En mi lista ¡¡no Entras!!

Capitulo 11

Audrey

Caminaba tranquilamente por los pasillos de la escuela cuando vi algo que me hizo detenerme.

Dos rubios.

Dos rubios idénticos.

Los gemelos.

Fruncí el ceño y me acerqué rápidamente.

—¿Qué hacen aquí? —pregunté cruzándome de brazos.

Daniel sonrió de oreja a oreja.

—Nos estábamos matriculando en nuestra nueva escuela.

—¡¡Sorpresa!! —gritaron ambos al mismo tiempo.

—¡¡¿Qué?!!

Sentí que me faltaba el aire.

¿Ellos aquí?

¿En mi escuela?

¿Todos los días?

Definitivamente el universo me odiaba.

Entonces noté a Oswald.

Tenía la mirada perdida y parecía estar cuestionando todas las decisiones de su vida.

—¿Y por qué Oswald tiene cara de traumado? —pregunté.

—Porque le dijimos que era tu novio —respondió Matías.

Parpadeé.

Una vez.

Dos veces.

—¿Qué?

—Pobre chico —continuó Daniel—. Casi le da algo.

Ambos comenzaron a reírse.

Oswald seguía inmóvil.

—¿Sigues vivo? —preguntó Matías.

—No le tengo miedo a Audrey —protestó él.

—Claro que no.

—Se nota muchísimo.

—Demasiado.

Volvieron a reír.

—Ustedes son imposibles —bufé.

—Y tú nos amas.

—No.

—Sí.

—No.

—Sí.

—Fuera de aquí.

—Te amamos, primix.

Daniel tomó a Matías del brazo y ambos desaparecieron por el pasillo.

Por fin.

Silencio.

Oswald se acomodó nerviosamente el cabello.

—Se parecen mucho a ti.

Arrugué la nariz.

—¿Tan fea soy?

Su reacción fue inmediata.

—¡¿Qué?! ¡No!

Lo miré divertida.

—Entonces explícate.

—Me refería al cabello y a los ojos.

—Ah.

Esta vez fui yo quien se sintió tonta.

Durante unos segundos ninguno habló.

Pero no era un silencio incómodo.

Era extraño.

Tranquilo.

—Oye... —comenzó él.

—¿Sí?

—Me preguntaba si te gustaría ir a comer un helado después de clases.

Lo dijo tan rápido que casi no lo entendí.

Y estaba nervioso.

Muy nervioso.

—¿Un helado?

Asintió.

—Sí.

—Claro.

Sus ojos se iluminaron.

—¿En serio?

—Sí, Oswald.

—Genial. Te esperaré en el estacionamiento.

Antes de irse me dio un beso rápido en la mejilla.

Me quedé observándolo alejarse.

Era alto.

Muy alto.

Y tenía una sonrisa bonita.

Sacudí la cabeza.

Necesitaba encontrar al profesor de matemáticas.

Mis notas estaban peor de lo que quería admitir.

Seguí caminando por los pasillos hasta que escuché algo.

Un suspiro.

Luego otro.

Y otro más.

El sonido provenía del baño de mujeres.

La curiosidad pudo más que yo.

Entré.

Y el mundo se rompió.

Una chica rubia estaba besando a un chico.

Al principio no distinguí quién era.

Hasta que él giró el rostro.

Alexis.

Sentí que alguien me arrancaba el corazón del pecho.

El aire desapareció.

Mis piernas temblaron.

Y las lágrimas comenzaron a caer antes de que pudiera detenerlas.

Alexis abrió los ojos.

—Audrey...

Se separó de inmediato.

—Todo tiene una explicación.

Solté una risa amarga.

—¿Una explicación?

—No es lo que parece.

—¿En serio?

Intentó acercarse.

Retrocedí.

—No te acerques.

—Audrey, escucha...

—Haz lo que quieras.

Mi voz se quebró.

—Tú y yo no somos nada.

Vi el dolor reflejado en su rostro.

Pero ya era demasiado tarde.

—Lo siento.

—Pues a mí ya no me importa.

Mentira.

Me importaba demasiado.

Por eso dolía tanto.

Me di media vuelta y salí corriendo.

Corrí por los pasillos.

Corrí por la entrada.

Corrí hasta que mis pulmones ardieron.

Hasta que terminé en el parque.

Me senté en una banca y escondí el rostro entre las manos.

Las lágrimas seguían cayendo.

Años.

Había pasado años enamorada de él.

Años imaginando posibilidades.

Años creyendo que quizá algún día me vería de la misma forma.

Qué estúpida había sido.

—¿Audrey?

Levanté la cabeza.

Frente a mí había una mano sosteniendo un pañuelo.

Oswald.

Acepté el pañuelo.

—Gracias.

Él se sentó a mi lado.

No preguntó nada.

No insistió.

Simplemente permaneció allí.

Acompañándome.

Observamos a los niños jugar.

Escuchamos el viento mover las flores.

Y por primera vez en varios minutos sentí que podía respirar.

—¿Qué haces aquí? —pregunté finalmente.

—Estaba preocupado.

Lo miré.

—Saliste corriendo de la escuela llorando.

En sus ojos no había curiosidad.

Ni lástima.

Solo preocupación.

—No es algo de lo que quiera hablar.

—Está bien.

Y lo dijo de verdad.

Sin presionarme.

Sin insistir.

Después sonrió ligeramente.

—Mi mamá siempre dice que el helado mejora cualquier problema.

—¿En serio?

—Bueno... quizá no cualquier problema.

Eso me arrancó una pequeña risa.

—Pero ayuda.

Se levantó.

—¿Vamos por ese helado?

Me ofreció su brazo.

Y sin pensarlo demasiado me sujeté de él.

Durante el camino hablamos de todo y de nada.

Películas.

Libros.

Profesores.

Comida.

Y poco a poco el dolor comenzó a hacerse más pequeño.

Cuando llegamos a la heladería, el frío era insoportable.

Probablemente éramos los únicos locos comiendo helado en pleno invierno.

—Quiero una copa gigante de fresa y coco.

—Yo una de chocolate y coco.

Oswald sacó la billetera.

—No. Yo puedo pagar.

—Yo te invité.

—Pero...

—Yo te invité.

—Pero...

—Yo te invité.

El anciano que atendía nos observó unos segundos.

—Jovencitos, decídanse antes de que me jubile aquí mismo.



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En el texto hay: colegio, crush escolar, romance +16

Editado: 13.06.2026

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