Audrey
—Disculpen de nuevo la interrupción.
Oswald y yo levantamos la vista al mismo tiempo.
Era el señor de la heladería.
Sonreía de una forma extraña mientras sostenía una bandeja.
Sobre ella había un capuchino caliente y una rosa blanca.
Una rosa increíblemente hermosa.
El anciano la colocó frente a mí.
—Esto es para la señorita.
Parpadeé sorprendida.
—¿Para mí?
—Así es.
Tomé la flor con cuidado.
Sus pétalos blancos parecían de seda.
Hermosos.
Delicados.
Perfectos.
Entonces noté que tenía un pequeño lazo atado al tallo.
Lo desaté lentamente.
Había una frase escrita.
"Créeme, te ves bonita llorando... pero te ves mucho más hermosa sonriendo."
Sin darme cuenta, sonreí.
Y algo dentro de mí se sintió un poco más ligero.
—La rosa blanca representa la inocencia y la pureza —explicó el anciano.
Luego miró a Oswald.
Y Oswald se puso rojo hasta las orejas.
—Tus lágrimas... y algunas cosas que haces me recuerdan precisamente eso.
Mi corazón dio un pequeño salto.
Lo observé.
Estaba tan nervioso que parecía querer esconderse debajo de la mesa.
Y por alguna razón eso me pareció adorable.
Antes de pensarlo demasiado me levanté.
Y lo abracé.
Sentí cómo todo su cuerpo se tensaba.
Como si hubiera dejado de respirar.
Durante unos segundos permaneció completamente inmóvil.
Luego, poco a poco, se relajó.
Sus brazos rodearon mi cintura con suavidad.
Y me sentí segura.
Extrañamente segura.
Como si durante unas horas pudiera olvidar todo lo que había pasado.
Hasta que sentí una presencia.
Una desagradable.
Una que hizo que se me erizara la piel.
Levanté la vista.
Y ahí estaba.
Alexis.
Sus ojos estaban clavados en nosotros.
Y en su expresión había de todo.
Rabia.
Celos.
Arrepentimiento.
Dolor.
Todo menos felicidad.
Me separé lentamente de Oswald.
Y decidí ignorarlo.
Pero Alexis no tenía la misma idea.
Se acercó.
Tomó mi muñeca.
Y me obligó a mirarlo.
—Audrey...
Su voz sonaba desesperada.
—Yo de verdad lo siento.
Intenté soltarme.
No me dejó.
—Tú me gustas mucho. Jamás quise hacerte daño. Ella no significa nada comparada contigo.
Lo miré incrédula.
—¿Y ahora dices eso?
—Por favor... perdóname.
No sabía qué responder.
Porque una parte de mí seguía dolida.
Y otra simplemente estaba cansada.
Entonces una voz interrumpió.
—Personas como tú no valen la pena.
Todos volteamos.
Oswald estaba de pie.
Sus ojos normalmente tranquilos estaban llenos de furia.
—Pensé que habías cambiado, pero veo que sigues siendo el mismo.
Alexis soltó mi mano.
—No te metas.
—Sí me voy a meter.
—Esto es entre Audrey y yo.
—Pues deja de arrastrarla a tus problemas.
La tensión podía sentirse en todo el local.
Los clientes observaban.
Incluso el anciano dejó de limpiar vasos.
—¿Y quién eres tú para hablar? —escupió Alexis.
Oswald dio un paso adelante.
—Alguien que no juega con los sentimientos de las personas.
—Cuidado.
—¿O qué?
Alexis sonrió con desprecio.
—¿Vas a golpearme?
Por un segundo pensé que lo haría.
Pero Oswald simplemente apretó los puños.
—No.
—¿Tienes miedo?
—No quiero ensuciarme las manos contigo.
El silencio cayó sobre todos.
Alexis lo fulminó con la mirada.
Oswald hizo lo mismo.
Y durante unos segundos parecieron dos soldados a punto de iniciar una guerra.
Finalmente Oswald se dio media vuelta.
Y salió de la heladería.
Sin mirar atrás.
Mi corazón se encogió.
Alexis se acomodó la chaqueta.
—Luego hablaremos.
—No.
—Sí.
—No quiero hablar contigo.
—Lo harás.
Y se marchó.
Me quedé inmóvil unos segundos.
Hasta que reaccioné.
Y corrí.
Corrí tras Oswald.
Lo busqué en el parque.
En las tiendas cercanas.
En las bancas.
Por todas partes.
Nada.
Hasta que lo encontré.
Estaba sentado en una esquina del parque.
Solo.
Cantando en voz baja.
—No voy a mentirte...
Sé que él no es el indicado para ti...
Me detuve.
No quise interrumpirlo.
—Y estás perdiendo tu tiempo
en una situación equivocada...
Su voz era suave.
Tranquila.
Y sorprendentemente bonita.
—Sé que puedo tratarte mejor
de lo que él puede...
Mi pecho se apretó.
Porque por primera vez comprendí que no estaba cantando por cantar.
Estaba sintiendo cada palabra.
Entonces di un paso adelante.
Él levantó la vista.
Y casi salta del susto.
—¿Me escuchaste cantar?
—Sí.
—Genial.
—Lo hiciste muy bien.
Sus ojos se iluminaron.
Como si mi opinión realmente importara.
Y quizá era así.
Pero después recordó algo.
Y frunció el ceño.
—¿Y Alexis?
—No lo sé.
—Mejor.
—Oswald...
—Solo espero que no vuelva a acercarse a ti.
Su tono estaba cargado de enojo.
Y también de preocupación.
Antes de que pudiera responder, mi celular comenzó a sonar.
América.
Contesté inmediatamente.
—¿Hola?
—¡Audrey! Tus padres están preocupados. ¿Dónde estás?
Miré la hora.
Cinco de la tarde.
Se suponía que debía estar en casa desde las tres.
Ups.
—Estoy en el parque.
—Corre a casa antes de que te castiguen.
—Voy para allá.
Colgué.
Y suspiré.
—Estoy muerta.
—Lo siento —dijo Oswald—. No debimos quedarnos tanto tiempo.
—No es tu culpa.
—Aun así te acompañaré.