En mi lista ¡¡no Entras!!

Capitulo 8 Al fin una cita

POV AUDREY

—¿Ya me pueden dejar ir? —pregunté por décima vez.

Llevaba horas castigada en el sillón de la sala gracias a dos idiotas llamados Daniel y Matías.

—Negativo —respondió Daniel.

—Tu condena aún no termina.

—Ni siquiera hice nada.

—Desapareciste en plena reunión familiar.

—Fui al hospital.

—Exactamente.

—¡Porque atropellaron a alguien!

—Y aún así desapareciste.

Los dos cruzaron los brazos al mismo tiempo.

Odiaba cuando hacían eso.

—Son insoportables.

—Y tú dramática.

—Y ustedes estúpidos.

—Te queremos también.

Tomé un cojín y se los lancé.

Los gemelos salieron corriendo entre carcajadas.

—¡Corre!

—¡La loca se liberó!

—¡Tia, Audrey quiere matarnos!

—¡Porque QUIERO MATARLOS!

Escuché sus risas alejándose por el pasillo.

Suspiré.

—A veces pienso que mi familia fue creada para destruir mi paciencia.

—Eso es porque sí fue creada para eso.

Giré la cabeza.

América estaba sentada frente a mí.

Y tenía esa mirada.

La mirada de "vamos a hablar de algo incómodo".

Mala señal.

—No.

—Ni siquiera te he dicho nada.

—Pero ya sé qué vas a decir.

—No lo sabes.

—Sí lo sé.

—No lo sabes.

—Lo sé.

—Te gusta Oswald.

—¡¿QUÉ?!

Casi me atraganto con mi propia saliva.

América ni siquiera parpadeó.

—Lo sabía.

—¡No me gusta!

—Ajá.

—No me gusta.

—Ajá.

—No.

—Audrey, fuiste al hospital apenas te llamaron.

—Porque estaba herido.

—Te preocupaste muchísimo.

—Porque soy una persona normal.

—Le tomaste la mano.

—¡Porque estábamos haciendo las paces!

—Le sonreíste.

—¡Porque estaba vivo!

—Le dijiste que fueran amigos.

—¡Porque somos amigos!

América suspiró.

—No digo que estés enamorada.

—Porque no lo estoy.

—Digo que te importa más de lo que quieres admitir.

Abrí la boca.

Y la cerré.

Porque, para mi desgracia...

No tenía una respuesta inmediata.

—Mira —continuó—. Tú llevas años diciendo que te gusta Alexis.

—Porque me gusta.

—¿Qué es lo que te gusta de él?

—Todo.

—Eso no responde nada.

—Es que... tiene todo lo que busco.

—¿Ah, sí? ¿Y qué buscas exactamente?

Puse los ojos en blanco.

—Sabes perfectamente qué busco.

—Dilo de todas formas.

—No es necesario.

—Audrey.

—Está bien. Está bien.

Suspiré.

—Rubio.

—Ajá.

—Ojos claros.

—Ajá.

—Lindo.

—Ajá.

—Y que no sea cursi.

Silencio.

América me miró como si acabara de confesar un crimen.

—Tienes una lista.

—No es una lista.

—Literalmente acabas de recitarla de memoria. En orden. Sin dudar.

—Son... preferencias.

—Es una lista.

—Preferencias organizadas.

—Eso es literalmente la definición de una lista.

—Preferencias. Organizadas. Cronológicamente.

—Audrey.

—¿Qué?

—Eso. Es. Una. Lista.

Crucé los brazos.

—Bueno. Tal vez sí tengo una lista.

—¿Desde cuándo?

—Desde los doce años.

—¿La escribiste?

—En un cuaderno rosa. No es tu asunto.

América se llevó una mano a la boca.

Estaba conteniendo la risa.

Fracasó.

—Eso es lo más tierno y lo más ridículo que he escuchado en mi vida.

—Cállate.

—Un cuaderno.

—Cállate.

—Rosa.

—¡AMÉRICA!

Ella levantó las manos, todavía riendo.

—Está bien, está bien. Continuemos.

Se aclaró la garganta, recuperando la compostura.

—¿Y Alexis la cumple?

—Punto por punto.

—¿Los cuatro requisitos?

—Los cuatro.

—Impresionante.

—Lo sé.

Hizo una pausa.

Una pausa demasiado larga.

Demasiado calculada.

—¿Y Oswald?

La pregunta cayó como un balde de agua fría.

Abrí la boca.

La cerré.

Porque, técnicamente...

Oswald no era rubio. Tenía el cabello oscuro, casi negro, del tipo que nunca había aparecido en mi lista.

Sus ojos tampoco eran claros. Eran de un café intenso, de esos que parecían guardar demasiadas cosas al mismo tiempo.

¿Lindo? Tal vez. Pero no del modo que yo siempre había imaginado. No era una belleza que se notara a primera vista. Era una belleza que aparecía después. Cuando sonreía de verdad y no solo para molestarte. Cuando bajaba la guardia por accidente.

Y cursi...

Cursi era escribir un poema entero sobre alguien y no atreverte a decírselo.

Cursi era guardarle los libros que olvidabas.

Cursi era ponerte un apodo ridículo solo para tener una excusa de hablarte todos los días.

Oswald era, oficialmente, el ser humano más cursi que había conocido.

Y no cumplía ni uno solo de mis requisitos.

Ni uno.

—Eso no tiene nada que ver —dije finalmente.

—Claro que no.

—En serio.

—Claro.

—América.

—Solo digo que es curioso.

—¿Qué cosa?

—Que la persona que cumple tu lista al pie de la letra... no te haga sentir ni la mitad de lo que sientes con la persona que ni siquiera entra en ella.

No respondí.

Porque, otra vez, no tenía absolutamente nada que decir.

Y eso, más que cualquier otra cosa, fue lo que más me asustó.

—¿Entonces qué hago? —pregunté finalmente, casi en un susurro.

Una sonrisa peligrosa apareció en el rostro de América.

—Lo invitas a salir.

Parpadeé.

—¿A Oswald?

—No. A Alexis.

—Ah.

—¿Esperabas que dijera Oswald?

—No.

—Tu cara dice otra cosa.

—Mi cara no dice nada.

—Tu cara es un libro abierto, Audrey.

—Cierra ese libro.

—No sé leer, lo siento.

—América.

—Lo invitas a salir. A Alexis. El de tu lista. El que llevas cinco años esperando.

Tenía razón.




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