa. Me iré de aquí y ya no sabré nada de ellos nunca.

—Pero, ¿y Mike? ¿Qué crees que pensaría él?

—Eso da igual. —elevo la voz lográndome de su parte una mirada temerosa y confundida— él ya está muerto. Lo que piense a nadie le importa.

A mí me importaba.

Tanto que no quería hablar de él con una psicóloga inepta que no sabía hacer su maldito trabajo, estaba deprimida. Yo lo sabía, tenía ataques de pánico todo el tiempo y pesadillas la mayoría de las noches, y ella no había hecho nada durante el último año que había estado siendo su paciente. Parecía que su paciente real era Micky y mi padre, porque era lo único que le importaba. Descubrir si al fin podía meterse en los pantalones de mi padre o tenía que esperar un poco más.

—Veo que hoy no estás de buen humor para platicar. —murmura tomando nota en su libreta, me dedico a observar callada como garabatea sin cesar en ella, apuesto que sólo está escribiendo corazones al lado del nombre de mi padre. Mi garganta nuevamente obtuvo ese nudo que era imposible de quitar, ese nudo que solía aparecer ahí cuando recordaba a Micky de una manera en la que él no hubiera querido.

Nadie me entendía. Sólo él podía hacerlo.

Sin importarme que faltara media hora para terminar la sesión, me levanto de mi silla y salgo por la puerta de manera veloz, comienzo a correr por los pasillos de su consultorio ganándome la mirada de unas cuantas personas en el camino, pero no me importaba, sólo quería desaparecer. Por alguna extraña razón al ir corriendo a través de los pasillos blancos y sin vida lograban poco a poco calmar el sentimiento que comenzaba a presentarse, finalmente cuando atravesé la puerta de salida el frío viento se estrelló con fuerza sobre mi rostro. Tuve que cerrar los ojos para que mis ojos no dolieran, y para poder disfrutar esta pequeña presión de viento que hacía que mi corazón volviera a latir con tranquilidad.

Abro los ojos nuevamente volviendo a mi realidad. Le hecho un vistazo al fondo de la calle encontrándome con el auto de policía de mi padre estacionado justo allí, me pongo a correr hasta él y me montó rápidamente al asiento del copiloto.

—¿Cómo te fue? —la pregunta de papá me hace girar mi mirada hasta él, su mirada era de completo interés y compresión, como si supiera lo difícil que era para mí hacer esto cada vez, él viene a recogerme cada que me tocaba una sesión con el psicólogo, dice que saliendo de un lugar como ese nadie debería caminar vulnerable por las calles.

—Bien. —murmuro regresando mi vista al parabrisas, parece notar mi falta de interés por platicar y enciende el motor, comenzando a introducirse por las estrechas calles de nuestra pequeña ciudad.

Amaba aquí, porque había tantos lugares verdes para disfrutar, era más una provincia que una ciudad, aún así, era un lugar perfecto para vivir. Con sus barrancos y lagos, tenía de todo para hacerte creer que era perfecto.

—¿Nada nuevo? —pregunta mi padre de manera insistente.

—Igual que siempre. —me resigno a responder.

Nos sumergimos en un profundo silencio después de eso, yo no quería hablar y él no quería insistir, nos complementábamos para estar y hacer cómoda la situación todos los días. Le hecho una mirada de reojo encontrándolo muy relajado, preguntándome si él sabe que mi madre le es infiel. Son cosas de adultos, lo sé. Sin embargo no puedo dejar de pensar que mi padre merece mucho más de lo que mi madre está dispuesta a darle. No quería que sufriera por un mal amor, o una mala mujer como ella. No quería que siguiera viviendo en una mentira, pero tampoco quería ser la causante de que su matrimonio terminara y mi madre me tomara más odio que antes. No sabía si valía la pena.

—Papá... —alcanzo a balbucear su llamado antes de girar por completo mi cabeza hasta él, iba a decirle. Debía hacerlo.




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