Audrey
Corría como si el mundo se me acabara encima. El cine estaba más lejos de lo que recordaba, o quizá era yo la que había perdido la noción del tiempo.
El peinado que América me había hecho ya no existía. Solo quedaban mechones sueltos pegados a mi frente y la certeza de que debía verme desastrosa. Sudorosa, tarde, sin dignidad.
Y entonces lo vi.
A lo lejos, un rubio permanecía de pie, quieto, como si el tiempo no le afectara. Miraba hacia ningún lugar en particular, pero aun así parecía encajar perfectamente en el paisaje.
Jeans azules, una casaca larga gris que le protegía del frío y zapatillas negras. Sencillo. Natural. Injustamente perfecto.
Yo, en cambio, llevaba jeans negros, una casaca rosada larga y unas Vans que ya no parecían tan limpias como en la mañana.
Cuando llegué a su lado, aún sin aire, él giró lentamente.
—Creo que se te hizo tarde, eh —sonrió.
—Sí… lo siento —respondí, sintiendo cómo el calor me subía al rostro.
Su sonrisa se suavizó.
—Qué maleducado soy. Primero debía saludarte. Hola, Audrey.
—Hola, Alexis… —dije, casi sin voz.
—¿Nos vamos al cine? —ofreció su brazo.
—Sí —respondí, tomándolo.
Y empezamos a caminar.
Varias chicas lo miraban al pasar. Sin pensarlo demasiado, les devolví una mirada firme, una de esas que no necesitan palabras. Ellas desviaron la vista al instante.
Alexis soltó una pequeña risa.
—Entonces… ¿qué tal está Oswald? —pregunté, intentando llenar el silencio.
—Mejor. Mucho mejor que antes. Solo tiene algunos rasguños y moretones, pero nada grave —respondió con alivio.
—Se nota que lo quieres.
—Sí… es como un hermano. Perdón si no te dio una buena primera impresión.
—Yo… —me detuve. No sabía qué decir.
El silencio cayó entre nosotros, pesado.
—Bueno —dijo él finalmente.
Y seguimos caminando.
En el cine, insistió en pagar las entradas.
—¡Oye, espera! Yo también podía pagar —protesté.
—Lo sé. Pero quería hacerlo.
No discutí más.
En la zona de comida, mis ojos prácticamente brillaban.
—¿Qué vas a pedir? —preguntó.
—Palomitas dulces medianas, un hot dog y una gaseosa mediana —respondí sin pensar, emocionada.
Él me miró con diversión.
—Parece que te encanta comer.
—Obvio. ¿Qué esperabas? ¿Ensalada?
—No te conozco tanto todavía —se encogió de hombros.
Y por alguna razón, eso me puso nerviosa.
La película elegida fue de terror.
Y ahí empezó todo a salir mal.
Flashback
La sala estaba casi vacía. Oscura. Demasiado silenciosa.
La pantalla cobró vida con una niña cantando. Dulce. Inocente.
Hasta que sus ojos comenzaron a sangrar.
—Ahhh—gritó alguien.
Me giré.
Alexis.
Sí. Alexis.
Intentó recomponerse, pero ya era tarde. La película continuó: niños riendo, sangre, violencia, una escena en 3D demasiado real.
Y entonces… él no pudo más.
Me abrazó.
Temblaba.
Yo me quedé congelada un segundo… y luego me reí.
No fue una risa suave. Fue de esas que se escapan sin permiso.
Él me miró ofendido. Se levantó de la silla y salió de la sala sin decir nada.
Y ahí entendí que la cita acababa de romperse.
Corrí tras él.
—¡Alexis! —lo llamé.
No respondió.
Lo alcancé en el parque cercano. Caminaba rápido, con la cara roja, molesto… y avergonzado.
—Yo… perdón —susurré.
Él se detuvo.
—Es raro ver a un chico gritar por una película de terror —dijo, sin mirarme.
El silencio volvió a aparecer.
Fin del flashback
Ahora caminábamos por el parque.
La noche estaba tranquila. Demasiado tranquila para lo que acabábamos de vivir.
Él seguía algo serio, pero su vergüenza era evidente.
—Solo quería impresionarte… demostrar que era valiente —admitió al fin—. Pero fallé.
Lo miré.
Y algo dentro de mí se derritió.
No era solo ternura. Era algo más difícil de explicar.
Sin pensarlo, lo abracé.
—Gracias… la pasé muy bien contigo hoy. Perdón por reírme.
—No pasa nada —susurró.
Nos separamos despacio.
Y entonces ocurrió.
Tomó mi mano.
La acercó a sus labios y la besó con suavidad.
—Será mejor que esta bella dama vaya a descansar —dijo, mirándome con una luz distinta bajo la luna.
Sentí que el aire me faltaba otra vez.
—Me parece bien —logré decir, sonriendo.
Caminamos hablando de cosas simples: la escuela, la vida, cosas sin importancia que, de algún modo, lo eran todo en ese momento.
Cuando llegamos a mi casa, las luces estaban apagadas.
Me miró.
Se acercó.
Y me dio un beso suave en la mejilla.
Su perfume se quedó conmigo más tiempo del que debería.
—Nos vemos mañana en la escuela —guiñó un ojo.
Y se fue.
Lo observé hasta que desapareció.
Y recién entonces entendí lo que había pasado.
Definitivamente… fue la mejor cita de todas.