En mi lista ¡¡no Entras!!

Capítulo 3 Lo que queda después

Audrey

—¿Sabes algo?

La voz de Alexis sonaba extrañamente suave.

—¿Qué?

Sonrió.

Esa sonrisa perfecta que llevaba años arruinándome la existencia.

—Eres la chica más linda que he conocido.

Mi corazón dejó de latir.

Literalmente.

O al menos eso sentí.

—¿De verdad?

—Claro.

Se acercó un poco más.

—Y también eres la única que me gusta.

Mi cerebro dejó de funcionar.

Mis pulmones olvidaron respirar.

Mis piernas olvidaron sostenerme.

Mi alma abandonó el cuerpo.

Todo normal.

—Tú también me gustas —susurré.

Alexis sonrió.

Se inclinó hacia mí.

Cada vez más cerca.

Más cerca.

Más cerca.

Y entonces...

RIIIIIIIIING.

Abrí los ojos de golpe.

Silencio.

Mi habitación.

Mi almohada.

Mi techo.

Mi desgracia.

—No puede ser.

Tomé el despertador.

Lo observé.

Él me observó.

Durante unos segundos consideré seriamente lanzarlo por la ventana.

—Algún día voy a destruirte.

El despertador no pareció intimidado.

Me dejé caer sobre la cama otra vez.

Alexis jamás me diría algo así.

Ni en un millón de años.

Ni aunque el universo explotara.

Ni aunque yo ganara la lotería.

Suspiré.

Hora de enfrentar la realidad.

Otra vez.

Media hora después estaba frente al espejo.

Mi cabello rubio parecía haber peleado una guerra durante la noche.

Y perdido.

—Perfecto.

Parezco una escoba emocional.

Intenté peinarlo.

Empeoró.

Lo intenté de nuevo.

Peor todavía.

Me rendí.

A veces hay batallas que no se pueden ganar.

Elegí unos jeans, una blusa azul marino y mis zapatillas favoritas.

Cuando terminé de vestirme me observé otra vez.

—Bueno.

No parezco una persona importante.

Pero sí una persona funcional.

Eso ya era una victoria.

—¡¡AUDREY!!

La voz de mi padre retumbó por toda la casa.

—¡¡YA BAJO!!

Bajé las escaleras corriendo.

Y casi me caigo.

Por supuesto.

Porque aparentemente mi talento especial era desafiar la gravedad diariamente.

Llegué al comedor.

Mi hermano menor estaba frente al televisor.

Mi papá cocinaba panqueques.

Y por un momento todo se sintió normal.

Cómodo.

Seguro.

Como si el mundo estuviera exactamente donde debía estar.

—Buenos días, princesa.

—Buenos días.

Me besó la frente antes de colocar un plato frente a mí.

Panqueques.

Con miel.

Mi favorito.

—Te quiero mucho —dije de repente.

Mi papá levantó una ceja.

—Eso suele significar que quieres dinero.

—Esta vez no.

Sonrió.

—Entonces yo también te quiero mucho.

Mi hermano hizo una mueca.

—Qué cursis.

—Cállate y come.

—Sí, señora.

—No soy una señora.

—Todavía.

Le lancé una servilleta.

Él se rió.

Y por unos minutos todo estuvo bien.

Cuando llegué a la escuela, América ya me esperaba.

—Buenos días.

—Buenos días.

Me observó unos segundos.

—¿Qué hiciste?

—¿Qué?

—Esa cara.

—¿Qué tiene mi cara?

—Cara de que soñaste con Alexis.

Abrí mucho los ojos.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque te conozco.

Maldita sea.

—No tienes pruebas.

—Acabas de admitirlo.

—Traición.

—Culpable.

Me tomó del brazo.

—Vamos. Llegaremos tarde.

Entramos juntas al edificio principal.

Los pasillos estaban llenos.

Demasiado llenos.

Y fue entonces cuando lo vi.

Alexis.

Al otro lado del corredor.

Riendo con unos compañeros.

Mi corazón hizo cosas raras.

Como siempre.

Nada nuevo.

Lo observé apenas un segundo.

Y luego seguí caminando.

Porque era lo único que sabía hacer.

Mirarlo desde lejos.

Y seguir adelante.

Alexis

El despertador sonó a las seis.

Lo ignoré.

Volvió a sonar.

Lo ignoré otra vez.

La tercera vez alguien me lanzó una almohada.

Directamente a la cara.

—Levántate.

Abrí un ojo.

Oswald.

Por supuesto.

—Te odio.

—Yo también te quiero.

—Mentiroso.

—Correcto.

Me incorporé lentamente.

Dormir nunca solucionaba nada.

Pero al menos ayudaba a olvidar algunas cosas durante unas horas.

Algunas.

No todas.

Jamás todas.

Miré la fotografía sobre mi escritorio.

La misma de siempre.

La guardé en el cajón antes de que Oswald la viera.

No porque no supiera quiénes eran.

Lo sabía.

Simplemente no me gustaba mirarla demasiado tiempo.

Todavía dolía.

Y había heridas que no desaparecían.

Solo aprendían a quedarse en silencio.

—¿Vienes o tengo que cargarte?

—No me cargues.

—Entonces muévete.

—Eres insoportable.

—Y tú lento.

Me levanté.

Oswald siguió hablando.

Como siempre.

No entendía cómo alguien podía tener tanta energía a las siete de la mañana.

Era inquietante.

Mientras me duchaba recordé algo.

El parque.

Jessi.

La torta de chocolate.

La primera vez que conocí a Oswald.

Sonreí sin querer.

Mi hermana siempre había tenido razón sobre las personas.

Incluso cuando era pequeña.

Incluso cuando yo no quería admitirlo.

—Te caerá bien.

Eso había dicho.

Y tenía razón.

Oswald terminó convirtiéndose en mi mejor amigo.

Mi hermano.

Mi familia.

La única constante que me quedó cuando todo lo demás desapareció.

Salí de la ducha.

Me vestí.

Respiré hondo.

Y me preparé para otro día.

Porque al final eso era lo único que podía hacer.

Seguir avanzando.

Incluso cuando algunas partes de mí seguían atrapadas en el pasado.



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En el texto hay: colegio, crush escolar, romance +16

Editado: 13.06.2026

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