Oswald
Regresé a casa confundido.
Y furioso.
No podía quitarme de la cabeza la imagen de Audrey llorando.
Alexis sabía perfectamente que ella estaba enamorada de él.
Lo sabía.
Y aun así decidió ilusionarla para después romperle el corazón.
Apreté los dientes.
No entendía cómo alguien podía ser tan egoísta.
Entré a la casa y escuché risas provenientes del comedor.
Toda mi familia estaba cenando.
Mamá reía mientras Ariel intentaba imitar a uno de nuestros profesores.
Mi otro hermano hacía caras extrañas.
Papá observaba la escena con una sonrisa divertida.
Y en una esquina estaba Alexis.
Comiendo como si nada hubiera pasado.
Como si no hubiera destruido a una persona esa misma tarde.
Levantó la vista.
Nuestras miradas se encontraron.
Y ambos apartamos los ojos.
Yo fui el primero en romper el contacto.
Me senté junto a Ariel.
Tomé el tenedor.
Y fingí que tenía hambre.
—¿Oswald? —preguntó mamá.
—¿Sí?
—¿Te encuentras bien?
—Claro.
—Mentiroso —intervino Ariel.
La miré.
—¿Qué?
—No has hecho ningún comentario raro en toda la cena.
Eso era preocupante.
Muy preocupante.
—Solo estoy cansado.
—¿Seguro? —preguntó mamá.
Asentí.
No podía contarles nada.
No quería preocuparlos.
—Tuve una discusión con alguien.
—¿Importante?
—No.
Mentira.
—Pero ya pasará.
Mamá pareció aceptar la respuesta.
—¿Puedo retirarme?
—Claro, cariño.
Subí las escaleras.
Y me encerré en mi habitación.
Por desgracia...
También era la habitación de Alexis.
Entré al baño.
Abrí la ducha.
Y dejé que el agua caliente golpeara mi espalda.
Intenté relajarme.
Intenté dejar de pensar.
No funcionó.
Porque en el fondo sabía algo.
Alexis estaba volviendo a ser quien era antes.
Y eso me aterraba.
Más de lo que quería admitir.
Porque ambos habíamos luchado mucho para salir adelante.
Y ahora parecía dispuesto a destruirlo todo.
Cerré los ojos.
Y por primera vez en mucho tiempo sentí miedo por él.
Y por Audrey.
Audrey
Un golpe en la puerta interrumpió mis pensamientos.
O mejor dicho...
Dos golpes.
Y una invasión.
Porque los gemelos entraron sin pedir permiso.
Como siempre.
—¿Estás bien? —preguntó Matías.
—Sí.
—Mentira.
—Sí.
—Mentira.
—Sí.
—Mentira.
—¡Sí!
Daniel se dejó caer sobre mi cama.
—Definitivamente está triste.
—Y en negación.
—Las dos cosas.
Rodé los ojos.
—¿Se puede saber por qué ustedes están aquí? No me malinterpreten, los quiero, pero pensé que regresarían con sus padres.
Los dos intercambiaron una mirada.
—Ah, eso.
—Es una historia sencilla.
—Nuestros padres seguirán viajando por trabajo durante varios meses.
—Y como casi nunca están en el mismo país...
—Decidieron dejarnos una temporada con ustedes.
Parpadeé.
—¿Una temporada?
—Sí.
—Larga.
—Muy larga.
Abrí la boca.
La cerré.
La volví a abrir.
—¿Están diciendo que vivirán conmigo?
—Exactamente.
—Ya puedes imaginar la felicidad de tu familia.
—Y la tuya.
—La mía no.
—La tuya sí.
—La mía no.
—La tuya sí.
Les lancé una almohada.
—Pesados.
Los dos comenzaron a reír.
Sin embargo, poco a poco sus sonrisas desaparecieron.
—Ahora hablando en serio...
—¿Qué pasó?
—Porque claramente pasó algo.
Bajé la mirada.
Por unos segundos pensé en decir que nada.
Pero estaba cansada de fingir.
—Vi a Alexis besándose con otra chica.
El silencio cayó sobre la habitación.
—¿Qué?
—¿Ese imbécil hizo qué?
Les conté todo.
El baño.
Las lágrimas.
La discusión.
Cómo había corrido hasta el parque.
Y cómo Oswald había estado conmigo cuando más lo necesitaba.
Cuando terminé, los gemelos permanecieron callados.
Lo cual era aterrador.
Porque ellos nunca estaban callados.
—Voy a golpearlo.
—Yo lo sostengo.
—No, espera.
—Primero lo golpeamos.
—Luego preguntamos.
—¡Chicos!
—Está bien.
—No lo golpearemos.
—Por ahora.
Suspiré.
—Gracias.
—No tienes que agradecer.
—Los idiotas como él no merecen tus lágrimas.
—Exacto.
—Además...
—Hay algo mucho más importante.
Los observé desconfiada.
—¿Qué?
Los dos sonrieron.
Y supe que no me iba a gustar.
—Mañana hay una fiesta.
—Y tú vas a ir.
—No quiero.
—Sí quieres.
—No quiero.
—Sí quieres.
—No quiero.
—Te pondrás bonita.
—Bailarás.
—Comerás.
—Te divertirás.
—Y olvidarás por una noche al idiota de Alexis.
Me quedé pensativa.
Quizá...
Quizá no era tan mala idea.
—¿A qué hora?
Los dos sonrieron victoriosos.
—Nueve de la noche.
—Y ponte guapa.
Les lancé otra almohada.
—Ya nací guapa.
Los dos se quedaron en silencio.
Se miraron.
—Qué triste.
—Le mintieron toda la vida.
Y comenzaron a reír.
Yo les lancé una tercera almohada.
Oswald
Al día siguiente caminaba por los pasillos intentando llegar al entrenamiento de fútbol americano.
Llevaba prisa.
Mucha prisa.
Hasta que escuché un grito.
Me detuve.
Otro grito.
Esta vez sonó desesperado.
Corrí.
Y lo que vi me dejó paralizado.
Alexis tenía arrinconada a una chica.
Intentaba besarla.
Ella intentaba apartarlo.
Y estaba llorando.
No pensé.
Simplemente reaccioné.