—Oswald —respondió con una sonrisa tranquila.
No.
No.
No, no, no.
¿Ese era Oswald?
¿EL Oswald?
Mi cerebro dejó de funcionar durante unos tres segundos completos.
Tres segundos en los que contemplé todas mis opciones.
A) Salir corriendo.
B) Desmayarme otra vez.
C) Fingir que era otra persona.
D) Lanzarme por la ventana.
Ninguna parecía socialmente aceptable.
—Ah... un gusto —dije finalmente.
Intenté sonreír.
Intenté parecer normal.
Intenté levantarme para acomodarme mejor en el asiento.
Y terminé tropezando con una de las patas de la silla.
Caí de golpe.
Otra vez.
Perfecto.
Excelente.
La gravedad me tenía un odio personal.
Oswald me observó durante un segundo.
Después soltó una pequeña risa.
No una risa cruel.
Peor.
Una risa divertida.
—¿Siempre saludas así?
—¿Así cómo?
—Peleando contra las leyes de la física.
Lo miré indignada.
—Fue un accidente.
—Claro.
—¿Por qué sonríes?
—Porque fue divertido.
—Qué amable.
—Gracias.
Ni siquiera parecía avergonzado.
Volví a sentarme correctamente.
Y fue entonces cuando noté algo.
Alexis estaba sentado justo detrás de nosotros.
Mi corazón decidió dejar de funcionar.
Otra vez.
Maravilloso.
Iba a morir antes de graduarme.
El profesor entró al salón en ese momento.
Todos ocuparon sus lugares.
Y la clase comenzó.
O al menos para los demás.
Porque yo estaba demasiado ocupada intentando sobrevivir.
—Alumna Audrey Kells.
Levanté la cabeza.
El profesor me observaba.
Toda la clase me observaba.
Genial.
—¿Podría decirme qué función cumple el sistema circulatorio?
Mi mente quedó completamente en blanco.
Vacía.
Desierta.
Como un terreno abandonado.
—Eh...
Piensa.
Piensa.
PIENSA.
—Transporta sangre.
Silencio.
—¿Algo más?
—Mucha sangre.
Escuché algunas risas.
Quise desaparecer.
—Audrey —suspiró el profesor—. ¿Está prestando atención?
Inventa algo.
Rápido.
—No me siento muy bien.
La excusa salió antes de que pudiera detenerla.
El profesor me observó durante unos segundos.
—Entiendo.
No parecía entender.
Parecía decepcionado.
Peor.
—Será mejor que vaya a la enfermería.
No.
No hacía falta.
Estaba perfectamente sana.
Solo tenía problemas de concentración.
Y de dignidad.
—Alumno Oswald.
No.
Por favor no.
—Acompáñela.
Sí.
Por supuesto.
Porque claramente no podía caminar sola.
Era una estudiante.
No una niña de cinco años.
—Claro, profesor.
Traidor.
Oswald se puso de pie.
Me miró.
Y con un pequeño movimiento de cabeza me indicó que lo siguiera.
Toda la clase nos observó salir.
Toda.
Incluido Alexis.
Quise morir.
De nuevo.
—¿Siempre te pasan estas cosas? —preguntó Oswald cuando estuvimos en el pasillo.
—¿Qué cosas?
—Las caídas.
—No.
—Mentira.
—¿Por qué dices eso?
—Porque pareces una persona que vive chocando con muebles.
Lo miré horrorizada.
—¿Cómo puedes saber eso?
—Porque acabas de caerte estando sentada.
Tenía un punto.
Lo odiaba por tenerlo.
Llegamos a la enfermería.
Una enfermera joven levantó la vista cuando entramos.
Sonrió.
Y entonces ocurrió algo extraño.
Sonrió mucho más cuando vio a Oswald.
Demasiado.
Sospechoso.
—¿Qué pasó?
—No lo sé —respondió él—. El profesor dijo que se sentía mal.
Excelente explicación.
Brillante.
La enfermera asintió.
—Muy bien.
Oswald dio media vuelta.
—¿Eso es todo? —pregunté.
—¿Qué más debería hacer?
—No sé.
—Ya te entregué.
—¿Entregarme?
—Sí.
—¿Soy un paquete?
—Un paquete muy distraído.
Lo fulminé con la mirada.
Él sonrió.
—Nos vemos, Topollillo.
—¿Qué significa eso?
—Nos vemos.
Y se fue.
Me quedé mirando la puerta.
—¿Topollillo? —murmuré.
La enfermera soltó una risita.
—Parece agradable.
—Parece insoportable.
—Claro.
No me creyó.
Nadie me creía nunca.
Una hora después salí de la enfermería.
La enfermera me había dado una hoja con indicaciones que no entendí.
Parecían jeroglíficos.
Tal vez los médicos estudiaban escritura extraterrestre.
Caminé hasta mi casillero.
Necesitaba escribirle a América.
Necesitaba contarle todo.
Necesitaba que me explicara quién demonios era Oswald.
Abrí mi casillero.
Busqué mi celular.
Y justo cuando iba a agarrarlo...
¡PAM!
La puerta se cerró frente a mi cara.
Di un salto.
—¡¡AHHH!!
Escuché una carcajada.
Una carcajada muy familiar.
Muy irritante.
Giré la cabeza.
Oswald.
Por supuesto.
¿Quién más?
—Eres muy fácil de asustar.
—¡Casi me da un infarto!
—Exagerada.
—¿Qué haces aquí?
—Salvarte.
—¿Salvarme?
Levantó mis libros.
Mis libros.
Los mismos libros que había olvidado en el salón.
Otra vez.
Dios.
—No puedes hablar en serio.
—Lamentablemente sí.
Tomé los libros.
—Gracias.
—De nada.
—No era necesario que los trajeras.
—Lo sé.
—Entonces ¿por qué lo hiciste?
Oswald se encogió de hombros.
—Porque si los dejaba ahí, probablemente volverías mañana sin ellos.
Lo peor era que tenía razón.
Y los dos lo sabíamos.
—Eres insufrible.
—Tú eres distraída.
—No tanto.
—Olvidaste tus libros.
—Eso fue una vez.
—Y te desmayaste corriendo.