En mi lista ¡¡no Entras!!

Capítulo 4

—Alexis, si no bajas en los próximos diez segundos, me voy sin ti.

Silencio.

—Y me llevo tu desayuno.

Un golpe sonó en el piso de arriba.

Sonreí.

Siempre funcionaba.

Bajé a la cocina.

Mamá estaba intentando preparar waffles.

Intentando.

La palabra importante era intentando.

El humo que salía de la waflera era una prueba bastante contundente.

—¿Crees que estén quemados? —preguntó ella.

Observé el waffle negro.

—Creo que ya alcanzaron la inmortalidad.

—¡Oswald!

—Solo digo la verdad.

Ella me lanzó una servilleta.

Me reí.

Justo en ese momento apareció Alexis bajando las escaleras.

Despeinado.

Con cara de sueño.

Y todavía medio dormido.

—¿Dónde está mi desayuno?

—Casi desaparece.

—Te odio.

—Tú también me quieres.

Se dejó caer en la silla.

Mamá le revolvió el cabello.

Alexis fingió molestarse, pero nunca se apartaba cuando ella hacía eso.

Nunca.

Y yo entendía por qué.

A veces olvidaba que no era hijo biológico de mis padres.

Hasta que veía la fotografía que guardaba en su habitación.

La única que sobrevivió al accidente.

Entonces lo recordaba.

Todos lo recordábamos.

—¿Listos para irse? —preguntó mamá.

—Sí.

—No.

—¿Cómo que no? —la miré.

Alexis señaló mi camiseta.

—Estás usando la misma de ayer.

Bajé la vista.

Maldición.

—Eso explica por qué me siento tan familiar.

Alexis soltó una carcajada.

Mamá negó con la cabeza.

—Los dos son imposibles.

Quizá.

Pero era una buena vida.

Mientras caminábamos hacia la escuela, mi mente estaba en otro lugar.

O mejor dicho...

En otra persona.

Audrey.

Otra vez.

Siempre Audrey.

Ni siquiera sabía cuándo había empezado exactamente.

Solo sabía que un día ella era una chica más.

Y al siguiente...

Era imposible no buscarla entre la multitud.

Había algo distinto en ella.

No era la más popular.

No era la más escandalosa.

No era de esas personas que necesitaban llamar la atención.

Pero cuando sonreía...

Parecía que todo a su alrededor se volvía un poco más brillante.

Patético.

Lo sé.

Pero era verdad.

Y precisamente por eso nunca le había dicho nada.

Porque me gustaba demasiado.

Y cuando algo te importa demasiado, el miedo a perderlo también crece.

Llegamos tarde.

Otra vez.

El director nos interceptó apenas cruzamos la entrada.

—Señores Drew y Bolsh.

Mala señal.

Muy mala señal.

—Buenos días —dije.

—No lo son.

Definitivamente mala señal.

Entonces vi que no éramos los únicos.

Audrey también estaba allí.

Con una expresión tan culpable que parecía haber cometido un crimen internacional.

Tuve que morderme el labio para no reírme.

—¿Señorita Kells?

—Me quedé dormida.

—¿Y ustedes?

Alexis me señaló.

Yo señalé a Alexis.

El director cerró los ojos.

Como si estuviera reconsiderando todas las decisiones de su vida.

—Detención después de clases.

Los tres.

Genial.

Cuando el director se marchó, Audrey empezó a caminar hacia el edificio principal.

Yo aceleré el paso.

—Hola, Topollillo.

Ella giró inmediatamente.

—No me digas así.

—Buenos días para ti también.

—¿Por qué sigues usando ese apodo?

—Porque funciona.

—No funciona.

—Acabas de demostrar que sí.

Frunció el ceño.

Y por alguna razón me dieron ganas de seguir molestándola.

Tal vez porque cuando estaba cerca de ella me resultaba imposible actuar normal.

La profesora Carol nos obligó a sentarnos juntos.

Audrey parecía incómoda.

Yo también.

Pero por razones completamente distintas.

La clase transcurrió tranquila hasta que Carol anunció:

—Hoy hablaremos de poesía.

Varios alumnos se quejaron.

—Y para comenzar quiero que alguien lea un texto.

Mi corazón se detuvo.

No.

No.

No.

Por favor no.

—Oswald.

Sí.

Definitivamente sí.

Quise desaparecer.

—Vamos.

Toda la clase me observó.

Incluso Audrey.

Especialmente Audrey.

Tragué saliva.

Sabía perfectamente cuál poema había elegido la profesora.

Porque yo mismo lo había entregado.

Y porque lo había escrito pensando en una sola persona.

Respiré hondo.

Y empecé a leer.

Amar

Amar es una dulce sinfonía,
y también mi amarga agonía,
mientras espero con fervor
el milagro de tu amor.

¿Será tu sonrisa brillante,
tan cálida y tan deslumbrante?
¿O serán tus hermosos ojos,
que me cautivan poco a poco?

Tal vez sea tu suave andar,
que a mi alma logra desarmar,
dejando a este pobre corazón
prisionero de tu ilusión.

Mi bello ángel de cabellos dorados,
por tu inocencia he quedado encantado;
y por el escarlata de tus labios,
que han llenado mis sueños callados.

Pero, ¿qué podría darte yo, bella estrella,
si como la luna resplandeces tan bella?
Nada tengo que pueda ofrecer,
salvo este amor que te quiere tener.

Y si un deseo pudiera pedir,
solo uno elegiría entre mil:
que por un instante, aunque sea una vez,
me permitas saber que también me ames.

Por un segundo.

Dos.

Tres.

Luego comenzaron los aplausos.

Pero yo no escuchaba.

Porque estaba mirando a Audrey.

Y Audrey me estaba mirando a mí.

Como si hubiera descubierto algo.

Como si hubiera escuchado mucho más de lo que yo quería decir.



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En el texto hay: colegio, crush escolar, romance +16

Editado: 13.06.2026

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