—¿Ya me pueden dejar ir? —pregunté por décima vez.
Llevaba horas castigada en el sillón de la sala gracias a dos idiotas llamados Daniel y Matías.
—Negativo —respondió Daniel.
—Tu condena aún no termina.
—Ni siquiera hice nada.
—Desapareciste en plena reunión familiar.
—Fui al hospital.
—Exactamente.
—¡Porque atropellaron a alguien!
—Y aún así desapareciste.
Los dos cruzaron los brazos al mismo tiempo.
Odiaba cuando hacían eso.
—Son insoportables.
—Y tú dramática.
—Y ustedes estúpidos.
—Te queremos también.
Tomé un cojín y se los lancé.
Los gemelos salieron corriendo entre carcajadas.
—¡Corre!
—¡La loca se liberó!
—¡Mamá, Audrey quiere matarnos!
—¡Porque QUIERO MATARLOS!
Escuché sus risas alejándose por el pasillo.
Suspiré.
—A veces pienso que mi familia fue creada para destruir mi paciencia.
—Eso es porque sí fue creada para eso.
Giré la cabeza.
América estaba sentada frente a mí.
Y tenía esa mirada.
La mirada de "vamos a hablar de algo incómodo".
Mala señal.
—No.
—Ni siquiera te he dicho nada.
—Pero ya sé qué vas a decir.
—No lo sabes.
—Sí lo sé.
—No lo sabes.
—Lo sé.
—Te gusta Oswald.
—¡¿QUÉ?!
Casi me atraganto con mi propia saliva.
América ni siquiera parpadeó.
—Lo sabía.
—¡No me gusta!
—Ajá.
—No me gusta.
—Ajá.
—No.
—Audrey, fuiste al hospital apenas te llamaron.
—Porque estaba herido.
—Te preocupaste muchísimo.
—Porque soy una persona normal.
—Le tomaste la mano.
—¡Porque estábamos haciendo las paces!
—Le sonreíste.
—¡Porque estaba vivo!
—Le dijiste que fueran amigos.
—¡Porque somos amigos!
América suspiró.
—No digo que estés enamorada.
—Porque no lo estoy.
—Digo que te importa más de lo que quieres admitir.
Abrí la boca.
Y la cerré.
Porque, para mi desgracia...
No tenía una respuesta inmediata.
—Mira —continuó—. Tú llevas años diciendo que te gusta Alexis.
—Porque me gusta.
—¿Qué es lo que te gusta de él?
—Todo.
—Eso no responde nada.
—Pues...
Intenté pensar.
Su sonrisa.
Su cabello.
Sus ojos.
Su forma de caminar.
Su voz.
Y...
—¿Ves? —dijo América.
Fruncí el ceño.
—¿Qué?
—Todo lo que acabas de pensar fue físico.
—¿Y qué tiene de malo?
—Nada.
—Entonces...
—Pero después de cinco años sigues sin conocerlo.
Eso me golpeó más fuerte de lo que esperaba.
Porque tenía razón.
Cinco años.
Cinco años observándolo de lejos.
Y apenas podía decir algo sobre quién era realmente.
—¿Entonces qué hago?
Una sonrisa peligrosa apareció en su rostro.
—Lo invitas a salir.
Parpadeé.
—¿Qué?
—Lo invitas a salir.
—No.
—Sí.
—No.
—Sí.
—No.
—Ya marqué su número.
La miré horrorizada.
Ella me mostró mi celular.
La llamada ya estaba sonando.
—AMÉRICA.
—De nada.
—AMÉRICA.
—De nada.
—¡AMÉRICA!
—De nada.
Escuché una voz al otro lado.
—¿Hola?
Mi corazón se detuvo.
—¿Hola?
Era Alexis.
América me señaló el celular.
Yo negué.
Ella me señaló otra vez.
Volví a negar.
Entonces me pisó.
—¡AY!
—¿Audrey? —preguntó Alexis.
Genial.
Ahora sabía que era yo.
—Hola...
—¿Audrey?
—Sí.
—Hola.
Su voz sonaba sorprendida.
Y por alguna razón eso me puso todavía más nerviosa.
—¿Todo bien?
—Sí.
Mentira.
Nada estaba bien.
Me estaban sudando las manos.
—¿Seguro?
—Sí.
—Parece que no.
—Sí.
—Bueno...
Hubo un silencio incómodo.
América hizo un gesto de "DILO".
La odiaba.
—Oye...
—¿Sí?
—Me preguntaba si...
Tragué saliva.
—...te gustaría ir al cine conmigo este sábado.
Silencio.
Mucho silencio.
Demasiado silencio.
—Alexis...
Nada.
—¿Alexis?
Seguía sin responder.
—Olvídalo. Qué vergüenza. Nunca llamé. Esto jamás pasó.
—¡Espera!
Me detuve.
—Lo siento.
Escuché una pequeña risa.
—Solo me tomó por sorpresa.
—Ah.
—Porque sí.
Mi corazón dio un salto.
—¿Sí?
—Sí.
—¿Quieres ir?
—Quiero ir.
Sentí que mi cerebro dejó de funcionar.
—Perfecto.
—¿A qué hora?
—Cuatro de la tarde.
—Ahí estaré.
—Genial.
—Genial.
Otro silencio.
—Bueno...
—Bueno...
—Nos vemos entonces.
—Nos vemos.
La llamada terminó.
Me quedé inmóvil.
América me observaba como si estuviera esperando una reacción.
—¿Y?
La miré.
—Tengo una cita.
—Sí.
—Con Alexis.
—Sí.
—Una cita de verdad.
—Sí.
—Con Alexis.
—Audrey, ya entendimos.
Me lancé sobre ella gritando.
Ella comenzó a reír.
Yo también.
Y por primera vez en mucho tiempo sentí que todo estaba saliendo exactamente como siempre había querido.
Lo que no sabía...
Era que esa cita iba a cambiar muchas más cosas de las que imaginaba.